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Lecciones de resiliencia desde las vías

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LECCIONES DE RESILIENCIA DESDE LAS VÍAS

Lecciones de resiliencia desde las vías
En una tragedia ferroviaria, la incertidumbre lo invade todo. Cruz Roja atesora más de 25 años de experiencia en este escenario, prestando asistencia y apoyo cuando las personas más lo necesitan.

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Cruz Roja

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Cruz Roja

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accidentes ferroviarios parte 1

El ferrocarril ha sido, durante los últimos 178 años, el motor silencioso que ha cosido la geografía de la península. Desde que aquel primer trayecto entre Barcelona y Mataró marcara el inicio de una nueva era en 1848, el tren se ha convertido en símbolo de vertebración y cohesión social, de progreso y sostenibilidad. Hoy, esa red de acero que supera los 15.000 kilómetros es el escenario de una coreografía técnica asombrosa: cada día se realizan en España más de 5.000 trayectos ferroviarios (entre servicios de Cercanías, Media Distancia y Alta Velocidad) y millones de pasajeros se mueven de una punta a otra de nuestro país a bordo del tren. Pero, a veces, como sucede con todo engranaje, algo puede fallar. 

El reciente accidente ferroviario en Adamuz (Córdoba) es un ejemplo de ello. El 18 de enero, un tren de Iryo que realizaba el trayecto entre Málaga y Madrid descarriló e invadió la vía contigua, lo que provocó la colisión y el descarrilamiento de otro tren de Alvia que circulaba en sentido contrario con destino a Huelva. La tragedia ha dejado 45 personas fallecidas y 152 personas heridas. Ante la magnitud del suceso, Cruz Roja activó de inmediato sus equipos de emergencia en uno de los mayores dispositivos de respuesta humanitaria en Andalucía en los últimos años. Un total de 317 profesionales y personas voluntarias y 65 recursos movilizados han atendido a 911 personas a 30 de enero.  

Este suceso no es, desgraciadamente, un hecho aislado en nuestra cronología ferroviaria. En la memoria colectiva, aún resuena el estruendo del descarrilamiento en Uharte-Arakil (Navarra) en 1997, el silencio sepulcral del túnel de la línea 1 de Metrovalencia en 2006, o la magnitud del desastre de Angrois, en Santiago de Compostela, aquel fatídico julio de 2013. En todos ellos ha estado presente Cruz Roja siguiendo esa máxima que define tan bien a la Organización de estar cerca de las personas.

accidentes ferroviarios parte 2

Un descarrilamiento que sacudió Navarra

Anabel Garciandía habla con la precisión de quien ha estado presente en muchas emergencias. Aunque ya está jubilada, ha pasado buena parte de su vida en Cruz Roja en Navarra y ha intervenido en algunas catástrofes históricas como las riadas de Badajoz, el naufragio en el lago de Banyoles o el 11M. Sin embargo, el accidente ferroviario de Uharte-Arakil (Navarra) en 1997 tiene una dimensión distinta para ella. Considerado el peor accidente ferroviario de su historia (con 18 personas fallecidas y 115 heridas), fue también una de las primeras veces que Anabel intervino en este tipo de emergencias. “Tenía muchas ideas teóricas en la mente sobre cómo funcionar, qué hacer, pero cuando te enfrentas a ello de verdad te preguntas si lo harás bien”, cuenta. 

Aquel día de fiesta, la llamada de emergencia la pilló de sorpresa. Un tren que cubría la ruta Barcelona-Irun había descarrilado y era pertinente acudir cuanto antes: “Recuerdo la oscuridad, las sirenas de las ambulancias, la gente… todo te sobrecoge”. De su experiencia en el despliegue del equipo psicosocial, Anabel aprendió que su labor era ser un “muro de contención”. No solo se encargaron de gestionar la crisis emocional derivada de la tragedia, sino que sirvieron de puente logístico entre Renfe y los dispositivos de acogida para que el estrés no desbordara a las víctimas.  

accidentes ferroviarios parte 2b

Con los familiares, la tarea era mucho más cruda. “Les hacíamos ver que estábamos ahí para resolver cualquier duda, que se centraran solo de ese momento”, relata Anabel. Cruz Roja estaba al lado de los agentes judiciales, escuchando, apoyando y filtrando los datos necesarios para facilitar el proceso. También había una reacción que se repetía: la negación. “Familiares que querían hacer grupos de búsqueda por las vías porque no aceptaban que, si no estaban en el hospital, la única espera posible era la del reconocimiento”, menciona. 

En cuestión de horas, el dispositivo terminó, aunque el impacto de lo vivido no se despachó con la misma rapidez. “En aquella época no se hacían debriefs emocionales como ahora”, remarca. Al volver a casa, Anabel no podía olvidar las imágenes que tenía en la retina. “A la semana me volví vegetariana; no podía soportar nada que oliera a carne. Pero sabía que era normal, que eran síntomas del estrés por haber contenido mis emociones para atender a los demás”, detalla. 

Esa experiencia en Navarra fue el “pistoletazo de salida” que la llevó años después al 11M en Madrid, donde la magnitud de la tragedia obligó a su equipo a trabajar durante tres días seguidos. Si mira hacia atrás, destaca que, para sobrevivir a la tensión, las personas intervinientes necesitaban juntarse al final del día y, sencillamente, “echar unas risas para desangustiar”. 

Hoy, al observar lo ocurrido en Adamuz, Anabel reflexiona sobre el “después” y el daño que hace el ruido mediático en el duelo. “El exceso de información y el ansia de encontrar culpables o venganzas políticas no ayudan al familiar; le quitan la posibilidad de un duelo normal”, advierte. Para ella, el horror que se genera tras esos accidentes es un arma de doble filo: “La información es necesaria para que las cosas mejoren, pero el miedo no ayuda a nadie”. Anabel sabe que, tras el estruendo del metal, lo que las víctimas necesitan no es rabia, sino el silencio respetuoso de ese muro de contención que ella ayudó a levantar en las vías de Navarra.   

accidentes ferroviarios parte 3

El accidente de metro Valencia: un antes y un después 

Marian Rodríguez lamenta, a veces, su buena memoria. Especialmente cuando piensa en aquel julio de 2006 que marcó un antes y un después en la historia de Valencia y en su propia trayectoria profesional. Tras 19 años coordinando urgencias y emergencias en Cruz Roja en Valencia, su escudo profesional es sólido, pero no impermeable al recuerdo. “Lo que vivimos es complicado de olvidar”, confiesa.  

Aquel lunes de 2006, Marian se esforzaba por resolver el rompecabezas logístico que se había desatado a su alrededor. Con el servicio de playas a pleno rendimiento, la 32ª America's Cup desplegada en la costa y la inminente visita del Papa, los recursos estaban al límite. Y entonces llegó la noticia: un tren había descarrilado en una curva cercana a la estación de Jesús. 

“Fueron segundos de tensión, porque íbamos a tener que movilizar muchos recursos, y los tenía todos ocupados”, reconoce Marian. Pero había que hacerlo como fuera. “De repente, ves la luz: no puedo dejar la playa, pero, si tengo allí dos ambulancias, puedo mover una. El tiempo de respuesta es fundamental cuando hay personas heridas. Ser rápido es la diferencia entre salvar o no una vida”, apostilla. 

A los recursos movilizados por Cruz Roja y las autoridades se sumó un estallido de solidaridad. En cuanto el centro de coordinación dio el aviso, los teléfonos de Cruz Roja empezaron a arder con llamadas de personas voluntarias con perfiles en psicología, enfermería, socorrismo… todas dispuestas a dejarlo todo. “En Cruz Roja somos todos uno”, afirma Marian con orgullo. Esa fuerza colectiva fue la que permitió que, tras la asistencia sanitaria, la Organización no diera por terminada su labor, sino que se preparara para la fase más desgarradora: el acompañamiento.  

accidentes ferroviarios parte 3b

La emergencia se trasladó entonces a la Ciudad de la Justicia de Valencia, donde estaban trasladando a las personas fallecidas para su posterior identificación. Hasta la fecha, se considera el mayor accidente en este medio de transporte en España, y causó 43 víctimas mortales y provocó lesiones de diversa consideración a otras 47. “Acabé mi guardia a las dos o tres de la mañana y me fui a ver cómo estaba todo. Había compañeros y compañeras que habían perdido a familiares en el accidente y estaban allí”, relata. El personal involucrado necesitó ventilación emocional para procesarlo todo.  

Para Marian, lo más cruel de un accidente de este tipo es la incertidumbre. “Llamas automáticamente porque tú quieres que esa persona te diga que está bien”, señala. Pero nadie contesta. Esa preocupación se traducía en familias peregrinando por los hospitales buscando un nombre, un indicio o, en el peor de los casos, enfrentándose a un reconocimiento. “Mucha gente no quiere entrar en la sala; prefieren recordar a la persona con la imagen que tenían antes de que subiera al metro”, explica con delicadeza. 

Hoy, desde su puesto en el área de salud, Marian Rodríguez observa las noticias de Córdoba con la mirada de quien conoce bien el terreno. Se conmueve al ver cómo el pueblo de Adamuz se ha volcado con los pasajeros, un espejo de lo que ella vivió hace dos décadas. Sabe que el duelo tiene fases inevitables y que el papel de Cruz Roja es evitar que ese dolor se convierta en algo que se enquiste. Porque, aunque el tiempo pase y las infraestructuras mejoren, ella no olvida lo duro que supone saber que “tu madre cogió ese metro para volver de trabajar y, de repente, no vuelve”.  

accidentes ferroviarios parte 4

Del Obradoiro a un escenario dantesco: el caso de Angrois

Carmen Reigía confiesa que lo sucedido en Adamuz le ha “removido” profundamente. Ya han pasado quince años desde aquel 24 de julio de 2013, cuando un tren descarriló a unos tres kilómetros de la estación de Santiago de Compostela, pero es inevitable volver a esa noche de víspera del Apóstol, punto culminante de las fiestas patronales de la ciudad. Carmen, que entonces dirigía Socorros y Emergencias en Cruz Roja en Galicia, fue la jefa de operaciones del dispositivo, que tuvo, además, una característica muy especial: “Los equipos de emergencia ya estaban movilizados… pero como servicio preventivo para la fiesta”. 

En apenas un momento, cuatro de las cinco ambulancias que estaban en la plaza del Obradoiro se desplazaron a Angrois. Sin embargo, no hubo tiempo para preparar a voluntarios y voluntarias: “Pasas de la tranquilidad a un escenario dantesco en cuestión de minutos”, recuerda Carmen. Una vez la fiesta llegó a su fin, la quinta ambulancia también se unió al despliegue que había en las vías del tren. 

En los primeros momentos, la desinformación campó a sus anchas. “Nos llegó que podía ser un atentado incluso, por lo que al principio no sabíamos a lo que íbamos. Había mucha incertidumbre. Luego se descartó”, explica Carmen, que hoy desempeña la coordinación provincial de Cruz Roja en A Coruña. En la estación de A Coruña, precisamente, se estableció el primer punto de apoyo psicosocial para las familias que esperaban noticias; después, los esfuerzos se concentraron en el Edificio Cersia y en el Multiusos Fontes do Sar, convertido improvisadamente en el centro de reconocimiento de las 80 víctimas mortales.  

Para Carmen, uno de los pilares de aquella tragedia fue la respuesta, logística, pero también humana, de Cruz Roja desde la oficina central. Incluso llegaron equipos de Madrid y Salamanca para cuidar de la salud mental de las personas intervinientes. “Nos sentimos respaldados desde el primer momento; el músculo de la Organización ante situaciones complejas es nuestro mayor valor añadido”, concluye, emocionada.  

Hoy, como hace décadas en Navarra, Valencia o Santiago de Compostela, la labor de Cruz Roja en las vías de Adamuz demuestra que, aunque todo falle, hay una red de apoyo humano que siempre permanece intacta. 

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