Proposiciones de matrimonio a los 60 años - Cruz Roja
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En la R.D. Congo no hay señores ni señoras, hay papás y mamás. Marguerite Mpia, conocida como Mamá Mpia, es una viuda de 60 años y madre de cinco hijos. Parece mucho más joven, sin duda por su gran vitalidad, entusiasmo y gran sonrisa de oreja a oreja. Habla con un tono vehemente, seguramente por los muchos años que trabajó como profesora, y ahora se dedica a la agricultura, porque el ínfimo salario de profesora no le permitía llegar a fin de mes.
Mamá Mpia es una viuda de 60 años y madre de cinco hijos, parece mucho más joven, sin duda por su gran vitalidad, entusiasmo y gran sonrisa de oreja a oreja
Es presidenta de una asociación agrícola, que pertenece a la cooperativa KITEL, apoyada por la Cruz Roja. Gracias a su determinación, ha sembrado sus campos de soja, maíz y cacahuete, además de mandioca. Reconoce que a veces tenía dificultades para comprar la mandioca que es la base de la dieta. Ahora la obtiene gratuitamente en el campo, además de otros productos, y puede además vender y generar ingresos. Nos dice satisfecha que constata que el precio de la mandioca no cesa de subir, pero como ella ya no ha de comprarla, no se ve afectada por la inflación.
Su éxito no ha pasado desapercibido en la comunidad, ha recibido varias proposiciones de matrimonio a sus 60 años. “Han venido varios papás a pedirme matrimonio”. Según ella, los pretendientes saben que es viuda y que en su casa nunca falta de comer, lo cual es un gran reclamo para los solteros de la ciudad. Sin embargo, a ella, no le interesa casarse de nuevo. Tiene a sus hijos e hijas y no busca otra carga más.
Mamá Mpia es pragmática, pero deja entrever sus dos pasiones cuando habla. Una es la educación: “Yo soy profesora, y en la enseñanza decimos quien educa a una mujer, educa toda una nación. Si educamos a diez, veinte, cien mujeres, ¿cuántas naciones vamos a educar?”. Cree que cuantas más mujeres trabajen, menos niños y niñas habrá con malnutrición en su país. Dadas sus cualidades, es una de las formadoras del proyecto y da clases de alfabetización a mujeres para que aprendan a leer, escribir y contar.
“Yo soy profesora, y en la enseñanza decimos quien educa a una mujer, educa toda una nación. Si educamos a diez, veinte, cien mujeres, ¿cuántas naciones vamos a educar?”
La otra pasión es el trabajo. “¿Qué cómo pueden las mujeres mejorar sus condiciones de vida?: que trabajen”. Para ella, sin duda, ha sido el trabajo, lo que le ha hecho ganar el respeto de su comunidad. Es consciente de ello y así lo expresa. Sus vecinas vienen a pedirle consejo, ven que en su casa nunca falta la mandioca y le preguntan cómo lo hace. Ella adopta encantada el rol de consejera y siempre les repite lo mismo: “hay que trabajar porque lo importante es valerse por sí misma”.