Marina Sáenz: "El auténtico termómetro del progreso es cómo te trata la sociedad" - Ahora
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Marina Sáenz es una jurista española, catedrática en Derecho mercantil de la Universidad de Valladolid y activista LGTBI. En 2020, se convirtió en la primera mujer trans catedrática de España. Desde las aulas y el activismo, trabaja para que la diversidad deje de ser un campo de batalla y se convierta, sencillamente, en un espacio de convivencia pacífica y de respeto mutuo.
Como referente en el ámbito académico y jurídico de las personas trans, ¿cuál consideras que ha sido el avance más significativo en la percepción social de las personas trans en la última década?
Para las personas trans, el progreso más relevante se articula en torno a dos hitos legislativos: la Ley de 2007 y la de 2023. La norma de 2007 supuso la primera vez que el Estado respaldó públicamente el reconocimiento de la identidad de género. Hasta ese momento, este derecho solo se contemplaba en la jurisprudencia, que obligaba a acudir a un juez, con un abogado y un procurador y que arrojaba resultados muy dispares.
Por su parte, la Ley de 2023 marca un punto de inflexión porque, por primera vez, el Estado deja de exigirnos que nos declaremos "enfermos mentales"; elimina esa patologización que antes resultaba indispensable para reconocer nuestra identidad. Poder transitar por esta sociedad sin un cartelito de "trastornada mental" constituye un paso de una trascendencia absoluta. Ambos hitos son, sin duda, dos pilares fundamentales para la comunidad trans.
Desde tu experiencia, ¿cómo puede la educación ser la herramienta principal para construir una sociedad más empática?
La educación es esencial, sobre todo porque mi generación vivió en primera persona la experiencia de la exclusión en los ámbitos educativos. En mi época, el abandono escolar como consecuencia de manifestar la propia identidad era lo habitual; de lo contrario, nos veíamos obligadas a vivir en una ocultación que conllevaba un altísimo coste personal.
A medida que hemos ido implementando los protocolos de reconocimiento de la identidad de género y, especialmente, las medidas antiacoso, hemos brindado a toda una nueva generación la oportunidad de no verse excluida del sistema educativo. Al mismo tiempo, hemos lanzado un mensaje nítido a la sociedad: que la convivencia es posible y que la tolerancia (una palabra que, por otro lado, no me gusta nada) es necesaria.
En este sentido, la educación es la herramienta definitiva para erradicar la violencia y la marginación social, pero también para frenar esa escalada constante de delitos de odio y agresiones homófobas que venimos registrando en los últimos siete años; una deriva alarmante que debería preocuparnos profundamente como sociedad.
¿De dónde viene esta reacción?
Responde a una campaña claramente identificable. Se ha instrumentalizado a las personas LGTBI y, muy especialmente, a las personas trans en el marco de una guerra cultural que busca obtener rédito político.
Se ha construido una alteridad; un "otro" fácilmente identificable debido a nuestra visibilidad y al hecho de que, para un sector importante de la población, nuestras vidas resultan difíciles de comprender. Somos un colectivo minoritario y altamente vulnerable que, además, a menudo se asocia erróneamente con la marginalidad. Todo esto nos convierte en una víctima propiciatoria idónea para movilizar a ciertos sectores sociales bajo el pretexto de una supuesta pérdida de valores y del modelo social tradicional en el mundo moderno.
En definitiva, dado que esta estrategia resulta rentable políticamente, estamos sufriendo campañas que responden a líneas editoriales muy consolidadas. Existe una inversión económica muy clara en la proliferación de bots, en la creación de memes y en la difusión de noticias falsas orientadas a generar un clima social propicio para sus intereses, pero muy perjudicial para minorías como la nuestra.
Desde su extensa trayectoria en el marco legal, ¿cómo ayudan las leyes inclusivas a que las personas más vulnerables se sientan seguras y representadas por sus instituciones?
Que el Estado declare públicamente que cuentas con su respaldo, frente a un modelo anterior en el que éramos criminalizadas o ingresadas en psiquiátricos, supone un cambio de paradigma fundamental. En segundo lugar, el ordenamiento jurídico actual —la Ley de Igualdad de Trato y No Discriminación de 2022, la de 2023 (mal llamada 'ley trans', ya que es un proyecto de todo el colectivo LGTBI) o las distintas normas autonómicas— nos ha dotado de herramientas clave. Gracias a ellas podemos reivindicar la igualdad de derechos y la inclusión social, establecer protocolos de inserción laboral en las empresas o activar mecanismos antiacoso en el ámbito educativo.
En definitiva, se nos ha proporcionado un instrumento indispensable dentro de la batalla cultural a la que aludía antes. No obstante, el auténtico termómetro del progreso es cómo te trata la sociedad. Una ley puede decretar que tengo derecho a pasear por un parque, pero si al hacerlo soy agredida, insultada o vilipendiada, ese derecho es, en la práctica, inexistente. No es una igualdad real y efectiva.
Las leyes son herramientas que nos permiten exigir nuestros derechos y las que fuerzan a que la sociedad y las instituciones defiendan, de manera activa, esa igualdad plena.
¿Qué pasos pueden dar las organizaciones del tercer sector para asegurar que sus espacios de atención sean plenamente inclusivos y acogedores para la diversidad de género?
En primer lugar, contamos con un sólido cuerpo de derecho antidiscriminatorio, tanto estatal como autonómico, que vincula directamente a Cruz Roja y al resto de organizaciones del tercer sector. La normativa vigente estipula que cualquier entidad que supere los 50 trabajadores debe implementar medidas específicas de inclusión para el colectivo LGTBI. El cumplimiento de este marco legal es, evidentemente, imperativo para el tercer sector, las administraciones públicas y el tejido empresarial. Sin embargo, organizaciones como Cruz Roja tienen, además, un impacto y una incidencia social que van mucho más allá de la norma.
Este valor diferencial radica, por un lado, en su enorme prestigio y, por otro, en su condición de gran red asistencial guiada por principios éticos propios dirigidos a la población más vulnerable. Cuando una organización de esta envergadura adopta de manera transversal los parámetros de inclusión social, respeta la diversidad y tiene la humildad de preguntar cuando no sabe cómo abordar una realidad, está impulsando una transformación social gigantesca. Muchísimo.
A menudo hablamos de “identidad de género” como un concepto estático. ¿Cómo podríamos explicar, de forma sencilla y pedagógica, la importancia de respetar la identidad de cada persona?
Los estudios antropológicos e históricos constatan que siempre ha existido gente que, pese a poder ser clasificada fisiológicamente bajo los parámetros masculinos o femeninos, vivía conforme al género opuesto. Es una realidad documentada en yacimientos arqueológicos de más de 7.000 años de antigüedad.
Cada civilización ha interpretado este fenómeno de manera distinta: algunas lo vincularon a manifestaciones religiosas, otras poseían una concepción no binaria del sexo, y otras optaron por la represión, generando graves dinámicas de exclusión. Nosotros hemos ido construyendo los conceptos clínicos de la transexualidad, que posteriormente han encontrado su reflejo en la legislación y en la cultura. Pero es importante recalcar que hablamos de un fenómeno transversal a todos los países y culturas desde los albores de la humanidad.
¿Qué ocurre entonces? Si una sociedad es sabia y respeta las manifestaciones de la diversidad humana, se vuelve mucho más inclusiva y pacífica. Si, por el contrario, intenta reprimir la pluralidad natural, acaba condenando a una multitud de personas a la insatisfacción, al acoso y a la imposibilidad de desarrollar sus vidas. Debemos aspirar a ser una sociedad sabia y asumir, sencillamente, que el ser humano siempre ha sido diverso en su orientación, en su identidad, en su expresión de género y o en su desarrollo sexual, como ocurre con las personas intersex. En definitiva, el objetivo último de las sociedades que aspiran a ser plenamente democráticas no es otro que cumplir con la Declaración Universal de los Derechos Humanos y garantizar que todas las personas, sin excepción, sean iguales ante la ley.
¿Cómo ha sido tu camino hasta llegar a dónde estás hoy sin contar con figuras de referencia y qué importancia tiene para las personas jóvenes que ahora existan referentes como tú en ámbitos de prestigio?
Mi generación, efectivamente, creció en un vacío de referentes porque de nuestras realidades sencillamente no se hablaba. En la televisión de entonces, con apenas dos canales en blanco y negro, este tema jamás aparecía; tampoco en la escuela ni en la calle. Era tabú. Y cuando de manera excepcional se rompía el silencio, se hacía en términos negativos, tachándonos de "pervertidos" o "delincuentes".
Esa ausencia de referentes retrasaba el proceso de comprender lo que nos ocurría; y cuando al fin lo entendías, debías asimilar que la sociedad te señalaba como una de las peores lacras posibles. Sin embargo, eso no impedía en absoluto que existiéramos.
Esta es una lección fundamental para quienes hoy sostienen que "hay que evitar el contagio de la transexualidad" o que "esta visibilidad afecta negativamente a la juventud". A mí nadie me explicó jamás qué significaba ser trans y, sin embargo, no pude evitar serlo, porque la identidad de género germina en lo más profundo del ser. Es una dimensión intrínseca que muchos todavía no logran comprender.
No necesité espejos en los que mirarme ni modelos que imitar para saber quién era yo. No obstante, el camino es infinitamente más transitable cuando dispones de información y referentes: te permiten descifrar lo que te ocurre, asimilarlo y trazar un proyecto de vida. Que alguien te demuestre que tu identidad es válida y que es compatible con una vida plena y normal es un salvavidas.
Ese es el verdadero valor de la visibilidad: lanzar un mensaje social nítido para no seguir perdiendo vidas en el camino, para evitar que la adolescencia se convierta en un trauma, para erradicar la ideación suicida y para desterrar la falsa impresión de que no tienes futuro en esta sociedad. Mi generación pagó un peaje altísimo por esa falta de horizontes; nuestro empeño hoy es garantizar que la juventud actual no tenga que sufrir ese mismo desamparo.
En un mundo con tanto ruido informativo, ¿cómo crees que podemos fomentar un diálogo social más sereno y basado en el respeto para tratar la diversidad de género?
Es imperativo recuperar el valor del diálogo político y social. El problema actual es que atravesamos un momento donde el malismo, el "zasca" y ser salvaje y desconsiderado parece premiarse y tener recorrido. Y no tiene la sanción o crítica social que recibían antes.
En este sentido es triste; triste que se nos haya convertido en una batalla cultural con una significación política. Ante este escenario, mi mensaje para la ciudadanía es que, ya que se ha declarado esta disputa, cada persona es un frente de batalla. Cada persona puede hacer la vida más fácil a todos los demás. Algo tan sencillo como aproximarse al otro desde la empatía, preguntar a alguien cómo desea ser interpelado o cuál es su pronombre si se desconoce, y tratar con dignidad a todo el mundo. Creo firmemente que la convivencia respetuosa sigue siendo un objetivo digno y un principio de sentido común para la gran mayoría de nuestra sociedad.
A veces el miedo a “no saber qué decir” frena la comunicación. ¿Qué consejo darías para utilizar un lenguaje que, sin ser complicado, sea capaz de apelar a todas las personas?
Por lo general, todas las personas realizamos una expresión de género a través de la cual se puede intuir cómo deseamos ser tratadas. Sin embargo, si surgen dudas, la solución es sumamente sencilla: preguntar. Si actuamos desde la franqueza y le preguntamos directamente a esa persona cómo prefiere que nos dirijamos a ella, el problema desaparece. Así de simple.
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