Ethel Eljarrat: “El problema no es el plástico, sino el uso abusivo que hacemos de él” - Ahora
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Detrás de los plásticos que usamos cada día hay una realidad mucho más compleja de lo que parece. Una de las personas que mejor lo sabe es Ethel Eljarrat, doctora en Ciencias Químicas y directora del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC), quien ha centrado buena parte de su carrera en el estudio de los contaminantes químicos, su presencia en el medio ambiente y la exposición humana a estas sustancias. En esta entrevista nos cuenta en qué punto se encuentra la contaminación por plásticos en la actualidad y qué retos siguen pendientes para proteger la salud de las personas y del planeta.
La contaminación por plásticos va mucho más allá de las islas de basura que vemos en los océanos. Aunque solemos pensar en esas grandes acumulaciones de residuos, el problema es mucho más sutil, especialmente cuando hablamos de microplásticos. Desde vuestra experiencia, ¿cómo están transformando los plásticos nuestros mares y qué papel desempeñan los microplásticos en este cambio invisible, pero tan grave?
La contaminación por plásticos, en efecto, no se limita a las llamadas “islas de plástico”. En realidad, nosotros solo vemos la contaminación que flota en la superficie del mar, pero el problema está presente en todas las capas del océano.
En el fondo marino encontramos todo tipo de residuos (grandes acumulaciones de neumáticos, por poner un ejemplo) y, a lo largo de toda la columna de agua, se distribuyen los microplásticos. Los fragmentos de plástico que llegan al mar se degradan muy lentamente por efecto del oleaje y de la radiación solar y, con el tiempo, se fragmentan en partículas cada vez más pequeñas hasta convertirse en microplásticos e incluso en nanoplásticos, que son todavía más diminutos. Por eso, las islas de plástico representan únicamente la parte visible del problema, pero la contaminación está presente en toda la columna de agua de mares y océanos.
Sin embargo, la amenaza más importante ya no es solo la contaminación física que generan estos residuos (y que, dependiendo del tipo, podemos ver), sino la contaminación química asociada a los plásticos y que se considera más silenciosa. Los plásticos están formados por un polímero al que se añaden numerosos compuestos químicos para conferirle las propiedades que queremos que tenga el material plástico en cuestión.
Cuando estos residuos de plástico acaban en un ecosistema acuático o terrestre, no solo permanece el fragmento de plástico; muchos de esos compuestos químicos no están fuertemente unidos al polímero, por lo que pueden liberarse fácilmente al medio, ya sea volatilizándose o migrando hacia el entorno. Y esta liberación termina afectando a los organismos vivos, incluidos los seres humanos.
Muchas veces cuesta entender que algo tan pequeño como los microplásticos pueda tener consecuencias tan graves. ¿Cómo se explica a la sociedad que algo prácticamente invisible pueda convertirse en una de las mayores crisis ambientales de nuestro tiempo?
Los microplásticos abarcan un rango muy amplio de tamaños. Pueden medir hasta cinco milímetros, aproximadamente el tamaño de un grano de arroz, por lo que algunos todavía son visibles a simple vista, pero también pueden llegar hasta una micra, es decir, una millonésima parte de un metro, un tamaño que ya resulta imposible de ver. Y los nanoplásticos son partículas aún más pequeñas.
Es muy difícil concienciar a la población sobre un problema que no puede percibir directamente y hacerle entender que puede tener consecuencias para la salud. Ocurre algo parecido con los compuestos químicos presentes en los plásticos. Estamos expuestos a ellos continuamente a través del aire que respiramos, el agua que bebemos o los alimentos que consumimos. El problema es que no producen una toxicidad aguda, cuyos efectos notaríamos de inmediato, sino crónica; eso significa que la exposición diaria, aunque sea a cantidades muy pequeñas, puede acabar teniendo consecuencias a medio o largo plazo.
Es complicado concienciar sobre que tomar cada día una bebida caliente, que contiene millones de microplásticos puede contribuir, con el paso de los años, al desarrollo de determinadas enfermedades. Precisamente ahí está una de las principales tareas de la comunidad científica: trasladar a la sociedad el conocimiento que ya tenemos, aunque los efectos de esa exposición no sean visibles a simple vista.
De hecho, se han detectado microplásticos en leche materna. ¿Es posible escapar de esta exposición o, más bien, debemos asumir que convivimos con ella y tratar de reducirla todo lo posible?
Lo que está claro es que, en la sociedad en la que vivimos, resulta imposible evitar por completo la exposición a estos contaminantes. Todos estamos expuestos y eso es inevitable. Yo, por ejemplo, estoy ahora mismo en mi despacho y todos los materiales plásticos, como la mesa, el ordenador, el teléfono móvil o las sillas están liberando pequeñas partículas y pequeñas cantidades de los compuestos químicos que los forman. Simplemente por estar aquí sentada ya estoy respirando esas sustancias y, por tanto, estoy expuesta.
Sí existen medidas que pueden ayudarnos a minimizar el grado de exposición, pero alcanzar una exposición cero no es posible y tampoco debe ser el objetivo. Lo importante es conocer con precisión a qué niveles estamos expuestos, algo que todavía no sabemos con exactitud porque existen muchas vías diferentes de exposición. Del mismo modo, aún estamos investigando cuáles son los efectos que puede tener esa exposición continuada. Cuando dispongamos de ese conocimiento, el objetivo no será eliminar completamente la exposición, sino mantenerla por debajo de unos niveles que puedan considerarse seguros.
En los últimos años parece haberse generado cierta "fobia" al plástico. ¿Debemos demonizar este material o el verdadero problema está en el uso que hacemos de él y en los compuestos químicos que incorpora?
Yo siempre digo que no hay que demonizar el plástico. Es un material estupendo que tiene aplicaciones muy útiles en infinidad de ámbitos. El ejemplo más evidente son los dispositivos médicos, que nos ayudan a cuidar nuestra salud.
El problema no es el plástico en sí, sino el uso abusivo que hacemos de él. Pensemos que alrededor del 40% de los millones de toneladas de plástico que se fabrican cada año se destinan a envases y embalajes. Ahí sí estamos haciendo un uso abusivo del plástico, utilizándolo prácticamente para todo. Además, el auge del comercio electrónico ha incrementado todavía más esa tendencia.
Por eso insistimos en que la primera medida para combatir la contaminación por plásticos debe ser reducir su consumo y reservar su uso para aquellos casos en los que sea estrictamente necesario. Cuando el plástico sea imprescindible, debemos apostar por materiales que sean más fáciles de reciclar y que se degraden con mayor rapidez, ya que uno de los principales problemas de este material es que puede tardar entre 400 y 500 años en degradarse una vez se convierte en residuo.
Y, sobre todo, es fundamental que los compuestos químicos que se añaden para proporcionar determinadas propiedades al plástico sean seguros para la salud humana. Hoy en día siguen utilizándose plastificantes, retardantes de llama y otros aditivos sobre los que ya existe evidencia científica de su toxicidad. Lo que reclamamos es que dejen de emplearse y que la industria química investigue para desarrollar alternativas que sean seguras.
Han surgido alternativas como los plásticos biodegradables, compostables o de origen biológico. ¿Representan una solución real al problema o existe el riesgo de que respondan más a una estrategia de greenwashing que a un cambio de fondo?
En este punto soy un poco crítica. Me parece positivo que se investiguen nuevas alternativas y es posible que, en el futuro, algunas de ellas resulten muy prometedoras. Sin embargo, hoy por hoy estamos todavía lejos de que constituyan una solución real.
En el caso de los plásticos biodegradables o biocompostables, conviene aclarar que solo lo son bajo determinadas condiciones. Si una bolsa biocompostable acaba abandonada en el medio natural, no se va a degradar, porque para ello necesita unas condiciones específicas que no son las medioambientales. Para que esto sea útil, es necesario disponer de plantas de compostaje preparadas para alcanzar esas condiciones de temperatura adecuadas y demás. Por eso, a día de hoy, si ese residuo termina en el medio ambiente no se va a degradar. Las administraciones también deben impulsar infraestructuras capaces de gestionar todo esto correctamente.
En cuanto a los bioplásticos, pueden ayudar a reducir algunos problemas relacionados con los residuos, se pueden degradar más fácilmente y no son de base de petróleo, lo que también tiene implicaciones positivas desde el punto de vista de las emisiones de gases de efecto invernadero. Sin embargo, presentan otra dificultad importante. Como sus propiedades de polímero no son tan buenas como las de base el petróleo, con frecuencia requieren incorporar una mayor cantidad de compuestos químicos para alcanzar las prestaciones deseadas. Y precisamente esos compuestos químicos son los que, en muchos casos, aportan la mayor parte de la toxicidad del material.
Por un lado, podemos resolver parcialmente el problema del residuo, que se va a degradar antes, pero al mismo tiempo, cuando esté en el medio ambiente, liberará más la cantidad de sustancias potencialmente tóxicas.
Desde el IDAEA-CSIC, ¿en qué líneas de investigación estáis trabajando para intentar afrontar este problema?
En el IDAEA existen varios grupos de investigación que trabajan sobre esta cuestión desde perspectivas diferentes. Uno de ellos se centra en desarrollar metodologías analíticas que permitan medir correctamente la presencia de micro y nanoplásticos. Puede parecer un aspecto muy técnico, pero actualmente todavía no existe un consenso científico claro sobre cuál es la mejor forma de determinar la cantidad de microplásticos presente en una muestra determinada.
En mi grupo de investigación nos centramos principalmente en estudiar los compuestos químicos asociados a los plásticos y en identificar las principales vías de exposición de la población. Tradicionalmente se han estudiado sobre todo dos vías: el aire que respiramos y los alimentos que consumimos. En el caso del aire, cada vez prestamos más atención a los espacios interiores (como viviendas, oficinas, coches o transporte público), ya que suelen ser mucho más relevantes que el aire exterior. Respecto a la alimentación, estamos analizando cómo migran estos compuestos desde los envases plásticos hasta los alimentos y cómo esa migración aumenta cuando esos materiales se someten a altas temperaturas.
Además, aunque la comunidad científica ha considerado históricamente que la inhalación y la ingesta son las principales vías de exposición, nosotros también estamos investigando una tercera vía que puede ser especialmente relevante en determinados casos: la exposición por contacto dérmico. Por ejemplo, estamos estudiando cómo afectan los productos de higiene menstrual (compresas, tampones o copas menstruales) fabricados con materiales plásticos y qué cantidad de los compuestos químicos presentes en ellos puede llegar al organismo durante su uso.
Da la sensación de que la investigación avanza, pero la toma real de decisiones quizá no lo haga a la misma velocidad. ¿Es una percepción acertada?
La contaminación por plásticos tiene dos dimensiones. Por un lado, están los microplásticos y nanoplásticos, es decir, las propias partículas; por otro, los compuestos químicos asociados a esos materiales. En el caso de los compuestos químicos, llevamos décadas investigándolos y existe una evidencia científica muy sólida de que algunos son tóxicos. Desde la comunidad científica se reclama desde hace años la prohibición de determinadas sustancias y, en este punto, son las legislaciones las que no están respondiendo con la rapidez necesaria. La evidencia existe, pero las medidas que deberían adoptarse siguen sin llegar.
La situación es distinta en el caso de los microplásticos. Sabemos que están presentes en los pulmones, la sangre, las heces, la orina, la placenta o la leche materna. Sin embargo, todavía desconocemos cuál es el impacto concreto que tiene esa presencia sobre la salud humana. Ahí sí es cierto que todavía se requiere más evidencia científica para llegar a una toma de decisiones.
Para terminar, ¿qué pequeños gestos podemos incorporar en nuestro día a día para reducir nuestra exposición a los microplásticos y a los compuestos químicos asociados al plástico?
Aunque no podamos eliminar completamente la exposición, sí podemos reducirla con pequeños cambios en nuestros hábitos. Uno de ellos es intentar evitar (siempre que sea posible) que alimentos como la fruta, la verdura, el pescado o la carne entren en contacto con materiales plásticos. Cada vez existen más alternativas, como llevar recipientes propios cuando hacemos la compra. No siempre resulta fácil, pero, cuando se puede, reducir ese contacto contribuye a disminuir nuestra exposición.
También es especialmente importante prestar atención a los productos destinados a los bebés. En el caso de los biberones, por ejemplo, es preferible optar por los de cristal. Cuando los biberones de plástico se esterilizan o se utilizan con agua muy caliente pueden liberar grandes cantidades de microplásticos.
Otra recomendación sencilla consiste en ventilar con frecuencia los espacios interiores. Solemos pensar en la contaminación del aire exterior, pero, en lo que respecta a los plásticos, el aire del interior de viviendas, oficinas o vehículos suele estar más contaminado. Renovar el aire ayuda a diluir esa concentración de partículas. Por último, también conviene mantener la casa libre de polvo en la medida de lo posible, ya que muchos de estos compuestos químicos se acumulan precisamente aquí.
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