Pablo R. Cona (Occiomorons): “Es esencial recordar que el suicidio se puede prevenir” - Ahora
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Pablo R. Coca lleva años utilizando la divulgación y el humor para acercar la psicología a las nuevas generaciones y poner sobre la mesa cuestiones que durante demasiado tiempo han permanecido ocultas. Su labor de sensibilización en torno a la salud mental y la prevención del suicidio contibuye a generar conversaciones necesarias, sobre todo entre las personas más jóvenes. Este psicólogo sanitario es también el creador del universo Occimorons, una serie de viñetas e historietas sobre la importancia de la salud mental, que recoge tanto eb sus redes sociales como en los diferentes libros que ha publicado.
Cuando una persona siente que no puede más y se plantea el suicidio como una opción, ¿qué suele estar pasando por dentro? ¿Qué necesitamos entender de ese sufrimiento para poder ayudarle?
La persona suele estar pasando por un momento de mucho sufrimiento. Más que poder entender, antes de todo eso la clave está en cómo nos vamos acercando a ese sufrimiento que la persona siente para poder ir entendiéndolo. Muchas veces la dificultad está ahí, en no saber cómo sostener el dolor ajeno. A veces, no hay que pretender entender nada, sino que se sienta escuchado y visto por nosotros.
Por eso es muy importante saber qué hacer y qué no hacer en el caso de que la persona nos diga que quiere acabar con su vida. Aquí dejo una guía que he hecho con mis viñetas que puede servir de ayuda.
El suicidio es un problema de salud pública en España ¿Está la sociedad suficientemente concienciada sobre este asunto tan importante? ¿Tenemos las herramientas para saber actuar?
Aún hay mucho estigma alrededor del suicidio. Sigue existiendo mucha desinformación y mitos que hacen más mal que bien a la hora de su prevención. Seguimos creyendo que si una persona verbaliza que se quiere quitar la vida no lo va a hacer, o que si lo dice es una llamada de atención y no hay que preocuparse. Es importante seguir concienciando y combatiendo estos mitos para que podamos ser agentes de prevención del suicidio, teniendo las herramientas necesarias para poder abordar un acompañamiento emocional en situaciones de crisis.
¿Qué factores pueden llevar a una persona a una situación de sufrimiento tan intenso que llegue a contemplar el suicidio?
No existe una única causa que explique por qué una persona llega a contemplar el suicidio. Generalmente, intervienen distintos factores personales, psicológicos, familiares, sociales y económicos que se acumulan o interactúan entre sí: problemas de salud mental, experiencias traumáticas, pérdidas importantes, violencia, acoso, discriminación, soledad no deseada, conflictos familiares, dificultades económicas o la falta de una red de apoyo, entre otros.
Sin embargo, atravesar alguna de estas situaciones no significa necesariamente que una persona vaya a intentar suicidarse. El riesgo puede aparecer cuando el sufrimiento se vuelve insoportable, la persona pierde la esperanza y siente que no existen alternativas ni recursos para cambiar su situación. Muchas veces no desea morir, sino dejar de sufrir, y en ese momento necesita encontrar apoyo, protección y otras formas posibles de aliviar ese dolor. Por eso es tan importante escuchar sin juzgar, preguntar directamente cómo se encuentra y facilitar el acceso a ayuda profesional.
¿Cuáles son las señales de alerta que deberían hacer que familiares, amistades, docentes o compañeros y compañeras presten especial atención?
Podemos prestar atención cuando la persona:
- Habla de querer morir, desaparecer, dejar de sufrir o no despertarse.
- Expresa desesperanza, sensación de no tener salida o de que nada va a cambiar.
- Dice sentirse una carga, no encontrar motivos para vivir o creer que los demás estarían mejor sin ella.
- Se despide de forma inusual, regala pertenencias importantes, deja asuntos resueltos o escribe mensajes que suenan a despedida.
- Busca información, reúne medios o comunica que ha pensado cómo, cuándo o dónde hacerlo.
- Se aísla, abandona actividades que antes le interesaban o se desconecta bruscamente de sus vínculos.
- Presenta cambios importantes en el sueño, la alimentación, el rendimiento, la asistencia, el autocuidado o el consumo de alcohol y otras sustancias.
- Muestra una agitación, angustia, impulsividad, irritabilidad o cambios emocionales intensos.
- Se autolesiona o ha realizado previamente una tentativa de suicidio.
- Tras un periodo de gran desesperación, muestra una calma repentina difícil de explicar. No siempre significa peligro, pero conviene preguntar qué ha cambiado.
Si hablamos en especial de niños, niñas y adolescentes, el sufrimiento también puede aparecer como irritabilidad, peleas, absentismo, bajada repentina del rendimiento, retraimiento, autolesiones, conductas de riesgo, dibujos o textos recurrentes sobre la muerte, despedidas en redes sociales o frases como «no puedo más» «ojalá no estuviera aquí».
Es importante señalar que no siempre hay señales evidentes que podamos detectar, ya que es esencial recordar que el suicidio se puede prevenir, pero no predecir.
¿Puede una persona llegar a plantearse el suicidio como una opción aunque aparentemente lleve una vida normal y no dé señales evidentes?
Sería interesante preguntarnos qué significa realmente «llevar una vida normal». Porque aquello que desde fuera nos parece una vida normal puede estar siendo vivido por la otra persona con un enorme sufrimiento. Puede sentirse atrapada en una vida que aparentemente funciona: sigue estudiando, trabajando, quedando con gente o cumpliendo con sus responsabilidades.
Por eso es importante recordar que no siempre existen señales claras. Si dudamos, percibimos algún cambio o sentimos que algo no termina de encajarnos, podemos preguntar directamente. Pero, para llegar hasta ahí, necesitamos ir abriendo la conversación: acercarnos con calma, mostrar interés genuino y crear un espacio en el que la persona sienta que puede hablar sin ser juzgada o corregida.
Cuando hablamos de personas jóvenes, ¿Qué papel deberían desempeñar las familias, los centros educativos y el entorno cercano en la prevención? ¿Qué podemos hacer antes de que aparezcan las señales de alarma?
Como psicólogo, voy cada año a numerosos centros educativos de toda España para concienciar y trabajar en la prevención de la salud mental tanto con alumnos, profesorado y familias. Una de las cosas más comentadas entre los adolescentes es que sienten que no son escuchados, que sus familias no toman en serio sus problemas y que se sienten solos pero rodeados de gente. Por ello, la prevención empieza mucho antes de cuando aparecen señales de alarma.
Familias, centros educativos y entorno cercano desempeñan un papel fundamental porque son quienes comparten el día a día con los jóvenes. Su función no es diagnosticar ni ejercer de terapeutas, sino crear espacios seguros, detectar cambios, escuchar y facilitar el acceso a ayuda cuando sea necesario. Hablando con algunos docentes, han creado espacios de acogimiento emocional, donde alumnos/as que quieran, pueden compartir. Incluso algunos de ellos hacen tutorías emocionales, dedicadas a los posibles problemas que puedan estar atravesando.
También necesitamos revisar cómo reaccionamos cuando un joven intenta contarnos algo. Lo que más me preguntan los adolescentes cuando voy a los centros educativos es «¿cómo hago para que mis padres realmente me escuchen y entiendan mi malestar?
Los centros educativos, además, necesitan protocolos claros, profesionales de orientación suficientes y formación para que docentes y demás trabajadores sepan identificar una situación preocupante y cómo activar la ayuda. No podemos cargar toda la responsabilidad sobre un profesor concreto ni convertir la prevención en una charla aislada una vez al año: debe formar parte de la cultura cotidiana del centro.
Y las familias tampoco tienen que saber hacerlo todo. Pueden observar, mantener abierta la comunicación, interesarse por el mundo presencial y digital de sus hijos y pedir orientación profesional cuando algo les preocupe. La prevención se construye generando vínculos, pertenencia y posibilidades de pedir ayuda antes de que el sufrimiento llegue a ser insoportable
¿Crees que cuando hablamos de cuidar la salud mental estamos poniendo demasiado peso y responsabilidad en la persona, mientras dejamos en un segundo plano las condiciones sociales, económicas y del entorno que pueden generar o mantener el malestar?
No podemos hablar de salud mental sin tener en cuenta las condiciones contextuales de la persona. El paradigma está cambiando, y menos mal.
A veces transmitimos la idea de que cuidar la salud mental consiste solamente en ir a terapia, meditar, hacer ejercicio o aprender a gestionar mejor las emociones. Todo eso puede ayudar, pero resulta insuficiente cuando alguien vive con precariedad, violencia, discriminación, soledad, acoso, falta de vivienda, jornadas laborales incompatibles con el descanso o dificultades para acceder a recursos sanitarios. Si reducimos el malestar a una responsabilidad individual, corremos el riesgo de convertir problemas sociales en supuestos fracasos personales. La persona puede acabar pensando que no se esfuerza lo suficiente, que no sabe gestionar sus emociones o que es responsable de no sentirse bien dentro de unas condiciones que, en realidad, son difíciles o incluso dañinas.
A mí me gusta mucho la viñeta que hice hace un tiempo que dice “lo inestable no eres tú, es la vida”
Cuidar la salud mental no debería consistir únicamente en enseñar a las personas a soportar mejor aquello que las está dañando, sino también en transformar las condiciones que generan y mantienen ese sufrimiento.
Cuando una persona empieza a sentirse desbordada o pierde la esperanza, ¿qué recursos, apoyos o pasos pueden marcar la diferencia?
El vínculo con otra persona puede ser reparador y esencial en esos momentos en los que la otra persona se siente desbordada o sin esperanza. El problema actual es que la soledad no deseada es un problema que nos atraviesa y que está generando mucho malestar.
El primer paso puede ser contarle a alguien de confianza cómo nos sentimos, aunque no sepamos explicarlo bien. Una amistad, un familiar, un docente, un compañero o un profesional pueden ayudarnos a tomar perspectiva. Hablar y sentirnos escuchados alivia. Pedir ayuda no siempre soluciona inmediatamente el problema, pero puede reducir el aislamiento y abrir nuevas posibilidades.
Por parte del entorno, es importante escuchar sin juzgar, no minimizar lo que la persona siente ni apresurarse a dar consejos. A veces, frases como «estoy aquí contigo», «gracias por contármelo» o «vamos a buscar ayuda juntos» son mucho más útiles que intentar convencerla de que debería sentirse de otra manera.
También puede marcar la diferencia recurrir a profesionales de la salud mental, atención primaria, orientación educativa o servicios sociales, dependiendo de las necesidades y circunstancias de cada persona. No todo el sufrimiento se resuelve de la misma forma: en ocasiones se necesita atención psicológica o psiquiátrica; en otras, apoyo económico, protección, descanso, compañía o ayuda para salir de una situación de violencia, acoso o precariedad.
¿Qué te gustaría que cambiara en nuestra forma de hablar sobre suicidio y salud mental?
Me gustaría que pudiéramos hablar del suicidio y de la salud mental con más naturalidad, responsabilidad y humanidad. Que dejáramos de movernos entre dos extremos: el silencio y la frivolización. No hablar no protege, pero hablar de cualquier manera tampoco.
Necesitamos abandonar los mensajes simplistas. El suicidio no responde a una única causa, no puede explicarse por una ruptura, una mala nota o un problema concreto, y tampoco es una decisión libre tomada en condiciones normales. Generalmente aparece en medio de un sufrimiento intenso y complejo, cuando la persona siente que sus alternativas se han reducido y que no existe otra salida.
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