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La mochila que no se ve

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LA MOCHILA QUE NO SE VE

La mochila que no se ve
Agua, linterna y un plan de evacuación son necesarios, pero no suficientes. Cuidar la salud mental también forma parte de la preparación ante emergencias.

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preparacion psico desastres 1

Cuando pensamos en prepararnos para una emergencia, casi siempre imaginamos lo mismo: agua, alimentos, una radio, documentos importantes y una mochila junto a la puerta. Todo eso es necesario. Pero hay otra mochila, invisible, que pesa tanto o más en el momento decisivo: la que llevamos por dentro.  

Antes de que estalle una catástrofe necesitamos pensar en cómo nos orientaremos, qué decisiones podemos anticipar y con quién contamos. Y es muy importante que sea así, ya que nuestra salud, las experiencias previas, las condiciones de vida y los apoyos disponibles influyen en cómo afrontamos una crisis e incluso en cómo nos recuperamos después. 

preparacion psico desastres 2

Lo que conviene preparar por dentro

Ante una amenaza, sentir miedo, quedarse en blanco, dormir mal, estar irritable o llorar sin motivo aparente es una respuesta natural que nos ayuda a detectar el peligro y movilizarnos para protegernos. No son signos de debilidad, y saberlo de antemano evita la angustia añadida de pensar que algo va mal en nosotros. 

Prepararnos psicológicamente significa, precisamente, conocer estas posibles respuestas y disponer de recursos que nos ayuden a actuar con mayor seguridad. Podemos empezar por preguntarnos qué solemos notar cuando estamos bajo presión, qué nos ayuda a orientarnos y a quién podemos acudir. Aunque no podamos predecir exactamente cómo reaccionaremos, sí podemos preparar instrucciones sencillas, contactos por escrito o una persona de referencia.  

"Podemos desarrollar actuaciones que preparen las respuestas y las hagan mejores"

También conviene anticipar decisiones. El estrés intenso reduce nuestra capacidad de pensar con claridad. Por eso un plan familiar sencillo (dónde nos encontramos, quién recoge a los más pequeños, quién acompaña a la persona mayor o cómo nos comunicamos si fallan los medios habituales) minimiza la necesidad de improvisar. Es también una herramienta de cuidado emocional: libera la mente cuando más falta hace. Hablar del plan y practicarlo en casa, adaptándolo a la edad y las necesidades de cada persona permite detectar dificultades y resolver dudas antes de la emergencia.  

“Podemos desarrollar actuaciones que preparen las respuestas y las hagan mejores: simulacros, educación previa emocional o resiliencia… La preparación de la respuesta es clave para actuar mejor y reducir las incertidumbres, lo que a su vez resulta fundamental para no sentirnos indefensos y articular buenas respuestas”, expresa Guillermo Fouce, psicólogo experto en intervención social y emergencias, y uno de los participantes de Conversaciones Humanitarias, un espacio de encuentro, debate y reflexión impulsado por la Fundación Cruz Roja Española que en el año 2025 se centró en el bienestar emocional. Desde el cuidado de la salud, por otro lado, debemos prever la continuidad de los tratamientos y los apoyos habituales, incluidos los relacionados con la salud mental. Identificar las fuentes oficiales de información también forma parte de la preparación, ya que nos ayudará a distinguir las indicaciones útiles de los rumores y a evitar la sobrecarga de mensajes. Si la situación permite hacerlo con seguridad, respirar de forma pausada o centrarnos en una tarea cada vez puede ayudarnos a recuperar la orientación, siempre sin retrasar las medidas de protección. 

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La importancia de lo cercano

Si hay una lección que se repite en cada emergencia es que los vínculos protegen, ya que aportan escucha y ayuda práctica. De hecho, las primeras personas en ayudar rara vez pertenecen a los servicios de emergencia: son quienes están al lado, la vecina del tercero, el compañero de trabajo, la familia. Y es extensible a las asociaciones, los centros educativos y los servicios sanitarios y sociales. Sentirse parte de una comunidad influye decisivamente en cómo afrontamos una crisis y en cómo nos levantamos después. 

Esa red no aparece de golpe cuando llega la emergencia: se teje antes, en el día a día del barrio. Prepararse también es cultivarla: saludar a quien vive puerta con puerta, saber quién vive solo, a quién le cuesta bajar las escaleras o quien podría tener más dificultades para comprender una alerta. Y aprender algo que a muchas personas les resulta difícil: pedir ayuda. La vergüenza o el miedo a molestar dejan a mucha gente sola justo cuando más acompañamiento necesita. Ofrecer ayuda y aceptarla son dos caras de la misma preparación. 

Los vínculos se preparan y se cuidan antes de una crisis, y necesitan mantenerse cuando la urgencia ya ha pasado. 

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Los ciclos de las catástrofes se acortan

Las emergencias ya no llegan a una población descansada. Venimos de años de crisis encadenadas: una pandemia, lluvias torrenciales como la DANA de 2024, olas de calor cada vez más intensas, incendios forestales, incertidumbre económica y exposición a la sobreinformación. Y, cuando llega una nueva emergencia, muchas personas parten con las reservas agotadas. 

Cuando llega una nueva emergencia, muchas personas parten con las reservas agotadas

Así aparecen formas de malestar que hace unos años apenas nombrábamos: el cansancio de vivir en alerta, la ansiedad anticipatoria que despierta cada aviso meteorológico o la inquietud por el deterioro del entorno, la llamada ecoansiedad. Son respuestas que no implican necesariamente un trastorno psicológico, pero que merecen atención y apoyo.  

Ese desgaste, además, no se reparte por igual: pesa más sobre quienes tienen menos recursos, menos red o menos margen para recuperarse. 

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Se puede aprender

La buena noticia es que la capacidad de afrontar la incertidumbre se entrena, como los primeros auxilios. Prepararse no es vivir con miedo, sino sentirse capaz y convertir la preocupación en acción. Hablar de emociones desde la infancia, incluir en los simulacros no solo qué hacer, sino cómo nos sentimos, y conocer los recursos de apoyo disponibles son formas de preparación tan reales como tener una linterna a mano. “La mayoría de las personas van a crecer con estos desastres de fondo; van a darle otro sentido a la vida, van a encontrar habilidades que creían que no tenían, van a reforzar sus vínculos… Todo lo que hagamos por anticipar estas situaciones y fortalecer la resiliencia de las personas (individual, social o comunitaria) y por enfocar la salud como un complejo conjunto de variables físicas, psicológicas y sociales nos va a permitir prepararnos mejor ante situaciones que se van a producir cada vez con mayor frecuencia”, indica Fouce.   

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El error más frecuente

El error más habitual es dejar lo psicológico para después, como algo que se atiende cuando el desastre ya ha pasado y no como parte de la preparación. La preparación psicológica debe estar presente desde el principio, junto con la protección física y la atención a las necesidades básicas.  

A ello se suma un mito extendido: que ante una catástrofe la gente entra en pánico. Lo más frecuente es justo lo contrario: solidaridad, ayuda mutua y organización espontánea del vecindario. Prepararse emocionalmente es también aprender a canalizar bien esa enorme capacidad de ayudar.  

Por otro lado, también podemos equivocarnos al asociar estar preparado con mantener siempre la calma, ser fuerte o controlar perfectamente las emociones. Esa expectativa puede añadir culpa a quien siente miedo, llora o se bloquea, y dificultar que pida ayuda. Incluso una persona bien preparada puede verse desbordada ante una situación extrema.  

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Una comunidad que se conoce y se cuida

En Cruz Roja trabajamos con esa mirada antes, durante y después de cada crisis: equipos de intervención psicosocial, voluntariado formado en apoyo emocional y proyectos que acompañan a personas mayores que viven solas, enseñan a niños y niñas a actuar ante un riesgo o ayudan al vecindario a identificar juntos los peligros de su entorno. El objetivo es que cuando aparezca el miedo o el desbordamiento dispongamos de un plan comprensible, apoyos accesibles y posibilidades reales de protegernos. Porque una comunidad preparada no es solo la que tiene recursos materiales, sino la que se conoce, se cuida y sabe que no está sola. Y, en esa red, cada persona socia y colaboradora de Cruz Roja forma parte de la respuesta. 

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