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Irene Vallejo: “La literatura es un excelente ejercicio para desarrollar nuestro músculo de la empatía”
LA MIRADA DE
IRENE VALLEJO
“La literatura es un excelente ejercicio para desarrollar nuestro músculo de la empatía”
IRENE VALLEJO
27/10/2026
ESCRIT PER:
ENTREVISTA PER:
Silvia Llorente

Humanidad

27/10/2026
ESCRIT PER:
ENTREVISTA PER:
Silvia Llorente

Humanidad

Filóloga y escritora

Atraída desde la infancia por las leyendas de Grecia y Roma, Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) estudió Filología Clásica y obtuvo el doctorado europeo por las universidades de Zaragoza y Florencia. En las bibliotecas florentinas nació su ensayo El infinito en un junco (2019), que ha recibido una extraordinaria acogida entre crítica y lectores, convertido ya en un éxito internacional. Este año, ha recibido una de las prestigiosas Medallas de Oro de Cruz Roja por su defensa de la cultura, la empatía y las humanidades.

En un momento en que guerras, catástrofes y crisis humanitarias llegan a nuestras pantallas cada día, ¿puede la literatura ayudarnos a recuperar esa mirada humana sobre el otro?

La literatura es un excelente ejercicio para desarrollar nuestro músculo de la empatía. Leer nos enseña a ponernos en el lugar de otras mentes, otros cuerpos, otras miradas. Gracias a la lectura, hemos desarrollado una anomalía que el filósofo Richard Rorty llamó «ojos interiores». Descubrir a los personajes de una historia se parece a conocer a gente nueva, comprendiendo su carácter y sus razones. Cuanto más diferentes son esos personajes, más nos amplían el horizonte y enriquecen nuestro universo. A través de los libros, habitamos en la piel de otros, acariciamos sus cuerpos y nos hundimos en su mirada. Y, en un mundo narcisista y ególatra, lo mejor que le puede pasar a uno es ser todos.

Leer nunca ha sido una actividad solitaria, ni siquiera cuando la practicamos sin compañía en la intimidad de nuestro hogar. Es un acto colectivo que nos avecina a otras mentes. Por el camino del placer, sobre los abismos de las diferencias, la lectura ofrece puentes colgantes de palabras. El psicólogo Raymond Mar y su equipo de la Universidad de Toronto probaron en 2006 que las personas que leen son más empáticas que las no lectoras, especialmente las lectoras de obras literarias. Un grupo de estudiantes de Toronto debía elegir entre dos lecturas: un cuento de Chéjov —La dama del perrito— y otro texto que contaba exactamente la misma historia, pero en un lenguaje neutro, casi documental, sin las inflexiones propias del antiguo oficio de la narración. Quienes leyeron las palabras de Chéjov lograron mejores calificaciones en las escalas de empatía, especialmente aquellos que más se habían emocionado con el relato. La cualidad de saber ponerse en el lugar del otro y entrar en otras pieles influye en nuestra vida privada, en la convivencia cotidiana, en las habilidades sociales que desplegamos, y puede expandir sus consecuencias hasta la política internacional, la denuncia de las injusticias globales o la ética de las empresas. Tal vez por eso estoy convencida de que las escuelas, las bibliotecas y los clubes de lectura pueden ser consideradas armas de construcción masiva.

¿Qué papel pueden desempeñar los libros y la cultura para ayudarnos a entendernos mejor y a convivir de una manera más amable? 

En los mundos imaginarios nos encontramos, nos entendemos y aprendemos a colaborar. La filósofa estadounidense Martha Nussbaum, premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, afirma que la lectura forma parte de la preparación necesaria para vivir en democracia. Desde que los griegos lo ensayaron por primera vez hace milenios, este sistema es el más exigente y más asombroso que hemos intentado. Pretende crear una convivencia que no se sostenga por la fuerza, sino que se apoye en una delicada urdimbre de acuerdos y en una conversación incesante. Como nos recuerda Antonio Basanta, «de la palabra ‘lector’ deriva el término ‘elector’». Nuestras decisiones se sostienen en las letras, los discursos, el diálogo. Tal vez por eso llamamos parlamento al espacio de la palabra, el lugar donde se celebra esa sorprendente ceremonia que engendra los debates y las leyes.

En el compás cotidiano de la experiencia democrática, todos y cada una tomamos decisiones como votantes sobre asuntos que tendrán consecuencias cruciales en la vida de otras personas. En un texto titulado La crisis silenciosa, Nussbaum escribe: «La capacidad de imaginar la experiencia del otro debe enriquecerse y pulirse si queremos guardar alguna esperanza de sostener la dignidad de ciertas instituciones, a pesar de las abundantes divisiones que contienen todas las sociedades modernas». Cuanto más capaces seamos de colocarnos en la mirada ajena, más sólida será la democracia que edificamos. El ejercicio de volar nos une y nos fortalece.

En El infinito en un junco recorres miles de años de historia a través de algo aparentemente tan frágil como los libros. ¿Qué tienen las historias para haber acompañado a la humanidad en guerras, exilios y pérdidas, y por qué seguimos necesitándolas cuando atravesamos momentos de crisis?

Las historias sobrevivirán siempre porque nos ayudan a dar sentido a la experiencia. Durante mis años de colegio sufrí acoso escolar y, en esa etapa especialmente difícil de mi vida, las voces que me hablaban desde los libros fueron mi salvación. Me descubrieron que había otros lugares del mundo más amables, personajes y posadas más acogedoras. En sus páginas entendí que no merecía aquellos ataques, que no debía renunciar a ser quien soy. Creo que somos muchas las personas que hemos sentido que las historias, al sustituir el caos de la vida por el orden del relato, al hablar desde su tiempo al nuestro, nos ayuda a recuperar aliento y a imaginar el futuro sin fatalismo ni resignación.

Resquebrajar el silencio es liberador. En aquellos tiempos de acoso escolar, lo más terrible era el imperativo –que acepté durante mucho tiempo– de callar, de no contar mi versión, de avergonzarme ante la sola idea de pedir ayuda a los adultos. «Chivata» era el peor de los insultos en el patio del colegio. Gracias a la escritura conseguí quebrantar la fuerza pétrea de ese mandato, y la sensación de alivio y rescate fue rotunda, física. Creo que, en ese momento, decidí que quería contar precisamente aquello de lo que te prohíben hablar. Y me convertí en escritora, es decir, chivata profesional. Como dice Chantal Maillard, la existencia hiere. Las historias y la escritura restauran los cauces para comunicar tanto el dolor como la esperanza, rompen la espiral del silencio, nombran lo que otros quieren ocultar. Pueden ofrecer refugio y alivio, ayudan a sanar: reconocer la propia herida en palabras de otro es un bálsamo.

"LEER PUEDE SER UN ACTO DE RESISTENCIA EN UNA ÉPOCA INVADIDA POR LOS RELÁMPAGOS NERVIOSOS Y DESBOCADOS QUE NOS ATURDEN EN LA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN"
FotoCita

¿Qué lugar crees que ocupa hoy la lectura en una sociedad en la que cada vez competimos por nuestro tiempo con más formas de ocio y entretenimiento?

Los apasionados de la lectura nunca fuimos mayoría, pero siempre hemos sido los suficientes para abrir horizontes, arrojar luz y esperanza, y proteger el legado de los libros. En la actualidad se repite a menudo que cada vez leemos menos, pero yo pregunto: ¿menos que cuándo? Si retrocedemos en el tiempo un siglo o dos, nos encontramos un pasado en el que solo los privilegiados podían acceder a la educación y los libros. En la infancia de mis padres, sin ir más lejos, era impensable tener en casa una biblioteca personal. Mi hijo goza de más posibilidades de leer de las que tuvieron mis padres. No olvidemos ese gran logro que hemos construido: las bibliotecas, las pequeñas librerías, las escuelas y la alfabetización, las ediciones de bolsillo a precios asequibles. De hecho, en España, los datos revelan que, desde la pandemia ha aumentado el tiempo dedicado a la lectura y, felizmente, se han sumado nuevos lectores a esta gran aventura colectiva.

Hija de estos tiempos frenéticos y acelerados, nuestra imaginación está colonizada por la velocidad, lo inmediato, el estallido de las novedades que se multiplican y se devoran unas a otras. Vivimos deslumbrados por las conexiones instantáneas, los procesadores vertiginosos, el milagro de oprimir una tecla y comunicarnos de inmediato a través de inmensas distancias. Sin embargo, esa tecnología rápida y fabulosa fue concebida por una máquina que trabaja despacio: el cerebro. Las ideas que sustentan nuestra racionalidad necesitan tiempo, sigilo y sosiego para desarrollarse. Como escribió el historiador romano Tácito: «La verdad se robustece con la investigación y la dilación; la falsedad, con el apresuramiento y la incertidumbre». Obsesionados por la prisa, hemos arrinconado la educación de la paciencia, y los libros pueden ayudarnos en esa tarea. Leer no es tan pasivo como oír o ver; es recreación y efervescencia mental. En esta época acelerada, los libros emergen como aliados para recuperar el placer de la concentración, la intimidad y la serenidad. Por eso, leer puede ser un acto de resistencia en una época invadida por los relámpagos nerviosos y desbocados que nos aturden en la sociedad de la información.

¿Qué libro regalarías a alguien que necesite recuperar la esperanza?

En los últimos años, me ha interesado especialmente la efervescencia del ensayo escrito por mujeres. En Un paraíso en el infierno, Rebecca Solnit reflexiona sobre las reacciones humanas ante cataclismos como terremotos, inundaciones o huracanes. Solnit documenta un hecho inquietante: suelen cometer las acciones más terribles quienes están convencidos de que los demás van a comportarse despiadadamente y se plantean la disyuntiva entre devorar o ser devorados. Lo que creemos define nuestro comportamiento, el egoísmo por naturaleza actúa como coartada. El mensaje más poderoso del libro es, sin embargo, mucho más reconfortante: ante la catástrofe repentina, lo que abunda son las demostraciones de altruismo, ingenio y generosidad. Las investigaciones de la autora acerca de varios escenarios de desastre prueban que en absoluto predomina el ser humano egoísta, que sucumbe al pánico y vuelve a un estado violento y salvaje durante una hecatombe. La gran mayoría de la gente se comporta de manera altruista y se entrega inmediatamente al cuidado de sí misma y de quienes la rodean, sean vecinos, extraños o amigos y personas queridas. Es esperanzador recordar que tanta gente sabe estar a la altura y además ayuda con alegría. Los libros nos recuerdan que, a pesar de los conflictos y las heridas, a pesar de cataclismos y miedos, siempre podremos optar por la generosidad, la mirada abierta a los otros, la esperanza.

 

Fotos: Toni Galán / Laura C. Vela.

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