Odile Fernández: “El problema no es la exposición puntual a los disruptores endocrinos, sino su acumulación” - Ahora
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Odile Fernández es médica de familia especializada en nutrición. En 2010, con 32 años, superó un cáncer de ovario que cambió para siempre su forma de entender la salud y el cuidado del cuerpo. Su experiencia personal como paciente oncológica, sumada a su formación médica, la llevó a investigar en profundidad la relación entre la alimentación, los hábitos de vida y la salud, y a compartir esa información con rigor científico y lenguaje accesible. Es autora de libros como Mis recetas anticáncer, Hábitos que te salvarán la vida o El poder de la suplementación.
Has hecho hincapié en la importancia de los disruptores endocrinos. ¿Qué son y por qué pequeñas dosis cotidianas en nuestros hogares pueden alterar nuestra salud a largo plazo?
Los disruptores endocrinos son sustancias químicas que imitan, bloquean o alteran el funcionamiento de nuestras hormonas. El problema no es la exposición puntual, es la acumulación. Vivimos en un entorno donde el bisfenol del ticket de compra, el ftalato del plástico del tupper, el parabeno de la crema del baño y el pesticida de la fruta llegan todos al mismo tiempo y al mismo cuerpo. Ninguno solo es suficiente para causar un problema evidente, pero juntos crean lo que llamamos el efecto cóctel: una mezcla de señales hormonales falsas que el organismo no puede distinguir de las reales. Y lo que hace especialmente peligroso a este tema es que los efectos no son inmediatos. Se acumulan durante años, se expresan en alteraciones hormonales, problemas de fertilidad, obesidad, diabetes, y en algunos casos, cáncer. Nuestro sistema endocrino es extraordinariamente sensible, trabaja con concentraciones infinitesimales de hormonas, y por eso concentraciones igualmente pequeñas de disruptores pueden desestabilizarlo.
¿Qué cambios considera más urgentes para reducir esta carga tóxica a la que estamos expuestos en nuestras casas?
Empezaría por el plástico en la cocina, que es donde más control tenemos. Fuera el plástico en contacto con calor: no calentar comida en tápers de plástico, no usar botellas de plástico para el agua caliente, cambiar los utensilios de plástico por acero inoxidable o madera. El segundo cambio urgente es la cosmética y la higiene personal, porque lo que ponemos en la piel entra en el cuerpo. Elegir productos sin parabenos, sin fragancias sintéticas, sin ftalatos, sin lauril sulfato. Y el tercero es ventilar. Parece trivial pero la calidad del aire interior de nuestros hogares es muchas veces peor que la del exterior por los compuestos volátiles de pinturas, muebles, ambientadores y productos de limpieza. Abrir las ventanas diez minutos al día es gratis y marca diferencia. No hay que hacer todo a la vez, pero empezar por ahí da resultados reales sin coste excesivo.
En Cruz Roja vemos clara una relación directa entre el consumo de ultraprocesados y el nivel socioeconómico. ¿Cómo podemos ayudar a que las familias con menos recursos opten por una alimentación “real” cuando los productos insanos son, a menudo, los más económicos y accesibles?
Empezaría por el plástico en la cocina, que es donde más control tenemos. Fuera el plástico en contacto con calor: no calentar comida en tápers de plástico, no usar botellas de plástico para el agua caliente, cambiar los utensilios de plástico por acero inoxidable o madera. El segundo cambio urgente es la cosmética y la higiene personal, porque lo que ponemos en la piel entra en el cuerpo. Elegir productos sin parabenos, sin fragancias sintéticas, sin ftalatos, sin lauril sulfato. Y el tercero es ventilar. Parece trivial pero la calidad del aire interior de nuestros hogares es muchas veces peor que la del exterior por los compuestos volátiles de pinturas, muebles, ambientadores y productos de limpieza. Abrir las ventanas diez minutos al día es gratis y marca diferencia. No hay que hacer todo a la vez, pero empezar por ahí da resultados reales sin coste excesivo.
En tus libros hablas de la alimentación como medicina preventiva. ¿Cuáles serían los tres cambios imprescindibles y sencillos que cualquier persona podría aplicar hoy mismo en su despensa para mejorar la manera en que comemos?
Primero, sacar el aceite de girasol refinado y apostar por el aceite de oliva virgen extra. No hace falta más explicación, es el cambio con mayor retorno en salud por euro invertido. Segundo, revisar los cereales del desayuno y el pan de molde y cambiarlos por avena en copos o pan de centeno o masa madre real. Esos dos productos suelen ser las principales fuentes de azúcar oculto en la dieta española. Y tercero, añadir una legumbre a la semana. No cinco veces, una. Lenteja, garbanzo, judía. Eso solo ya cambia el perfil de fibra, proteína vegetal y microbiota de cualquier familia. Tres cambios, no veinte. Empezar por ahí y dejarlo asentado antes de dar el siguiente paso.
Tú superaste un cáncer de ovario y cuentas cuáles fueron tus “recetas anticáncer”, ¿en qué sentido te influyó a ti el tema de la alimentación?
Cuando me diagnosticaron pensé que había hecho todo bien. Luego empecé a investigar y entendí que durante años había estado expuesta a una serie de factores que favorecen un entorno inflamatorio sin saberlo. La alimentación fue la primera herramienta que tomé en mis manos porque era la que más podía controlar yo. No es que la comida me curara el cáncer, eso sería una mentira. Pero cambiar la forma de comer me devolvió la sensación de que podía hacer algo, de que no era una víctima pasiva. Y con el tiempo entendí que la alimentación anticáncer no es una dieta de privación, es una forma de comer que es además deliciosa, variada y sostenible. Ese fue el origen de mis libros: quería compartir lo que yo había aprendido de forma accesible para que cualquier persona pudiera aplicarlo sin necesidad de ser médica ni experta.
Los menores son especialmente vulnerables a los químicos presentes en plásticos y productos de higiene. ¿Qué consejos prácticos darías a los padres para crear un entorno más seguro y libre de tóxicos para sus hijos sin caer en el alarmismo?
Lo primero que digo siempre a los padres es que el objetivo no es la perfección sino reducir la carga total. No hace falta tirar todo a la vez. Empezaría por los chupetes y biberones, que sean sin BPA, aunque mejor de silicona o cristal. Segundo, los juguetes de plástico blando para los más pequeños, que son los que se llevan a la boca, verificar que tienen marca CE y evitar los de origen desconocido. Tercero, revisar el champú y el gel infantil, que suelen ser los más cargados de fragancias sintéticas, y cambiarlos por productos ecológicos certificados. Y el cuarto, que a veces se olvida, es la comida: en niños el contacto con pesticidas a través de la fruta y verdura convencional tiene un impacto mayor que en adultos porque su sistema está en desarrollo. Lavar bien, pelar cuando sea posible, y priorizar lo ecológico al menos en las frutas que comen con piel.
Más allá de, por ejemplo, las calorías, ¿en qué deberíamos fijarnos realmente al leer la etiqueta de un producto en el supermercado para detectar si estamos ante un ultraprocesado peligroso para nuestro equilibrio hormonal?
La regla más sencilla que uso yo es la de los cinco ingredientes. Si tiene más de cinco y alguno de ellos no reconoces o no tendrías en tu cocina, es un ultraprocesado. Pero para detectar específicamente los que alteran el sistema hormonal hay que buscar cuatro cosas. Primero, aceites vegetales refinados en los primeros puestos de la lista, sobre todo aceite de palma y aceite de girasol. Segundo, fragancias o aromas artificiales, que en los alimentos pueden esconder disruptores. Tercero, envase de plástico en contacto con productos ácidos o grasos, porque el ácido y la grasa facilitan la migración de disruptores del envase al alimento. Y cuarto, cualquier producto con una lista de ingredientes que ocupe más de dos líneas y donde aparezcan siglas E seguidas de números que no seas capaz de identificar. No todos los aditivos son peligrosos, pero cuando hay muchos juntos el efecto cóctel vuelve a aparecer.
¿Cómo beneficia a nuestra salud individual el consumo de productos de proximidad y temporada, y de qué forma ayuda esto a reducir nuestra exposición a pesticidas y disruptores?
Un tomate que viaja cuatro mil kilómetros necesita ser tratado con conservantes, pesticidas de cubierta y agentes de maduración artificial para llegar en buen estado. Un tomate de la huerta local de temporada no necesita nada de eso porque llega en dos días. La diferencia en carga química es enorme. Además, el alimento de proximidad suele tener más nutrientes porque se recolecta en su punto óptimo de madurez, no antes para aguantar el transporte. Y hay un efecto secundario positivo que se olvida: comprar de temporada y local es más barato. Una alcachofa en enero en España es ridículamente barata. Lo mismo el calabacín en verano o la naranja en invierno. La naturaleza tiene su propio calendario y cuando nos sincronizamos con él, comemos mejor, más barato y con menos tóxicos. Es uno de los pocos casos en los que lo que es bueno para la salud individual también lo es para el planeta y para la economía local.
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