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Cuando la música rompe el silencio

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CUANDO LA MÚSICA ROMPE EL SILENCIO

Cuando la música rompe el silencio
De un coro multicultural en Cuenca a un taller de sevillanas en Ceuta. Hoy exploramos dos iniciativas de Cruz Roja que muestran cómo cantar, bailar y compartir una actividad puede ayudar a combatir la soledad no deseada.

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Hay soledades que no se escuchan, pero se viven. La soledad no deseada, ese sentimiento doloroso que aparece cuando las relaciones que tenemos no se corresponden con las que necesitamos o deseamos, puede afectar a personas de edades y circunstancias muy diferentes, y está estrechamente vinculada con la desconexión del entorno y la falta de vínculos significativos. Frente a ella, crear espacios para encontrarse puede ser tan importante como cualquier otra forma de acompañamiento. A veces ese espacio puede tener forma de coro. O de pista de baile. 

En Cuenca, personas de distintos orígenes se reúnen alrededor de las partituras para aprender música juntas. En Ceuta, personas mayores de 65 años se calzan los zapatos de baile y practican sevillanas. Son actividades diferentes, ambas de Cruz Roja, y dirigidas a colectivos distintos y con objetivos concretos. Comparten, sin embargo, algo esencial: nadie acude únicamente a aprender una melodía o unos pasos.  

Y es que, cuando varias personas cantan o bailan, el resultado deja de pertenecer a una sola para pasar a ser algo colectivo. Y eso marca la diferencia. 

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Cuenca: muchas historias, una misma canción 

En Cuenca, el pianista y voluntario de Cruz Roja Ernesto Vicente decidió poner sus conocimientos musicales al servicio de la Organización. “Empiezo siendo socio y, en un momento determinado, me planteo qué puedo hacer yo en Cruz Roja. Y la respuesta es la música”, explica. Así nació este coro multicultural que ha llegado ahora a su segundo año y que está compuesto en su mayoría por personas solicitantes de asilo. Hombres y mujeres de distintos países como Siria, Ucrania, Colombia, Venezuela o Mali que una tarde a la semana unen sus voces. 

Para Ernesto, la música tiene una ventaja evidente cuando se trabaja en grupo: obliga a escucharse y a construir juntos. “La música es la misma para todos”, afirma. El objetivo, sin embargo, no es únicamente musical. “Tenemos también parte de la socialización del grupo”, señala. El coro no solo sirve para cantar, que también, sino, además, para conectar con otra gente. 

Algunas personas llegan con cierta inseguridad y poco a poco se incorporan a la dinámica. “Vienen con cierto ‘miedo’, por así decirlo, pero se van adaptando. Y eso es muy bueno”, cuenta Ernesto. Como el coro reúne a personas de distintos orígenes y con diferentes niveles de conocimiento del castellano, el idioma compartido es la música, pero incluso en cuando hace falta desplegar cualidades lingüísticas hay una solidaridad clara: “Los que conocen más el castellano ayudan al resto”, indica. 

Antes de cantar, Ernesto y el coro trabajan la lectura de las partituras, las notas y los ritmos. El músico busca, sobre todo, que las canciones sean accesibles y conocidas. “Propongo cosas que puedan hacer, porque, si no, el desánimo sería importante”, señala.  

Margot, voluntaria de Cruz Roja desde 2022 y participante del proyecto, lo sabe bien. Conoce lo que supone dejar atrás el país de origen y afrontar una nueva vida. “Las personas que llegamos como refugiadas sufrimos el duelo de abandonar nuestra tierra, a veces consciente, y otras no”, relata. En ese contexto, precisamente, la música adquiere un significado especial: “Gracias a la música sobrellevamos todo esto. Aprendemos mucho con don Ernesto sobre cómo interiorizar la parte emocional en la música y expresarnos”.  

El coro, por todo ello, acaba generando vínculos inesperados. Margot recuerda especialmente una escena que resume el espíritu del proyecto: “Me había costado armonizar con el resto del grupo, y da la casualidad de que una señora africana y yo tenemos un tono parecido. Pues uní mi voz a la de ella y, aunque no habla español, nos entendimos a la perfección”. No comparten el idioma, pero durante unos compases, se crea una forma común de entenderse. 

El proyecto retomará su actividad en septiembre y trabaja ya en una canción que representará a Cruz Roja. Será, en cierto modo, la continuación de un aprendizaje que va más allá de la música y que se basa en escuchar, compartir y formar parte de algo. 

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Ceuta: bailar para volver a encontrarse 

A cientos de kilómetros, en Ceuta, el escenario cambia. Aquí no hay partituras ni atriles; hay música, movimiento y baile, en concreto, sevillanas.  

Los talleres de Cruz Roja dirigidos a personas mayores de 65 años se realizan cada quince días y están adaptados al ritmo y las capacidades de quienes participan. En ellos se trabajan “la coordinación, la memoria y el equilibrio a través del aprendizaje de las sevillanas, fomentando también la actividad física y las relaciones sociales”, explica Macarena Morales, responsable de la iniciativa. 

Pero bailar solo es una parte de lo que sucede en esta formación. “Para nosotros, el baile es una forma de que las personas mayores se mantengan activas, disfruten y salgan de su rutina. Además de moverse y hacer ejercicio de una manera divertida, comparten tiempo con otras personas, hacen nuevas amistades y se sienten acompañadas”, agrega. 

El componente social es, de hecho, uno de los principales beneficios. “Lo más bonito es ver cómo llegan con ilusión a cada clase, cómo se animan unas a otras y cómo terminan la sesión con una sonrisa”, dice Macarena. Ese bienestar y esas relaciones que se crean “son el mayor beneficio de los talleres”. 

Las sevillanas aportan, además, un elemento cultural y emocional. Muchas de las personas participantes las conocen, las han bailado anteriormente o siempre han querido aprender. Bailarlas permite recuperar recuerdos y, al mismo tiempo, generar otros nuevos. Y hacerlo en pareja introduce otra dimensión, ya que “favorece la convivencia, la confianza y la creación de nuevos vínculos entre las personas participantes”. 

Quienes acuden son principalmente mujeres mayores de 65 años. Y muchas buscan precisamente aquello que puede resultar más difícil de encontrar cuando la red social se reduce: un lugar donde relacionarse, mantenerse activas y sentirse parte de un grupo. 

Una historia resume especialmente bien estos objetivos. Macarena recuerda el caso de una usuaria que atravesaba un duelo y una etapa de depresión, y a la que le costaba relacionarse con los demás. “Poco a poco, gracias al ambiente cercano del grupo y a través del baile fue ganando confianza, comenzó a interactuar con el resto y encontró un espacio donde desconectar, disfrutar y evadirse por un rato de su situación”, alega Macarena. 

No fue un cambio inmediato ni mágico. Fue un proceso. Una clase, después otra. Un paso, una conversación, una sonrisa. Hasta que algo empezó a cambiar. “Ver cómo recupera la ilusión y vuelve a sonreír es, sin duda, una de las mayores recompensas de nuestro trabajo”, concluye. 

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Música compartida contra la soledad 

Combatir la soledad no consiste únicamente en evitar que una persona esté sola, sino en poner en marcha oportunidades para que se relacione, participe, decida, comparta y construya vínculos. Cruz Roja trabaja precisamente desde esa perspectiva creando espacios de encuentro y participación para colectivos vulnerables con la firme convicción de que acompañar es el primer paso para plantar cara a esta situación. 

Las voces se entrelazan en una misma melodía aunque los idiomas sean diferentes. Los pasos se sincronizan aunque cada persona llegue a ellos con su propia historia. Y quizá ese sea el verdadero poder de la música.

  

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