Cristian Olivé: “Un buen profesor es también un buen narrador” - Ahora
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Si Cristian Olivé (Barcelona, 1987) tuviera que definir a los y las adolescentes con una palabra sería "apasionantes”. Profesor de Lengua y Literatura en un instituto, compagina la docencia con la escritura y la divulgación educativa. Suyos son los ensayos Una educación rebelde o Profes rebeldes y, en catalán, la novela Estimat idiota y la saga Únics. En el aula, apuesta por una forma de enseñar conectada con el presente y las referencias culturales actuales (desde canciones de Rosalía hasta series de televisión) partiendo de una poderosa premisa: para acercar la literatura a la juventud, lo primero es despertar el interés y el gusto por la lectura. Así lo hace él.
En algunos de tus libros, como Una educación rebelde y Profes rebeldes, pones el foco en el mundo emocional y educativo de niños, niñas y adolescentes. ¿Qué te empujó a escribirlos y qué necesidad detectabas en familias y docentes?
Al final, mi voluntad al poner el acento en lo emocional tenía que ver con la sensación de que, como docentes, muchas veces nos centramos demasiado en los contenidos, en el currículum que debemos impartir (que, por supuesto, es importante), pero quizá nos olvidamos de algo fundamental. Y es que una persona que no se siente bien emocionalmente, o que no sabe gestionar determinadas situaciones complejas, difícilmente puede sentirse preparada o en plenas condiciones de aprender, de ir mucho más allá en lo académico.
Por eso me parecía casi una asignatura obligatoria encontrar un equilibrio entre lo emocional y lo académico, de modo que ambos ámbitos se refuercen y tengan buenos resultados para el alumnado.
Además de estos libros, también tienes otros que son de ficción. ¿De dónde nace esta pulsión de contar historias?
Desde muy pequeño me recuerdo escribiendo. Empecé con poesía (que ahora ya no toco porque me parece complicadísima), pero inventar historias, con personajes de ficción que se cruzaban en mi cabeza…, eso siempre ha estado presente.
Cuando comencé a escribir estos ensayos educativos, también jugué un poco a mezclar el género divulgativo con el narrativo. Para mí era muy divertido, pero siempre tuve esa espinita de dedicarme a la escritura como escritor, como narrador, que es, al final, lo que también me apasiona. Siempre he pensado que un buen profesor es también un buen narrador: llevar a los estudiantes al terreno que quieres, al del aprendizaje, requiere estrategias narrativas que me recuerdan a los trovadores o a los grandes narradores de historias.
Esa espinita la tenía ahí y ahora he podido desarrollarla. Cuando escribo para adultos, me inspiro en la realidad que tengo a mi alrededor, y cuando escribo para jóvenes, tomo de referencia a estudiantes y adolescentes que tengo delante. Son pura inspiración: cada gesto, cada movimiento, cada pensamiento, cada cosa que hacen me permite generar una historia.
Vivimos un cambio profundo en la manera de educar. ¿Cuáles crees que son los mayores retos de la educación en la actualidad?
Para mí, un gran reto hoy en día es mantener la educación sin renunciar a la calidad y al rigor, pero también alcanzando un equilibrio que incorpore otros aspectos fundamentales: lo emocional, el bienestar del estudiante, el respeto; cuestiones sociales que antes quedaban fuera del aula y que ahora forman parte de ella. El desafío consiste, sobre todo, en encontrar ese equilibrio para que la educación formal, la académica, no pierda el rigor y la calidad que merece.
Desde tu experiencia, ¿cómo definirías a los adolescentes hoy? ¿Qué rasgos los caracterizan y qué crees que a veces los adultos no estamos sabiendo ver de ellos?
No sé si sería capaz de definir a los estudiantes, pero sí creo que puedo hablar de los adolescentes en general. Son impulsivos, y aunque cueste imaginarlo, también son muy entusiastas. A veces los adultos tenemos la idea de que son todo lo contrario, pero se motivan y se emocionan con muchas más cosas que nosotros. En eso, a veces, los envidio.
Se dejan moldear mucho más que los adultos, y lo digo en el sentido positivo de la palabra. Los adultos, y soy crítico con esto, a menudo nos resistimos al cambio y sentimos que ya no podemos transformarnos.
Así que, si resumo, diría que son entusiastas, moldeables, impulsivos… complejos, sí, pero a mí me parecen apasionantes.
En una época marcada por las pantallas, la inmediatez y la sobreestimulación, ¿qué lugar ocupa la lectura en el desarrollo personal y emocional de niños y jóvenes?
Quizá hace unos años te habría respondido otra cosa, pero hoy veo que los jóvenes son, en muchos casos, los más lectores. Creo que se ha hecho un gran trabajo en las aulas para acercar la lectura, mostrando que la lectura es también una herramienta para el autoconocimiento, para desplegar la creatividad, para conocerse a uno mismo y entender el entorno. Esto se ha reflejado en los estudios: los más lectores, en la sociedad actual, son los jóvenes.
Ahora bien, vinculado a tu pregunta sobre las pantallas, también creo que estas han afectado la capacidad de atención de los jóvenes en otros aspectos. Son más lectores, sí, pero vivimos un gran reto con Chat GPT y la inteligencia artificial. Son tecnologías con muchísimas posibilidades, pero que, en el proceso de aprendizaje, pueden limitar o frenar el desarrollo si no se regulan adecuadamente.
Muchos padres y madres se preguntan cómo despertar el amor por la lectura cuando los móviles y las redes parecen ganar la batalla. ¿Qué consejos prácticos les darías?
Yo siempre digo que la lectura no tiene edades, sino momentos. Muchas veces pensamos que ciertas novelas “no son para adolescentes” siguiendo criterios de adultos, y debemos desterrar esa idea. Lo importante es recomendarles algo que pueda engancharles, que trate temas complejos y que refleje cuestiones que quizá ellos ven a diario en redes sociales, pero que rara vez encuentran en un texto escrito.
También es fundamental mostrarles que la lectura tiene muchísimos géneros y posibilidades: abrirles el abanico más allá de lo típico que solemos enseñar. Y, por supuesto, acercarles los clásicos, aunque quizá con fragmentos o capítulos seleccionados para despertar ese gusanillo sin imponerles un libro completo como tarea de trimestre.
En mi clase hago esto todo el tiempo: me encanta que conozcan los clásicos, pero no los obligo a leerlos enteros. Lo que sí hago es recomendarles novelas que creo que realmente disfrutarían. Al final, si queremos que lean, debemos sugerirles libros que nosotros también leeríamos.
El otro día, por ejemplo, una estudiante me agradecía que le hubiera recomendado una novela que quizá no estaba pensada para alguien de 14 o 15 años, pero que ella disfrutó muchísimo porque abordaba temas que ve todos los días en sus redes sociales, pero que nunca había encontrado en un libro. Eso puede ser la chispa que encienda el amor por la lectura.
A la hora de recomendar lecturas a jóvenes, ¿qué criterios sigues? ¿Cómo se puede combinar el acercamiento a los clásicos con libros que conecten con sus intereses actuales?
Es complejo, pero creo que se pueden combinar ambas cosas. Me gusta que los jóvenes conozcan los clásicos, porque para entender la buena literatura también hay que leer buena literatura. No hace falta que sean libros completos; con pequeños fragmentos o capítulos seleccionados pueden empezar a disfrutar de ellos. También podemos elaborar listas de libros que consideremos canónicos y que sean accesibles, combinándolas con recomendaciones más cercanas a sus intereses.
Por ejemplo, recomiendo mucho el thriller, porque es un género que engancha muchísimo. La fantasía, en cambio, quizá ha perdido algo de fuerza en las aulas; se habla mucho del “romantasy”, pero no lo veo triunfar tanto entre los estudiantes.
Además, me gusta recomendar novelas más sociales: historias que tratan temas de su entorno y de personas que se sienten diferentes o que, de alguna manera, sufren agresiones de la sociedad. Este tipo de libros suele abrirles los ojos y les permite sentirse reflejados.
Si hablamos de títulos concretos, me gusta mucho recomendar Invisible, de Eloy Moreno, o Mentira, de Care Santos. Son novelas que suelen enganchar muchísimo a los jóvenes y que, al mismo tiempo, les permiten explorar temas complejos y cercanos a su realidad.
La adolescencia suele vivirse como una etapa conflictiva. Según lo que tú ves en clase, ¿qué necesitan realmente los adolescentes de los adultos que los rodean?
Sí, es complicado. Yo creo que lo fundamental es acompañarlos, pero siempre desde el respeto y nunca desde la condescendencia, porque eso no ayuda a nadie.
También hay que entender que la adolescencia es una etapa muy vulnerable y que deja huella para el resto de la vida. Si pensamos en nuestra propia adolescencia, veremos que muchas manías o comportamientos actuales quizá vienen de ahí, así que es importante tenerlo en cuenta a la hora de guiarlos y educarlos. Hay que ser muy cuidadosos.
Además, como adulto (no hablo solo desde la perspectiva de docente, sino también como padre o madre), hay que permitirles equivocarse. El error forma parte del aprendizaje. No se trata de que sean una extensión de nosotros, sino de acompañarlos para que se desarrollen como personas totalmente individuales, diferenciadas de los adultos.
¿Cómo puede la escuela, y también la comunidad, convertirse en un espacio seguro para adolescentes que viven situaciones de vulnerabilidad (por ejemplo, bullying, agresiones…) o incertidumbre?
Para empezar, hace falta hablar de estas cuestiones sin tapujos, pero siempre con cuidado, porque muchas veces este tipo de charlas o debates pueden resultar contraproducentes si no se gestionan de manera orgánica y natural.
También es fundamental involucrar al entorno: no debería ser solo la víctima quien tenga que denunciar, sino que el propio contexto, los compañeros, la escuela y la comunidad estén atentos, cuiden y no toleren determinados comportamientos.
Además, creo que la literatura y la cultura en general pueden abrir los ojos y despertar sensibilidades. Cuando sentimos que un problema no le ocurre solo a “otro”, sino que podría afectarme a mí o a alguien cercano, nuestra perspectiva cambia. Por eso es clave fomentar la empatía. La escuela, las familias y la sociedad en general deberían considerar la empatía como algo casi obligatorio: un aprendizaje esencial para la vida.
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