Barro y esperanza: limpiando los estragos de las borrascas en Andalucía - Ahora
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- Un mes después del paso de Leonardo y Marta, cientos de personas voluntarias de toda Andalucía se han volcado en las tareas de limpieza para devolver la normalidad a las familias damnificadas.
Para muchas familias el rastro de las borrascas Leonardo y Marta sigue presente en Andalucía. Tras una fase de emergencia frenética, donde se movilizaron ambulancias, lanchas y miles de camas para albergues provisionales y más de 1000 personas voluntarias y técnicas, Cruz Roja ha iniciado una segunda batalla: la de la recuperación. Y es que los Equipos de Respuesta Básica en Emergencia (ERBE) han trabajado de manera incansable para minimizar los efectos de las tormentas.
Esta labor de postemergencia cuenta con un respaldo logístico crucial. Gracias a alianzas empresariales, se han recabado materiales como mangueras a presión y equipos de protección y se han podido adquirir generadores eléctricos, algo que ha facilitado que las personas voluntarias hayan podido intervenir en zonas donde el suministro eléctrico aún no se había restablecido. La movilización ha sido total y solidaria entre provincias: equipos de Granada se han desplazado a Cádiz, de Almería a Córdoba y de Huelva a Jaén, demostrando que en la Organización no existen fronteras cuando la necesidad apremia.
Entre manantiales y lodo: la realidad a pie de calle
La provincia de Cádiz ha sido el epicentro de esta crisis. En Grazalema, el fenómeno fue insólito: el agua brotaba de la tierra y las paredes. Eva Mendoza, sanitaria de profesión y voluntaria del ERBE de Conil de Frontera con una larga trayectoria en el mundo del voluntariado, describe la complejidad del escenario. “En Grazalema el agua salía directamente por los interruptores de la luz; la tierra no absorbía más”, explica, y sigue “fue necesario evacuar a toda la ciudadanía”.
En las labores de limpieza, por otro lado, había dos situaciones distintas. “En Grazalema era agua limpia de manantiales, más de restauración de mobiliario; pero en Jerez ha sido barro y lodo, un trabajo físico muy duro de pala y carretilla que aún estamos terminando”, expone.

Para Eva, que ha coordinado desde albergues hasta repartos de comida, la motivación está muy clara en cualquier circunstancia: “Es una labor totalmente humanitaria. Aunque vaya cansada tras el trabajo, es más lo que recibo que lo que doy. Simplemente lo hago porque existe la necesidad”.
El valor de no sentirse solos
La intervención no solo se ha centrado en los grandes núcleos. En localidades pequeñas como Dúdar, en Granada, la presencia de Cruz Roja fue el único vínculo con el exterior durante el aislamiento. Sensi, voluntaria de la asamblea Comarcal de Albolote, relata la intensidad de esos momentos: “En Dúdar nos quedamos aislados. Montamos camillas a medianoche para 28 personas que no querían dejar sus casas. Fue emocionante cuando nos vieron llegar; sentían que no estaban solos. Cuando nos quisimos ir, a las 5 de la mañana, la carretera estaba cortada y tuvimos que dar media vuelta”.

Sensi, que también se desplazó a Jerez para ayudar en la limpieza de la zona de la Cartuja, destaca el sentimiento de impotencia mezclado con la gratitud de los vecinos: “La gente está muy agradecida, nunca me he sentido tan mimada. En Jerez fue muy duro, había una sensación de impotencia”.
La fase de limpieza es el último paso antes de que las familias puedan, por fin, cerrar este episodio de sus vidas. Con la mirada puesta en la evaluación de daños materiales y el apoyo emocional continuo, Cruz Roja reafirma su compromiso de permanecer al lado de las personas no solo cuando cae el agua, sino hasta que la última mancha de barro desaparezca de sus vidas.
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