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Ansiedad: cuando el volcán entra en erupción

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ANSIEDAD: CUANDO EL VOLCÁN ENTRA EN ERUPCIÓN

Ansiedad: cuando el volcán entra en erupción
No toda preocupación es ansiedad. Pero cuando el miedo, la angustia o la incertidumbre dejan de ser pasajeros y empiezan a condicionar la vida cotidiana, es momento de prestar atención. Cruz Roja explica cómo reconocer las señales de alarma, cuidar la salud emocional y pedir ayuda a tiempo.

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parte 1 ansiedad 1

El volcán de Marina está a punto de entrar en erupción. La tierra tiembla y el aire se llena de humo y ceniza. La devastación es inminente. Una emergencia en toda regla. El volcán de Marina no aparece en los mapas ni puede fotografiarse desde un satélite. Pero, cuando despierta, amenaza con destruirlo todo. Ese volcán tiene otro nombre: ansiedad. 

Esta catástrofe es metafórica, pero no por ello menos real. Con esta idea juega la campaña “Catástrofes del día a día” de Cruz Roja, que utiliza desastres naturales como alegoría de esas crisis invisibles que miles de personas afrontan en silencio. En esta ocasión, el foco se pone sobre una realidad cada vez más presente en España: la ansiedad.  

La ansiedad es una respuesta natural del organismo ante situaciones que se perciben como amenazantes, inciertas o exigentes. Se trata de un mecanismo de supervivencia que prepara al cuerpo y a la mente para reaccionar con rapidez ante un posible peligro. El problema aparece cuando esa respuesta deja de ser puntual y se mantiene en el tiempo, o surge sin que exista un peligro real y comienza a interferir en la vida cotidiana.  

¿Qué ocurre, entonces, cuando el volcán deja de ser una amenaza excepcional y entra en erupción una y otra vez? ¿Cómo reconocer las primeras señales antes de que el malestar condicione la vida cotidiana? Y, sobre todo, ¿qué herramientas existen para aprender a convivir con la ansiedad sin que esta tome el control? 

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La ansiedad: ¿es más común ahora?

Hace apenas unos años, hablar de ansiedad seguía siendo, para muchas personas, un tema incómodo. Hoy forma parte de conversaciones, publicaciones en redes sociales e incluso vocabulario cotidiano. Pero, ¿significa eso que ahora hay más ansiedad o simplemente hemos aprendido a ponerle nombre? 

Desde el área de Salud de Cruz Roja consideran que ambas realidades conviven. “Por una parte, se está avanzando en la sensibilización sobre la salud mental y actualmente se habla de forma más natural de la ansiedad, lo que ayuda a reducir el estigma y a que más personas pidan ayuda. Y, por otra, vivimos en un contexto de incertidumbre, dificultades de acceso a la vivienda, precariedad laboral, sobrecarga de cuidados, soledad no deseada… que tienen un impacto directo en el bienestar emocional de las personas”, exponen. 

"Actualmente se habla de forma más natural de la ansiedad"

Basta pensar en una joven de 28 años que encadena contratos temporales, dedica más de la mitad de su sueldo al alquiler y no sabe si podrá independizarse definitivamente. O en un hombre de mediana edad que cuida de un familiar dependiente mientras intenta mantener su empleo. O en una persona mayor que pasa días enteros sin apenas hablar con nadie. Son situaciones muy diferentes, pero todas comparten un mismo denominador: la acumulación de factores de estrés que, mantenidos en el tiempo, terminan pasando factura. 

Es por eso que para Cruz Roja, más que en un perfil demográfico como tal, la preocupación se dirige hacia “las personas que acumulan factores de vulnerabilidad y cuentan con pocos apoyos para hacerles frente”. “En nuestro trabajo diario vemos que el malestar emocional no suele tener una única causa, con frecuencia, es el resultado de varias dificultades que se van sumando a lo largo del tiempo. Cuando varias de estas dificultades coinciden, aumenta la sensación de inseguridad y estrés, y con ello, el riesgo de sufrir malestar emocional”, sostienen. 

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Red flags: detectando la ansiedad 

No toda preocupación es ansiedad, ni todo episodio de estrés requiere necesariamente atención psicológica. Sentir nervios antes de una entrevista de trabajo, durante una época de exámenes o ante un problema familiar forma parte de la vida. La diferencia reside en cuando esa sensación deja de ser anecdótica y comienza a ocupar cada vez más espacio. 

Por ejemplo, una persona puede empezar despertándose varias veces durante la noche pensando en problemas cotidianos. Después llega el agotamiento constante, la dificultad para centrarse en el trabajo o los estudios y un mal humor que termina afectando a las relaciones personales. Poco a poco eso se traslada e incluso llegan los síntomas físicos. 

Así lo confirman desde Cruz Roja: “Algunas de las señales que pueden indicarnos que es momento de pedir ayuda puede ser una preocupación constante difícil de controlar, cambios en los hábitos de sueño, cansancio continuo, irritabilidad o síntomas físicos como son la tensión muscular, sensación de opresión en el pecho o falta de aire sin que exista una causa médica que pueda explicarlo”.  

La clave no está únicamente en la intensidad de los síntomas, sino en cómo condicionan la rutina. Si alguien deja de salir con sus amistades porque teme sufrir una crisis de ansiedad, evita coger el transporte público por miedo o siente que cada jornada laboral es un esfuerzo enorme para realizar tareas habituales, es momento de buscar ayuda profesional.  

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Cómo ayudar a enfrentarse a la ansiedad 

Cuando una persona convive con ansiedad, rara vez es la única afectada. También su familia, amistades o compañeros y compañeras de trabajo se preguntan cómo actuar sin empeorar la situación. En ocasiones, con la mejor intención, aparecen frases recurrentes: “No pienses tanto”, “todo está en tu cabeza”, “tienes que poner de tu parte”. Sin embargo, estos mensajes pueden hacer que quien sufre ansiedad se sienta aún más incomprendido. 

“El entorno tiene un papel muy importante. Sabemos que los vínculos y las relaciones son uno de los principales factores de protección cuando hablamos de salud mental”, señalan desde Cruz Roja. “Muchas personas verbalizan que lo que más les ayuda es sentirse escuchadas, validadas y acompañadas. Saber que hay alguien con quién contar y que permanece a tu lado cuando lo necesitas puede marcar una gran diferencia”, añaden. A veces no se necesita a alguien que resuelva los problemas, sino que estos se puedan compartir sin miedo ni juicios.  

"El entorno tiene un papel muy importante"

Un ejemplo cotidiano: una amiga, en lugar de ofrecer una solución inmediata, lo aborda desde otro lado mediante una pregunta simple: “¿Quieres contarme qué te está pasando?”. O un compañero de trabajo que entiende que alguien necesita unos minutos para recuperar la calma en lugar de presionarlo para que reaccione cuanto antes. Son pequeños gestos que ayudan a romper el aislamiento que con frecuencia acompaña a la ansiedad. 

Escuchar, validar las emociones y permanecer al lado de la persona, incluso cuando no se sabe exactamente qué decir, puede suponer un cambio mucho mayor que intentar minimizar su sufrimiento. 

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Herramientas o hábitos diarios de autocuidado

No existe una fórmula mágica para evitar la ansiedad, pero sí hábitos que fortalecen la capacidad para afrontar las dificultades antes de que nos sobrepasen. Desde Cruz Roja insisten en la importancia de mantener rutinas estables, dormir las horas necesarias, realizar actividad física de forma regular, cuidar la alimentación y reservar momentos para actividades que resulten agradables y permitan desconectar. 

Igual de importante es “hablar con alguna persona de confianza con la que podamos compartir preocupaciones y sentirnos acompañadas”, mencionan. “Y aprender a identificar nuestras emociones, nuestras señales de malestar y entender que pedir ayuda forma parte del autocuidado”, indican.  

Puede ser algo tan sencillo como salir a caminar media hora cada tarde, mantener una cena semanal con personas de confianza, recuperar una afición abandonada o reservar unos minutos al día para identificar cómo nos sentimos. Lo importante no es la actividad en sí, sino convertir esos espacios en recursos cotidianos de bienestar

Además, aprender a reconocer las propias emociones y detectar las primeras señales de malestar permite intervenir antes de que la ansiedad acabe influyendo en la vida diaria. Y recordar que pedir ayuda no es un fracaso, sino una forma más de cuidar de uno mismo. 

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Cruz Roja, dispuesta a ayudar desde el minuto uno

Dar el primer paso suele ser el más difícil. Muchas personas pasan meses (o incluso años) intentando gestionar solas su malestar antes de decidirse a buscar apoyo. “Lo primero que va a encontrar una persona cuando contacta con Cruz Roja es escucha, acompañamiento y un espacio seguro donde poder hablar de lo que le preocupa sin sentirse juzgada”, puntualizan desde la Organización, e inciden en que muchas personas lo que necesitan es “sentir que alguien las escucha y comprende”. 

Además de lo anterior, “contar con una red de apoyo activa implica que la persona se sienta escuchada, comprendida y apoyada y puede favorecer a que las personas pidan ayuda antes y sean capaces de afrontar con más recursos las situaciones difíciles”, insisten desde la Organización. “Sentirse escuchado/a, tener a alguien con quién contar o formar parte de una comunidad, son factores de protección para nuestra salud”, recalcan.  

A través de iniciativas como Cruz Roja Te Escucha, Cruz Roja ofrece apoyo emocional entendiendo que, en muchas ocasiones, una conversación puede convertirse en el comienzo del cambio. Porque sentirse escuchado reduce la sensación de aislamiento y permite empezar a afrontar las dificultades desde otra perspectiva. El teléfono es el 900 107 917 y es gratuito. 

Cruz Roja ha acompañado a más de 45.000 personas en el cuidado de su salud mental

Solo en el último año, Cruz Roja ha acompañado a más de 45.000 personas en el cuidado de su salud mental, promoviendo el bienestar emocional y la salud mental en todas las etapas de la vida a través de talleres de gestión emocional, espacios de apoyo psicosocial y atención individualizada para afrontar situaciones de vulnerabilidad, estrés o duelo, entre otras actividades y actuaciones. La intervención se adapta a las necesidades individuales y comunitarias con una visión integral que incluye el acompañamiento, la formación y el acceso a recursos, y siempre desde la cercanía, el respeto y el cuidado emocional.  

En una sociedad que avanza cada vez más deprisa, quizá la herramienta más valiosa siga siendo también la más sencilla: que alguien escuche cuando más se necesita, que alguien tienda una mano cuando más falta hace.  

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