Unai Garma y Álvaro Beristain: “La ludopatía es una adicción invisible” - Ahora
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Unai Garma y Álvaro Beristain son las caras visibles de A90º, una iniciativa nacida de la necesidad de convertir una herida personal en una herramienta de prevención y sensibilización. Tras superar años de adicción al juego, decidieron unirse para dar visibilidad a esta problemática que consideran “invisible” y cada vez más normalizada en la juventud. A través de mecanismos de gamificación y escape rooms para familias y centros educativos, desmontan mitos en torno a la ludopatía y demuestran que la verdadera recompensa es recuperar la libertad que la adicción, tan a menudo, arrebata. Esta es su historia.
¿Qué es A90º?
Álvaro: A90º nace hace aproximadamente cinco años como respuesta a nuestras propias historias de vida. En aquel momento, yo cursaba el grado de Liderazgo, Emprendimiento e Innovación. Durante mi primer año de carrera sufrí una fuerte recaída en mi adicción al juego y decidí ser honesto con mi entorno universitario. Les expliqué que debía dejar Bilbao para regresar a Madrid, donde iniciaría un nuevo proceso de rehabilitación.
Mi profesora me confesó que ya sospechaba que algo ocurría, pues en una carrera enfocada a crear proyectos, ella notaba en mí una obsesión por el dinero rápido. Fue ella quien me sugirió que, aprovechando el tiempo de mi recuperación, desarrollara un proyecto basado en mi propia experiencia y lo vinculara al deporte, una pasión que yo había abandonado por culpa de la ludopatía. Aquella idea me hizo cambiar el "chip" por completo.
Mientras trabajaba en la idea de visibilizar la problemática del azar entre los jóvenes, un amigo me habló de Unai, que había pasado por un proceso idéntico al mío y que ya estaba teniendo presencia en medios de comunicación del País Vasco. Le contacté por redes sociales y la conexión fue inmediata. Quedamos en Bilbao y desde ese primer día empezamos a idear A90º. Ambos compartíamos la misma intención: ayudar a los jóvenes y a las familias, porque sabemos de primera mano el sufrimiento que atraviesa todo el entorno de un adicto.
Empezamos diseñando formaciones para colegios y ofreciendo charlas basadas en nuestro testimonio personal. Al principio, Unai llevaba el peso de la comunicación porque ya tenía experiencia exponiéndose; a mí me costó cerca de un año reunir el valor para contar mi historia públicamente. Sin embargo, teníamos claro que nuestro objetivo principal era dar visibilidad al problema y que, para lograrlo, la exposición personal era una herramienta necesaria y fundamental.
En la adicción al juego, las señales de alarma a menudo son sutiles; silencios, pequeñas mentiras… Desde vuestra experiencia, ¿cuáles son esas red flags que se pueden identificar tanto por el joven como por su familia?
Unai: Es una adicción invisible porque, al no haber una sustancia de por medio, es difícil detectar patrones físicos. Sin embargo, en la juventud hay señales claras, empezando por la necesidad constante de dinero. Un ludópata necesita liquidez para apostar, lo que deriva en un "tetris de mentiras" continuo; creamos tal red de falsedades que a veces ni recordamos lo que dijimos la semana anterior.
A nivel conductual, el aislamiento es clave. Aunque la adolescencia suele ser una etapa solitaria respecto a los padres, aquí se extrema: hay jóvenes a los que en su propia casa llaman "el vecino" porque, aunque estén presentes físicamente, están ausentes, encerrados en su habitación. A esto se suma el bajón en el rendimiento académico o la pérdida de empleos.
A las familias les cuesta creerlo o tomarlo en serio al principio, muchas veces por desconocimiento. Piensan que con una promesa de "no volveré a jugar" es suficiente, pero la ludopatía es una enfermedad y requiere rehabilitación, control económico y autoprohibición.
Hay un error común: pensar que el problema es la cantidad de dinero. Un joven que gasta 50 euros al mes puede tener el mismo problema que alguien que se funde el sueldo el segundo día de mes. No es solo el dinero, es cómo afecta a tu vida: dejar de ir a clase o estar en la universidad con la mente puesta exclusivamente en las apuestas. Al final, si el joven ya tiene cierta autonomía financiera, es mucho más difícil que el entorno se dé cuenta si no está muy atento a las cuentas bancarias.
Vivimos en una sociedad donde el juego está presente en el fútbol, en el móvil, en las reuniones sociales. ¿En qué momento algo que se vende como “ocio” se puede convertir en una trampa? ¿Cómo se compite contra el bombardeo publicitario?
Álvaro: El problema central es la normalización. El juego está tan integrado en nuestro día a día que, incluso cuando una persona confiesa que está sufriendo una adicción, el entorno tiende a restarle importancia. Existe una trampa muy específica para quienes amamos el deporte: nos venden la falsa esperanza de que, por saber de fútbol o de tenis, tenemos ventaja. Nos hacen creer que ese conocimiento se traduce en dinero fácil.
Esta normalización llega hasta los vestuarios; yo mismo lo veo cuando juego al fútbol. Las apuestas son el tema de conversación habitual: quién gana, quién marca... se ha convertido en un lenguaje común. Aunque ahora hay algo más de regulación y control de acceso en los salones que cuando nosotros empezamos, el perfil del ludópata es cada vez más joven porque el bombardeo es constante.
Unai: La industria es experta en disfrazar el juego de "ocio familiar". En algunos lugares, como en Canarias, existen salones mixtos donde conviven el billar, los dardos o el air hockey con las máquinas de apuestas. Esa mezcla es peligrosísima. Y no solo ocurre en el sector privado; el juego público también se vale de esa narrativa. La Lotería de Navidad, por ejemplo, vende esa "ilusión de compartir", ese mensaje de que si no compras el décimo del trabajo y toca, te quedarás fuera. Es una presión social diseñada durante años.
Además, la industria se ha adaptado perfectamente a las nuevas generaciones. Utilizan a influencers y famosos de programas de telerrealidad para lucrarse a costa de sus seguidores jóvenes. Lo más reciente y preocupante es la expansión de nichos: ahora ya no solo se apuesta al deporte, sino a la política o a cualquier evento social a través de plataformas como Polymarket. Si sabes de actualidad, te hacen creer que puedes ganar dinero prediciendo si un político dirá una palabra concreta. Al final, lo que venden como ilusión o entretenimiento es un negocio que mueve cifras astronómicas y que tiene intereses muy profundos para que no se hable de ello.
Salir de este círculo es un reto. ¿Cómo fue en vuestro caso y qué pasos creéis que puede seguir alguien que se encuentra atrapado en esta situación?
Unai: El primer paso, y probablemente el más difícil para la persona enferma, es reconocer el problema y aceptar que necesita ayuda. A partir de ahí, es fundamental iniciar una rehabilitación con psicólogos y asociaciones especialistas que ofrezcan terapias individuales y grupales.
En el plano práctico, el control económico es vital por dos razones: actúa como un freno preventivo —sabes que si apuestas te van a pillar— y ayuda a que la familia recupere poco a poco la confianza en ti. También es útil la autoprohibición a nivel estatal, aunque no es una solución definitiva porque en lugares como los bares sigue habiendo máquinas sin control. Sin embargo, lo que más libera es normalizar la situación en tu entorno cercano. Contarlo rompe la cadena de mentiras y te ayuda a aceptar que, aunque no eres una mala persona, sufres una enfermedad crónica. Priorizar la terapia sobre cualquier otra cosa en tu vida es la única forma de no tirarlo todo por la borda a largo plazo.
Álvaro: Para mí fue fundamental que mi círculo de amigos lo supiera. Como el juego está tan normalizado, si tus amigos no conocen tu problema, es muy fácil que un día viendo un partido te inviten a echar una apuesta sin malicia. Al contarlo, conviertes a tus amigos en un muro más de protección.
Necesitas mucha fortaleza mental para lidiar con los impulsos, pero sobre todo necesitas querer salir de ahí. Nosotros nos reunimos con muchos padres desesperados cuyos hijos aún no quieren cambiar. Por muchas soluciones que te pongan delante, si tú no das el paso de admitirlo y comprometerte, es imposible.
Unai: Hay que entender que el proceso no va a ser fácil, pero es un esfuerzo que merece la pena para recuperar tu vida.
En Cruz Roja trabajamos mucho con el entorno. Para alguien que conoce a una persona que se encuentra en esta situación, ¿cuál es el equilibrio entre apoyar sin juzgar y no convertirse en cómplice del problema?
Unai: Es fundamental que el entorno entienda que la ludopatía es una enfermedad; aquí no hay culpables, aunque sí responsables que deben hacerse cargo de su parte. El papel de los amigos y la familia es, sencillamente, estar presentes sin incitar al juego. A veces se comete el error de pensar: "Como tu problema eran las apuestas deportivas, por jugar una partida de póker no pasa nada". Hay que entender que una persona adicta no puede jugar a nada, y el círculo cercano debe respetar esa barrera.
En este proceso se descubre quién es un amigo de verdad. Si tras contar tu problema alguien te dice que eres un exagerado o te invita a apostar "porque no es para tanto", esa persona no te está ayudando o quizás tiene un problema que no quiere ver. El buen amigo es el que te facilita la vida: el que no te juzga por las mentiras del pasado, el que te ayuda. Pequeños detalles marcan la diferencia y dan mucha seguridad. Por ejemplo, yo tenía un amigo que me ayudaba a pedir los tickets de lo que consumíamos para que yo pudiera justificar mis gastos ante mi familia. Ese apoyo logístico quita mucha ansiedad.
También es vital la comunicación entre la familia y los amigos. Si ambos círculos están conectados, se crea un muro de contención donde la mentira no tiene espacio; el adicto sabe que no puede manipular la información porque su entorno habla entre sí. Por último, hay que saber dar segundas oportunidades si la persona quiere cambiar, pero también entender que el entorno tiene derecho a poner distancia si el adicto no muestra voluntad de recuperarse. La sinceridad y la transparencia son la única base posible para reconstruir la confianza.
En A90º utilizais herramientas como gamificación o escape rooms para vuestros talleres. ¿Por qué creéis que para hablar de temas tan serios es necesario usar el juego y la creatividad?
Álvaro: Cuando fundamos A90º, lo hicimos bajo la premisa de construir la solución que a nosotros nos hubiera gustado recibir cuando éramos jóvenes. Tras un par de años impartiendo conferencias tradicionales, nos dimos cuenta de que, aunque somos un proyecto de jóvenes para jóvenes, nos faltaba una metodología propia para conectar con ciertos perfiles que no se sienten identificados con una charla teórica.
Necesitábamos una herramienta que fomentara la participación y el debate, donde se viera realmente quién juega, quién no y cómo se posiciona cada uno. La gamificación nos permite educar y concienciar mientras ellos se lo pasan bien. El recibimiento por parte de instituciones y técnicos de prevención está siendo increíble porque ven que, a través del juego, el mensaje cala de una forma mucho más profunda y orgánica.
Unai: Aprender jugando ayuda a interiorizar conceptos que de otra forma se olvidan rápido. Actualmente trabajamos dos líneas principales: la adicción al juego y el bienestar digital (redes sociales, móviles y videojuegos). Utilizamos diferentes formatos de escape room portátiles que montamos en plazas, colegios o salas municipales. Tenemos desde un camión para grupos pequeños hasta dinámicas de cajas para aulas escolares.
Nos parece vital que padres e hijos aprendan y reflexionen juntos. A veces se nos olvida jugar con nuestros hijos, y estas actividades son la excusa perfecta para reeducar en familia. Por ejemplo, uno de nuestros talleres favoritos es el de "Los Ogros", centrado en videojuegos y pantallas.
En este juego, las familias deben encontrar pistas para abrir candados. Para conseguir las coordenadas, tienen que identificar, por ejemplo, cuáles son los "10 pasos saludables" para el uso de la tecnología. El objetivo final es conseguir un medallón que da "fuerza" al dinamizador para seguir enseñando. Al final, el medallón es solo una excusa simbólica; lo importante es que, mediante la lógica y la habilidad, han interiorizado pautas sobre el uso abusivo del móvil o los riesgos de los videojuegos sin darse cuenta.
Se suele poner el foco en lo difícil que es el proceso, pero poco en la recompensa. ¿Qué es lo más increíble que habéis recuperado vosotros mismos (una afición, una sensación, un sueño) que la adicción os había arrebatado?
Álvaro: Por encima de todo, la libertad. Cuando estás atrapado, el juego te controla por completo; vives preocupado, planeando la siguiente mentira y cargando con una mochila pesada de culpa por el daño hecho a la familia. Soltar eso te da una paz increíble.
También está la estabilidad. Existe el mito de que apostamos para tener dinero, pero la realidad es que cuando dejas de jugar, es cuando realmente empiezas a tener dinero para todo. Sientes el orgullo de ganar algo con tu esfuerzo y saber que es tuyo. Llevo cinco años sin jugar y han sido los mejores de mi vida: he recuperado el tiempo, el deporte y, sobre todo, la tranquilidad de no depender de nadie.
Unai: Coincido totalmente. Lo que más agradezco es volver a dormir tranquilo. Antes, mi última preocupación al acostarme era cómo iba a conseguir dinero al día siguiente para solventar mis problemas; ahora esa angustia ha desaparecido. He recuperado hábitos saludables y el placer de disfrutar de mi familia y amigos sin sentir que los estoy abandonando.
Además, hay una recompensa añadida en nuestro caso: el orgullo de aportar nuestro granito de arena. Recibir mensajes en redes sociales de personas que te dicen "gracias a vuestros vídeos he pedido ayuda" es algo que te llena por completo. Queremos lanzar el mensaje de que, estés donde estés, siempre hay luz al final del túnel. Dejar de apostar siempre, sin excepción, te lleva a una vida mejor.
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