Una invitación a redefinir las ciudades como espacios de cuidado, salud y proximidad - Ahora
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- Una ciudad puede ofrecer empleo, transporte y todo tipo de servicios, pero ¿es suficiente para vivir bien en ella? ¿Qué ocurre cuando llegar al trabajo exige horas de desplazamiento, encontrar una vivienda asequible se convierte en una carrera de obstáculos o cuidar de una persona dependiente recae casi por completo sobre la familia? Hacer de las ciudades lugares habitables implica responder a estas preguntas y repensar cómo queremos vivir.
Esta fue una de las reflexiones centrales de la quinta sesión de Conversaciones Humanitarias generadoras de Talento, el ciclo impulsado por la Fundación Cruz Roja Española. Bajo el título Ciudades habitables: proximidad, cuidados y vínculos humanitarios, el encuentro puso sobre la mesa los desafíos de unas sociedades cada vez más urbanas y envejecidas, y la necesidad de diseñar ciudades que sitúen el bienestar y los cuidados en el centro.
Moderada por el periodista y escritor Sergio C. Fanjul, la conversación reunió a Carlos Moreno, creador de la Ciudad de los 15 minutos; María Ángeles Durán, catedrática de Sociología e investigadora del CSIC, y Alexandre Kalache, impulsor de la Red Mundial de Ciudades Amigables con las Personas Mayores de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Desde sus respectivos ámbitos, los tres coincidieron en que el modelo urbano actual necesita un cambio de perspectiva: las ciudades no deben limitarse a funcionar, sino que tienen que permitir vivir mejor.
Un examen mínimo de habitabilidad
Al abrir la sesión, Sergio C. Fanjul planteó a las personas ponentes qué criterios mínimos debería cumplir una ciudad para ser considerada habitable. Fanjul aportó su propia experiencia criando a su hija de cinco años en el barrio de Lavapiés (Madrid), destacando la hostilidad espacial y horaria de las grandes urbes, pero también la fuerza de las redes comunitarias invisibles que sostienen la crianza colectiva.
Carlos Moreno señaló que el primer requisito es que la ciudad “no enferme ni física ni mentalmente”. Recordó que la contaminación y la falta de zonas verdes provocan patologías fisiológicas, mientras que el ritmo urbano genera un estrés crónico y soledad. Citando varios informes, advirtió que la soledad urbana equivale al impacto de fumar 13 cigarrillos al día. Por ello, defendió la necesidad de garantizar un entorno limpio, espacio público para la sociabilidad y “tiempo útil” para vivir.
María Ángeles Durán contrapuso las ciudades que crecen porque ofrecen empleo a las “buenas ciudades”. A su juicio, una ciudad habitable debe ser segura, evitando el estrés derivado del miedo, y disponer de capacidad redistributiva para atender a quienes no pueden obtener recursos en el mercado, especialmente niños, personas mayores, dependientes y colectivos migrantes.
Alexandre Kalache resumió sus exigencias en tres aspectos: el protagonismo de los mayores escuchando sus demandas; el combate directo al edadismo como “el último gran tabú social”; y la eliminación de las desigualdades territoriales, recordando los históricos estudios de la doctora Vicky Zonzini en Leganés sobre la precariedad en el envejecimiento urbano.
La herencia del siglo XX: zonificación, movilidad forzada y crisis de la vivienda
Buena parte de los obstáculos que dificultan la vida en las ciudades tiene su origen en cómo se han diseñado. Carlos Moreno explicó que el modelo urbano funcionalista, heredado de la Carta de Atenas de 1933, separó los espacios de residencia, trabajo, ocio y comercio. Esta organización favoreció la dependencia del automóvil y multiplicó los desplazamientos, con consecuencias sobre la contaminación, la vida familiar y el tiempo disponible.
A esta dispersión se suma la crisis de la vivienda, convertida en un activo especulativo antes que en un derecho humano. Invocando los trabajos de Saskia Sassen sobre las “expulsiones urbanas”, Moreno denunció que las ciudades funcionan como “centrifugadoras” que expulsan a las familias a periferias desprovistas de servicios. Esto transforma a los ciudadanos en “centauros del siglo XXI” —mitad persona, mitad coche— obligados a habitar en “cajetillas de fósforos” lejos del centro urbano.
Kalache abordó el envejecimiento global recordando que desde 2005 la población mundial es mayoritariamente urbana. Para responder a la revolución de la longevidad, expuso los cuatro ejes del Marco de Envejecimiento Activo de la OMS de 2002: salud (reclamando formar a sanitarios en gerontología y no solo en pediatría), aprendizaje a lo largo de la vida, participación activa y seguridad económica y habitacional.
Insistió además en que las personas mayores no son una carga asistencial, sino recursos fundamentales para la sociedad. Defendió el protagonismo del colectivo senior en la toma de decisiones urbanas y apeló a crear entornos seguros que fortalezcan el capital social frente al aislamiento.
La economía invisible de los cuidados
María Ángeles Durán analizó la economía real a través de cuatro subsistemas interconectados: Mercado, Estado, ONGs y Hogares. Destacó que entre el 80% y el 90% de la demanda de cuidados y atención a la salud en España recae de manera informal sobre las familias.
Durán aportó cifras reveladoras: la atención a un menor de tres años exige unas 17 horas diarias de cuidado familiar. Además, su último estudio demuestra que si el tiempo no remunerado que los hogares dedican a cuidar a personas enfermas y personas dependientes en España se pagase al salario mínimo interprofesional, requeriría el 12% de todo el presupuesto consolidado del Estado. Si se valorara al salario medio del mercado laboral, supondría el 24% del gasto estatal. Ello equivaldría a 5 millones de personas trabajando a tiempo completo sin retribución dentro de una población activa de 20 millones.
Ante una longevidad que alcanza los 85 o 90 años, Durán y Kalache advirtieron sobre la necesidad de redistribuir los recursos y romper la brecha de género. Denunciaron que los cuidados siguen recayendo en las mujeres y señalaron la alta dependencia de trabajadoras inmigrantes —de países como Marruecos o Ecuador— que asumen la atención domiciliaria en condiciones de vulnerabilidad.
Hacia un nuevo contrato social
En las conclusiones, las personas ponentes reclamaron un nuevo contrato social urbano. Carlos Moreno, apoyándose en la economista Mariana Mazzucato, criticó la mercantilización de servicios básicos como la sanidad, la educación y la vivienda. Defendió la “proximidad feliz” a través de la ciudad de los 15 o 30 minutos, donde el acceso cercano a los servicios y la vivienda social sea un derecho garantizado y no un privilegio mercantil.
Por su parte, Alexandre Kalache adaptó un proverbio africano afirmando que “así como hace falta toda la tribu para educar a un niño, hace falta toda la comunidad para cuidar a una persona mayor”, instando a promover la corresponsabilidad masculina y el apoyo público.
Sergio C. Fanjul cerró el foro citando al exalcalde de Madrid Enrique Tierno Galván: “Todos tenemos una casa que es nuestro hogar privado y la ciudad que es nuestro hogar público”. Fanjul subrayó que hacer habitable ese hogar público exige ciudades que promuevan la equidad intergeneracional y garanticen el derecho a cuidar y ser cuidado.
Puedes volver a ver la conversación completa en este link de YouTube.
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