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Manuel Armayones: “La tecnología debe ayudar a las personas a vivir mejor, no solo a permanecer conectadas más tiempo”
A MIRADA DE
MANUEL ARMAYONES
“La tecnología debe ayudar a las personas a vivir mejor, no solo a permanecer conectadas más tiempo”
MANUEL ARMAYONES
30/09/2026
ESCRITO POR:
ENTREVISTA POR:
Silvia Llorente

Humanidad

30/09/2026
ESCRITO POR:
ENTREVISTA POR:
Silvia Llorente

Humanidad

Doctor en Psicología y catedrático de Diseño del Comportamiento de la UOC

Miramos el móvil al despertarnos, durante el trabajo, mientras comemos y, muchas veces, justo antes de dormir. Tanto es así que desconectar se ha convertido en un reto cotidiano. Lo sabe bien Manuel Armayones, doctor en Psicología y catedrático de Diseño del Comportamiento de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), donde dirige el Behavioural Design Lab del eHealth Center. Sus líneas de investigación se centran, precisamente, en desgranar qué hay detrás de nuestros hábitos digitales y cómo la tecnología puede diseñarse para influir en ellos de una manera beneficiosa para la salud y el bienestar. En la siguiente entrevista analiza por qué nos cuesta tanto desconectar, cómo afecta el diseño de las aplicaciones a nuestra relación con el móvil y qué impacto está teniendo la inteligencia artificial en nuestras vidas. 

¿Es la desconexión digital un lujo para nuestra sociedad? 

En muchos casos sí, porque no todas las personas pueden permitirse estar fuera de línea sin coste personal, laboral o social. Para una directiva en una gran ciudad, “desconectar un fin de semana” puede ser irse a una casa rural sin cobertura; para una trabajadora de plataforma o un repartidor, apagar el móvil significa literalmente dejar de tener ingresos ese día. En España lo vemos también en estudiantes que necesitan estar conectados al campus virtual o para coordinar trabajos en grupo: no estar en WhatsApp o en los canales digitales de la clase supone, de facto, quedar fuera de la vida académica y social. 

Desde el Behavioural Design Lab trabajamos precisamente sobre esta tensión: no se trata de demonizar la tecnología, sino de diseñar contextos y hábitos que permitan usarla sin que invada todo el espacio mental y relacional. Hablamos, por ejemplo, de políticas de “derecho a la desconexión” en empresas, de acuerdos familiares sobre horarios sin pantallas o de entornos escolares que marcan claramente cuándo los dispositivos suman y cuándo restan. Se trata, como en casi todo, de ofrecer y encontrar un equilibrio que nos permita disfrutar de las ventajas de la tecnología minimizando sus riesgos, ya evidentes, para nuestra salud mental y nuestra cohesión social. 

¿Cómo podemos saber si nuestra relación con el móvil es saludable o si ya hemos cruzado la línea de la dependencia? 

La clave no está solo en cuánto tiempo usamos el móvil, sino en para qué, cómo y con qué consecuencias. Dos horas de pantalla pueden ser un problema si consisten en desplazamiento infinito y comparación social en redes, y pueden ser mucho menos problemáticas si se dedican a leer, aprender o hablar con alguien que nos importa. Cuando interfiere con el sueño, la concentración, las relaciones o la capacidad de estar presentes, o nos afecta en nuestra vida personal e incluso en la laboral (en muchas ocasiones por procrastinación), hablamos de una relación poco saludable. 

Desde el diseño del comportamiento analizamos precisamente esas fricciones y automatismos que hacen que un uso aparentemente normal acabe siendo problemático, tanto en lo relativo a los hábitos de las personas como en el análisis de cómo las plataformas tecnológicas están diseñadas para mantenernos “enganchados” el máximo tiempo posible y extrayendo todos los datos que puedan recopilar. Un ejemplo muy claro es el gesto de “desbloquear por si acaso”: no hay ninguna notificación relevante, pero el diseño del dispositivo y de la app hace que, casi sin pensarlo, abramos la pantalla de inicio, la red social o el correo. Cuando esa secuencia se repite decenas de veces al día y empieza a competir con el trabajo profundo, la conversación con nuestros hijos o el descanso, es una señal de alarma. 

Y, en ese sentido, ¿qué hábitos saludables deberíamos incorporar para mantener una relación sana con la tecnología? 

Hay hábitos simples, pero muy eficaces: desactivar notificaciones no esenciales, evitar el móvil en los primeros y últimos momentos del día y crear espacios cotidianos libres de pantallas. En los talleres solemos proponer cosas tan concretas como dejar el móvil fuera de la habitación por la noche, no llevarlo a la mesa en las comidas o establecer “islas de concentración” de 25 o 30 minutos en el trabajo en las que el dispositivo queda fuera de alcance. 

Recomendamos encarecidamente empezar con pequeños hábitos, como los que promueve el profesor B.J. Fogg, de Stanford, en su libro sobre “hábitos mínimos”. En lugar de “no usaré el móvil por la noche”, algo casi imposible de sostener, proponemos “después de poner el despertador, dejaré el móvil en otra habitación” o “cuando llegue a casa, dejaré el móvil en un cajón durante los primeros 20 minutos para poder aterrizar”. En el Behavioural Design Lab sabemos que los cambios sostenibles no suelen depender de la fuerza de voluntad, sino de rediseñar el entorno para que la opción saludable sea también la opción más fácil. Si una cosa tenemos clara es que la mejor manera de influir en el comportamiento es influir en el diseño del contexto en el que nos movemos: dónde está el móvil, qué notificaciones llegan, qué apps están en la primera pantalla y cuáles requieren un esfuerzo extra para abrirse. 

¿Qué le hace a nuestro cerebro estar constantemente interrumpidos por notificaciones, avisos y mensajes en el móvil? 

Lo que hace es fragmentar la atención y mantenernos en un estado de alerta continua. El cerebro pasa de una tarea a otra sin descanso real, y eso genera fatiga cognitiva, sensación de saturación y menor capacidad de concentración profunda. En consulta y en entrevistas muchas personas describen esta experiencia como “tener mil pestañas abiertas dentro de la cabeza” o como “no poder acabar nada porque siempre aparece algo en la pantalla”. 

No es solo una cuestión de distracción: es una forma de desgaste psicológico cotidiano. Cada notificación nos empuja a un microcambio de foco, y cuando acumulamos decenas o cientos al día, el resultado es que nos cuesta más leer un texto largo, mantener una conversación sin mirar el móvil o simplemente aburrirnos, que es una experiencia muy importante para la creatividad y la regulación emocional. A largo plazo, normalizar este patrón puede cronificar el estrés y erosionar nuestra sensación de control sobre el propio tiempo. 

Las apps están diseñadas, en parte, para atraparnos: ¿realmente tiene la persona usuaria alguna oportunidad de ganar la batalla contra el algoritmo? 

Puede recuperar parte del control, pero no debería cargar sola con toda la responsabilidad. Muchas aplicaciones están diseñadas para captar atención y prolongar el uso: ahí están los feeds infinitos, las recompensas intermitentes, los mensajes de “alguien ha publicado algo que quizá te interesa” o los vídeos que se reproducen automáticamente. Es difícil pedirle a una adolescente, por ejemplo, que “tenga fuerza de voluntad” frente a un sistema diseñado específicamente para explotar vulnerabilidades atencionales y emocionales. 

Desde nuestro ámbito defendemos que el problema no es solo conductual, sino también estructural: hacen falta mejores decisiones de diseño, regulación y alfabetización digital. Igual que en su momento entendimos que no bastaba con decir “fume con moderación” y fue necesaria regulación sobre publicidad y espacios sin humo, en lo digital necesitamos reglas de juego que limiten las prácticas más adictivas, así como productos que incorporen desde el inicio principios de diseño para la salud y el bienestar. La persona usuaria puede tomar medidas concretas, pero el “partido” no puede jugarse en un campo completamente inclinado en su contra. 

¿Cómo se aprende a desconectar sin sentir culpa o el miedo a estar perdiéndose algo (FOMO)? 

Se aprende sustituyendo la idea de “me estoy perdiendo algo” por otra más saludable: “Estoy eligiendo dónde quiero estar”. El FOMO no se combate solo con disciplina, sino generando experiencias de desconexión que sean asumibles, graduales y con sentido. En algunos estudios y proyectos que hemos desarrollado, por ejemplo, vemos que cuando las personas experimentan una tarde a la semana sin redes sociales acompañada de una actividad gratificante (salir a caminar, leer, jugar con los hijos), empiezan a asociar la desconexión con bienestar, no con castigo. 

Cuando la desconexión mejora el descanso, la calma o la calidad de la relación con otras personas, deja de vivirse como pérdida. Algo tan sencillo como pactar “cenas sin móviles” en familia o espacios concretos en las reuniones de trabajo en los que los dispositivos se quedan fuera de la sala cambia la experiencia subjetiva: descubrimos que podemos estar más presentes, que las conversaciones van más en profundidad y que el mundo no se acaba por responder un mensaje dos horas más tarde. La clave está en que la desconexión no sea una excepción heroica, sino una parte normal de la higiene digital cotidiana. 

Cada vez más gente usa la IA como “psicólogo”: ¿qué peligros reales entraña confiar nuestra salud mental a un chatbot?Cada vez más gente usa la IA como “psicólogo”: ¿qué peligros reales entraña confiar nuestra salud mental a un chatbot? 

El principal riesgo es confundir una herramienta conversacional con un espacio terapéutico real. Un chatbot puede acompañar, sugerir o responder, pero no evalúa como un profesional, no entiende siempre el contexto ni detecta bien todas las señales de riesgo. No conoce nuestra historia ni nuestra red de apoyo, ni puede intervenir si hay una situación de urgencia, como ideas de suicidio, violencia o abuso. 

En salud mental, una respuesta aparentemente empática puede ser insuficiente o incluso problemática si desplaza la búsqueda de ayuda adecuada. Si una persona con una depresión grave se queda solo con la interacción con una IA y retrasa el contacto con un equipo de salud mental, podemos estar empeorando el pronóstico. Además, existe el riesgo de que datos extremadamente sensibles queden almacenados o utilizados con fines que la persona usuaria no alcanza a imaginar. La IA puede ser una herramienta complementaria —por ejemplo, para recordar pautas, registrar el estado de ánimo o proporcionar información fiable—, pero no debería presentarse como sustituto de la relación terapéutica ni de los servicios públicos de salud mental. 

La IA, además, tiende a darnos la razón en todo lo que decimos: ¿cómo afecta esta reacción a nuestra autocrítica y estabilidad emocional?  

Si una tecnología solo valida lo que sentimos o pensamos, puede reforzar sesgos, consolidar interpretaciones erróneas y reducir la capacidad de contraste. A corto plazo, eso puede resultar reconfortante: es agradable sentir que alguien, aunque sea un sistema, “nos entiende” y no nos confronta. Pero, a medio plazo, puede empobrecer la autocrítica y alimentar una falsa sensación de certeza, algo especialmente delicado en temas como la salud, las relaciones o las creencias identitarias. 

Necesitamos tecnologías que acompañen, pero también marcos humanos que ayuden a pensar mejor. La conversación con profesionales, con amistades o con la familia introduce matices, desacuerdos, preguntas incómodas que son fundamentales para el crecimiento psicológico. Una IA centrada únicamente en agradar y en mantener la interacción puede convertirse en un espejo que deforma la realidad al devolvernos solo aquello que queremos oír. Por eso hablamos de la importancia de combinar herramientas digitales con espacios de reflexión, educación emocional y diálogo crítico. 

¿Dónde debería ponerse el límite ético del uso de la IA: en la responsabilidad de la persona usuaria o en la de las grandes empresas? 

El límite no puede recaer solo en la persona usuaria, porque el diseño de estas herramientas no es neutral. Las grandes empresas tienen una responsabilidad mayor en términos de transparencia, protección y prevención de daños, especialmente cuando hablamos de salud mental o vulnerabilidad. No es razonable exigir que una adolescente, una persona mayor o alguien en plena crisis emocional lea decenas de páginas de condiciones de uso para entender qué se hace con sus datos o qué riesgos asume. 

La ética digital empieza en el diseño, no solo en el uso. Esto significa preguntar, desde el inicio: ¿para quién es esta tecnología? ¿Qué necesidades reales satisface? ¿Qué daños podría causar y cómo los prevenimos? Desde el Behavioural Design Lab insistimos en que no basta con “añadir” ética al final, en forma de advertencias o consentimientos: debe formar parte del proceso de desarrollo, de la evaluación y de la regulación. La corresponsabilidad existe, pero no es simétrica: quien diseña y despliega sistemas a gran escala tiene más poder y, por tanto, más deber. 

¿Estamos a tiempo de construir un mundo digital que, en lugar de aislarnos, nos ayude a conectar mejor con lo que nos hace humanos? 

Sí, pero eso no ocurrirá por accidente. O lo provocamos entre todos o, por intereses económicos y empresariales de los grandes oligarcas tecnológicos, eso no pasará, y es más que probable que vayamos a peor bajo una capa de buenismo y aparente colaboración de una parte de la gran industria. El cambio requiere diseñar tecnologías que favorezcan autonomía, bienestar, vínculo y sentido, en lugar de dependencia, ruido y captura de atención. Hay ejemplos esperanzadores: aplicaciones que promueven pausas y límites de uso, plataformas que reducen la presión de los “likes”, proyectos que introducen indicadores de bienestar en lugar de solo métricas de tiempo de pantalla o engagement. 

Esa es precisamente una de las contribuciones del Behavioural Design Lab: aplicar evidencia en diseño del comportamiento para que la tecnología ayude a las personas a vivir mejor, no solo a permanecer conectadas más tiempo. Trabajamos con la idea de “tecnología cuidadora”: sistemas que no solo son eficientes, sino que cuidan cómo nos sentimos, cómo nos relacionamos y cómo decidimos. Si somos capaces de alinear intereses —de las personas, las instituciones públicas y las empresas— con esta visión, todavía estamos a tiempo de construir un ecosistema digital que, en lugar de vaciarnos, nos recuerde y refuerce lo que nos hace humanos.

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