Miguel Ángel López-Sáez: “La salud sexual: un derecho que se vuelve real cuando la persona puede ejercerlo un martes cualquiera" - Ahora
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Miguel López-Sáez, también conocido como Mikel, es doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente es profesor e investigador en el Departamento de Psicología de la Universidad Rey Juan Carlos, donde también dirige la Unidad de Diversidad. Su experiencia profesional se ha centrado en la intervención social con población infantil y adolescente, especialmente en ámbitos relacionados con el género, la diversidad afectivo-sexual, el estrés de minorías y la prevención y atención de las violencias sexuales y de género. En este contexto, ha trabajado en el diseño, desarrollo y evaluación de programas de sensibilización, formación e intervención social dirigidos a colectivos en situación de vulnerabilidad, profesionales y administraciones públicas. Es miembro de diversos grupos de investigación que abordan políticas de salud pública, infancias queer y epistemologías feministas. Además, participa activamente en redes activistas de denuncia y acción contra el acoso sexual y de género. Ha formado parte del Comité Asesor Externo que ha acompañado a Cruz Roja en el diseño de la Estrategia de Intervención en Salud Sexual de esta Organización.
El Ministerio de Sanidad acaba de publicar una nueva Encuesta Nacional de Salud Sexual. ¿Qué retrato ofrece de la sociedad española? ¿Cuáles diría que son las conclusiones más relevantes?
Más que una fotografía, la encuesta ofrece un álbum bastante amplio de la sociedad española. Y, como ocurre en cualquier álbum familiar, no todas las imágenes cuentan exactamente la misma historia. Uno de los cambios más claros aparece en las actitudes hacia la diversidad sexual. El 88,1 % considera que las relaciones entre dos mujeres o entre dos hombres son tan respetables como las heterosexuales. En 2009 ese porcentaje rondaba el 41 %. No es un cambio pequeño. Nos habla de una sociedad más plural y de la pérdida de fuerza de la heterosexualidad como único modelo imaginable de vida.
Hace unos días vi el tráiler de La bola negra, la nueva película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, que se estrenará en septiembre, y pensé en la historia que hay detrás de este cambio. A partir de una obra inacabada de Federico García Lorca, conecta las vidas de tres hombres gais en distintos momentos de nuestro pasado. La encuesta mide el presente, pero una película así puede recordarnos de dónde viene y cuántas vidas, luchas y cuidados quedaron fuera del relato oficial.
También me parece revelador que el 60,8 % rechace que sea necesario tener una vida sexual activa para ser feliz. Quizá estemos desprendiéndonos de otra obligación bastante pesada, la de parecer siempre deseantes y disponibles. La libertad sexual incluye poder tener relaciones, pero también poder no tenerlas sin que nadie piense que te falta una pieza.
La encuesta muestra además una distancia entre recibir información y poder cuidarse. Podemos vivir rodeados de contenidos sexuales y, aun así, no saber dónde realizar una prueba, cómo hablar con una pareja o a quién pedir ayuda. Tener Google en el bolsillo no equivale a disponer de una atención accesible y cercana.
Por eso evitaría convertir la encuesta en una nota que diga si aprobamos o suspendemos como sociedad. Resulta más interesante observar qué posibilidades se han abierto, cuáles continúan bloqueadas y para quiénes. Una media nacional puede ser tranquilizadora y, al mismo tiempo, esconder vidas bastante menos cómodas.
La encuesta refleja una sociedad más abierta y diversa, con una aceptación elevada de la diversidad sexual. Sin embargo, también pone de manifiesto que siguen existiendo situaciones relacionadas con la falta de consentimiento y las desigualdades en las relaciones sexuales. ¿Cómo conviven estos dos escenarios?
Conviven porque no son dos extremos del mismo termómetro. La aceptación de la diversidad sexual tiene que ver con las normas sociales y el reconocimiento de diferentes formas de vivir. El consentimiento se juega en la intimidad, atravesado por los aprendizajes de género, las relaciones de poder y unos guiones sexuales que llevamos décadas representando.
Incluso dentro de la diversidad aparece una pequeña paradoja. Un 10,5 % continúa rechazando las relaciones entre personas del mismo sexo y, entre quienes no se identifican como heterosexuales, un 17,7 % mantiene su orientación oculta ante todas o casi todas las personas de su entorno. La aceptación general no siempre se traduce en una vida cotidiana respirable.
Como psicólogo social, aquí hablaría del estrés de minorías. Las personas LGTBIQA+ no sufren mayor malestar por ser quienes son. El desgaste aparece cuando tienen que anticipar el rechazo, vigilar cómo hablan o visten, calcular si es seguro mostrarse u ocultar sus vínculos. La hostilidad no necesita producirse todos los días para afectar. A veces basta con saber que puede aparecer.
Pensaba en ello hace poco mientras veía Tip Toe, la serie de Russell T Davies. Cuenta muy bien cómo unos derechos aparentemente consolidados pueden erosionarse mediante bromas, discursos políticos, silencios y pequeñas autorizaciones sociales para despreciar. No es una serie ligera para ver con el ventilador y el gazpacho, aviso, pero recuerda que los derechos no avanzan por inercia y también pueden retroceder.
El consentimiento pertenece a otro plano. El 23,7 % continúa pensando que algunas personas necesitan que se insista para mantener relaciones sexuales y el 45,3 % considera que, una vez iniciado un encuentro, hay que llegar hasta el final si la otra persona lo desea. Además, el 28,1 % de las mujeres y el 12,8 % de los hombres afirman que alguna vez se les obligó a hacer algo que no querían.
Consentir no es firmar un contrato a la entrada de una habitación. Es una conversación que puede revisarse, detenerse o cambiar. También tiene que ser posible negarse sin miedo, sin culpa y sin pagar un coste emocional, económico o físico.
Aquí necesitamos acompañar especialmente a los hombres para cuestionar los mandatos de la masculinidad. Hay que desmontar la idea de que insistir es seducir, que tomar siempre la iniciativa demuestra virilidad o que el deseo de la otra persona es un acertijo que se resuelve presionando. El patriarcado, por desgracia, no se desinstala con una actualización del sistema.
¿Qué nos dicen estos resultados sobre los retos que aún tenemos pendientes en materia de educación sexual?
El respaldo social está bastante claro. El 91,1 % considera necesaria la educación sexual durante la enseñanza obligatoria. El reto es convertir ese consenso en una práctica continuada, porque todavía depende demasiado del territorio, del centro o de que haya alguna profesora especialmente comprometida. No puede limitarse a una charla un viernes a última hora y a cuatro diapositivas sobre infecciones.
Además, nos guste o no, la educación sexual ya está ocurriendo. Se produce a través de las amistades, las redes sociales, el porno, las series y los influencers. La pregunta no es si las personas jóvenes van a recibir información, sino quién se la proporciona y si contarán con espacios donde hablar sobre lo que ven, sienten o temen.
Me ocurrió algo bastante personal viendo Cochinas. La serie me recordó a cuando era adolescente y buscaba porno gay a escondidas en el videoclub de mi pueblo, Sarria. En parte acudí a ello porque no tenía información fiable ni un lugar donde preguntar cómo podía ser el sexo entre hombres. Aquel porno terminó ocupando el espacio que habían dejado vacío la familia, la escuela y los servicios de salud.
Por eso no me interesa abordar el porno únicamente desde el susto o la prohibición. El porno también enseña, pero enseña cuerpos, ritmos y relaciones de poder sin conversación, afectos ni contexto en muchas ocasiones. Hoy en día, hemos cambiado el VHS por el teléfono móvil, pero algunos silencios siguen ahí.
Una educación sexual integral tiene que acompañar a niños, niñas y niñes a lo largo de su desarrollo. Tiene que hablar de afectos, placer, diversidad sexual y familiar, realidades asexuales y arrománticas, consentimiento, relaciones digitales, porno y masculinidades. No basta con enseñar a decir "no o sí". También hay que aprender a preguntar, escuchar y aceptar un cambio de opinión.
Ese acompañamiento exige evitar las miradas adultocéntricas. A veces organizamos políticas para la infancia sin escuchar a las infancias. Hablamos muchísimo sobre ellas, pero bastante menos con ellas. Un programa puede quedar estupendo en un despacho y no servir absolutamente para nada en el pasillo de un instituto.
Y aquí no me andaría con demasiados rodeos. El llamado "pin parental" es un veto. Convierte un derecho del alumnado en algo sujeto a la autorización ideológica de cada familia. Presentar la censura como si fuera cuidado parental es una buena operación de marketing, pero una pésima idea educativa.
La infancia es sujeto de derechos, no una prolongación de las convicciones adultas. Ese veto perjudica especialmente a quienes no pueden hablar en casa sobre su orientación, su identidad, una situación de abuso o simplemente sobre lo que les está pasando. El silencio no es neutral y la ignorancia nunca ha protegido a nadie.
Escuchar tampoco significa renunciar a ser firmes. Podemos desmontar una idea machista u homófoba sin tratar a un chico de quince años como si fuera un ideólogo perfectamente terminado. Los discursos reaccionarios capturan a menudo malestares relacionados con la soledad, la precariedad o los mandatos de la masculinidad y ofrecen una salida basada en culpar a otras personas. La educación puede abrir otros lenguajes y otras maneras de habitar ese malestar. Tener razón no siempre transforma a nadie. La igualdad necesita convertirse también en una experiencia que toque el deseo de vivir de otra manera.
Uno de los mensajes que deja la encuesta es que hablar de salud sexual va mucho más allá de prevenir infecciones de transmisión sexual o embarazos no deseados. ¿Qué significa realmente hablar de salud sexual desde una perspectiva integral?
Significa dejar de tratar la sexualidad como un departamento de averías. La prevención es fundamental, pero la salud sexual también tiene que ver con el placer, la autonomía, los afectos, la identidad, la salud mental, el acceso a servicios y la posibilidad de vivir sin violencia, presiones ni discriminación.
La salud sexual tampoco se puede medir contando coitos como si lleváramos un reloj de actividad. Que el 60,8 % rechace que una vida sexual activa sea imprescindible para ser feliz me parece una noticia liberadora y espero nos ayude a reconocer las realidades asexuales y arrománticas.
La asexualidad se relaciona con la atracción sexual y el arromanticismo con la atracción romántica. Son dimensiones diferentes y ninguna constituye un trastorno. Una persona asexual puede tener o no relaciones sexuales y una persona arromántica puede construir intimidad, cuidados, amistades profundas o proyectos compartidos.
Desde una mirada integral, la pregunta no es cuánto sexo tiene una persona ni si encaja en el guion esperado. La pregunta es qué desea vivir, qué no desea y qué condiciones amplían o reducen su libertad.
Este verano estoy leyendo Foto por privado, de Simon Chevrier, y me parece que muestra muy bien esta idea. A través de Grindr, el trabajo sexual, la precariedad, la soledad y la memoria del sida, la novela conecta el deseo con el dinero, la vivienda, el duelo y la necesidad de ser reconocido. No es exactamente una lectura de evasión para la playa, pero deja pensando, que tampoco viene mal entre baño y baño.
La salud sexual no puede separarse de los ingresos, la vivienda, la situación administrativa, la discapacidad, el racismo o la edad. Tampoco de la posibilidad de acudir a un servicio sin recibir una mirada moralizante. Los cuerpos no flotan en el vacío, aunque algunos cuestionarios a veces lo intenten.
Desde su experiencia como investigador, ¿qué cambios sociales cree que marcarán la agenda de la salud sexual en los próximos años?
Veo al menos tres procesos conectados. El primero es la transformación tecnológica de la intimidad y de los cuidados. Las aplicaciones, el porno en internet y la inteligencia artificial están modificando el deseo, los vínculos, el consentimiento y también las violencias. Al mismo tiempo, la telemedicina, las pruebas que pueden hacerse en casa y los avances en prevención pueden facilitar el cuidado de la salud sexual.
Estas dos caras de la tecnología nos obligan a preguntarnos quién puede aprovechar realmente sus posibilidades. Si las innovaciones se diseñan pensando solo en personas con recursos, conocimientos digitales, tiempo, documentación y servicios cerca, acabarán ampliando las desigualdades que pretendían resolver. La cuestión no es celebrar o demonizar la tecnología, sino decidir al servicio de qué vidas queremos ponerla.
El segundo proceso tiene que ver con la legitimación de los discursos de odio, antigénero y contrarios a la diversidad. Necesitamos investigar el estrés de minorías, pero también transformar los contextos que lo producen. No tiene demasiado sentido ofrecer únicamente acompañamiento a quien sufre mientras dejamos intacto el entorno que le obliga a vivir siempre alerta.
Es algo que analizamos en el proyecto europeo CLICK, "Connecting Families, Educators and Policymakers to Combat Violence and Improve the Well-being of LGBTIQ Children through an Intersectional Approach", en el que participo como coinvestigador principal del equipo de la Universidad Rey Juan Carlos. La idea es conectar a jóvenes, familias, profesionales de la educación y responsables políticos para construir redes de acompañamiento que no dependan de la suerte.
En el estudio español de CLICK, el 67,5 % de las personas adolescentes participantes relató haber vivido violencia en el ámbito escolar, pero solo el 24,1 % acudió al profesorado. La muestra no es representativa del conjunto de la población, por lo que esas cifras describen a quienes participaron, pero revelan una brecha preocupante entre sufrir violencia y confiar en las instituciones. Cerrar esa brecha exige escuchar a las adolescencias y reconocer que también producen conocimiento sobre su propia vida. No podemos investigarlas como si fueran objetos muy interesantes colocados bajo una lupa.
El tercer proceso tiene que ver con la relación entre salud, vínculos y memoria. La Encuesta Nacional de Salud Sexual señala que el 62,3 % nunca se ha hecho una prueba del VIH y que solo el 11,4 % utilizó algún servicio de salud sexual durante el último año. No podemos leer esas cifras únicamente como falta de información o irresponsabilidad individual. También hay que preguntarse qué relación mantenemos con los servicios, cuánto pesan el miedo y el estigma y si existen espacios donde una persona pueda hablar de lo que le ocurre sin sentirse juzgada.
Tuve la suerte de ver La herencia, de Matthew López, en el Teatre Lliure cuando se estrenó. Salí pensando que la memoria también es una forma de cuidado. La obra conecta a una generación de hombres gais jóvenes con quienes sobrevivieron a la crisis del sida y muestra cómo aquellas pérdidas transformaron nuestra relación con el cuerpo, el sexo, el miedo y la comunidad. Ahora que llegará también a Madrid, la recomendaría porque ayuda a entender que la salud sexual actual no empieza de cero. Heredamos avances científicos y derechos, pero también silencios, duelos y maneras de protegernos.
Esa mirada histórica resulta útil para comprender algunas formas actuales de encuentro en las que se cruzan las aplicaciones, el consumo de sustancias, el placer, la soledad y la necesidad de pertenecer. Si las reducimos a una simple "conducta de riesgo", entenderemos muy poco y acompañaremos todavía peor. La respuesta necesita combinar reducción de daños, salud mental, vínculos comunitarios y servicios capaces de escuchar sin moralizar.
En el fondo, los tres procesos comparten una misma pregunta. Cómo ampliar las posibilidades de vivir, relacionarse y cuidarse sin dejar atrás a las mismas personas de siempre. Esa será, para mí, la verdadera medida de cualquier avance.
Usted ha formado parte del Comité Asesor Externo que ha acompañado a Cruz Roja en el diseño de la Estrategia de Intervención en Salud Sexual que acaba de aprobar la Organización. ¿Qué puede aportar esta iniciativa a la sociedad?
He participado como experto asesor en el Comité Asesor Externo y creo que el principal valor de la estrategia es ofrecer un marco común para acompañar la salud sexual desde una perspectiva integral y de derechos.
En este ámbito, intervenir no puede significar llegar desde fuera para corregir la vida de otra persona. Significa escuchar, facilitar recursos y retirar barreras. Nadie necesita que Cruz Roja le diga cómo tiene que vivir su sexualidad. Puede necesitar, en cambio, un espacio seguro, información comprensible, acceso a un servicio o alguien que permanezca a su lado sin juzgar.
La salud sexual ha aparecido muchas veces en la acción social disfrazada de folleto, preservativo y advertencia. Todo eso puede ser útil, pero se queda bastante corto. Una estrategia permite compartir criterios, formar a profesionales y voluntariado, conectar recursos y comprobar si las actuaciones mejoran realmente la vida de las personas. La intención es que no termine durmiendo estupendamente en una estantería.
Cruz Roja tiene además una enorme capacidad de proximidad. Está presente en territorios y contextos a los que los servicios especializados no siempre llegan, y acompaña a personas que pueden desconfiar de las instituciones porque anteriormente han sido juzgadas, discriminadas o directamente expulsadas de ellas.
El enfoque de derechos modifica la mirada. En lugar de preguntarnos qué problema tiene una persona o a qué "grupo de riesgo" pertenece, nos invita a conocer qué necesita, qué decisiones quiere tomar y qué barreras encuentra. La persona deja de ser un problema que gestionar y pasa a ser reconocida como alguien con autonomía, conocimientos, deseos y capacidad de decisión.
La estrategia se ha generado a partir de un proceso de investigación diagnóstica y planificación estratégica participativa muy amplio. ¿Qué destacaría de la metodología empleada y qué valor añadido aporta?
Destacaría que se haya escuchado antes de proponer. Parece obvio, pero no siempre sucede. A veces las instituciones llegan con la solución perfectamente redactada antes de haber entendido bien la pregunta.
Investigar exige prestar atención y suspender durante un momento las respuestas preparadas. La participación no consiste en invitar a muchas personas para que confirmen lo que ya estaba decidido. Tiene sentido cuando sus experiencias pueden modificar prioridades, lenguaje, acciones e indicadores.
El proceso ha combinado evidencia científica, experiencia profesional, conocimiento del territorio y participación de perfiles muy diferentes. Eso permite identificar necesidades, pero también reconocer recursos y prácticas que ya están funcionando. Muchas veces una estrategia empieza conectando y dando continuidad a cosas valiosas que ya ocurrían de manera dispersa.
Esta forma de trabajar facilita que el resultado sea reconocible y útil para quienes tendrán que llevarlo a la práctica. También reduce el riesgo de elaborar un documento impecable para un congreso e imposible de utilizar un lunes por la mañana. Participar no significa renunciar al rigor, sino ampliar el conocimiento y aceptar que una buena estrategia puede cambiar cuando se encuentra con la experiencia de las personas a las que quiere acompañar.
En el diseño de la Estrategia han participado miembros de la Organización, tanto voluntariado como personas trabajadoras, incluyendo personas expertas internas y externas de perfiles muy diversos. ¿Qué aval científico aporta esa pluralidad de miradas?
La pluralidad, por sí sola, no produce ciencia. Tener muchas sillas alrededor de una mesa no garantiza que se esté pensando mejor. El valor científico aparece cuando esas miradas se contrastan mediante una metodología clara, los desacuerdos se hacen visibles y cada perspectiva ayuda a detectar los puntos ciegos de las demás.
Las personas trabajadoras conocen la continuidad de los programas y las limitaciones institucionales. El voluntariado aporta proximidad y conocimiento del territorio. Las personas expertas internas conocen la cultura de Cruz Roja y las externas podemos ofrecer distancia crítica, evidencia comparada y preguntas que quizá desde dentro resulten menos visibles.
A estas miradas hay que sumar el conocimiento que nace de la experiencia vivida. No ocupa el lugar de la evidencia científica, pero tampoco es una anécdota prescindible. Permite comprender cómo se reciben los recursos, qué barreras aparecen y por qué una medida aparentemente accesible puede no serlo.
La salud sexual tiene dimensiones psicológicas, médicas, sociales, educativas, jurídicas y culturales. Si se observa únicamente desde la prevención biomédica, se pierden el deseo, el consentimiento y la discriminación. Si se mira solo desde lo psicológico, corremos el riesgo de individualizar problemas que se producen socialmente. En ciencia, el desacuerdo bien trabajado no es un estorbo. Es una herramienta bastante saludable.
Cruz Roja trabaja con personas que viven situaciones de especial vulnerabilidad. ¿Por qué es importante que una organización humanitaria disponga de una estrategia específica sobre salud sexual?
Porque la sexualidad no espera educadamente a que una persona resuelva primero la vivienda, los papeles, la discapacidad, la pobreza o una situación de violencia. Forma parte de la vida también durante las crisis, aunque con frecuencia las instituciones la traten como un lujo que ya abordaremos cuando todo lo demás esté solucionado.
Prefiero hablar de personas que viven situaciones de vulnerabilidad y no de personas vulnerables. La vulnerabilidad no es una esencia que alguien lleve puesta. Se produce cuando existen barreras económicas, jurídicas, sociales o culturales, cuando no hay servicios accesibles o cuando pedir ayuda implica exponerse a una nueva discriminación.
En salud sexual esas barreras pueden acumularse. Pensemos en una mujer migrante sin tarjeta sanitaria, una persona LGTBIQA+ que teme revelar su orientación, una persona con discapacidad a la que se niega capacidad para decidir o una persona mayor cuya sexualidad se vuelve invisible. Si cada contacto institucional obliga a explicar de nuevo la propia vida y a demostrar que se merece respeto, aparece otra forma de desgaste relacionada con el estrés de minorías.
Cruz Roja puede acompañar hacia los servicios, ofrecer información accesible, detectar violencias, sostener procesos y generar espacios de confianza. Su presencia territorial y su relación continuada con muchas comunidades le permiten llegar donde una campaña generalista difícilmente llega.
Acompañar no consiste en tutelar ni en decidir por nadie. Consiste en ofrecer opciones y permanecer cerca mientras la persona toma sus propias decisiones. Una organización humanitaria no puede hablar de dignidad dejando la sexualidad fuera. Las personas no son únicamente receptoras de ayuda, sino titulares de derechos y participantes en las decisiones que afectan a sus cuerpos y a sus vidas.
Al final, un derecho no se vuelve real porque aparezca muy bien escrito en un documento. Se vuelve real cuando una persona puede ejercerlo un martes cualquiera, sin miedo, sin pedir perdón y sin demostrar antes que encaja en la idea de normalidad de quien la atiende.
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