Marina Marroquí: “Es prácticamente imposible huir de las violencias que el machismo ejerce en nuestra sociedad” - Ahora
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Marina Marroquí es educadora social, ponente y una de las activistas más influyentes en la prevención de la violencia de género en España. Superviviente de maltrato en su adolescencia, ha transformado su vivencia en una herramienta pedagógica, y por ello desde hace 11 años lleva su experiencia a aulas, colegios e institutos. Autora del bestseller Eso no es amor, su labor se centra en desmantelar los nuevos códigos de machismo en redes sociales y videojuegos. Para frenar el retroceso que detecta en la juventud, dice, solo hay una solución posible: una educación afectivo-sexual real que fomente una mentalidad crítica.
La violencia de género sigue siendo, por desgracia, una realidad. ¿Cómo ves la situación actual en España en cuanto a conciencia social y herramientas para combatirla?
Llevábamos algunos años con avances, con visibilización... aunque no tanto con una solución real para las víctimas; el foco estaba en "visibiliza, denuncia", pero toda la reparación del daño nos quedaba aún como una tarea pendiente. Y, aun así, parecía que la línea estaba clara: "Si te pega, no te quiere".
Pero en los últimos cinco o seis años ha ganado muchísima fuerza volver a invisibilizar la violencia de género, volver a negarla y volver dejar a las víctimas totalmente desamparadas: ese discurso de que hay muchas denuncias falsas, de que "a los hombres también les pasa" o de que "esto no es cuestión de ser mujer", lo que hace es conseguir que la víctima se vea mucho más indefensa socialmente y, por lo tanto, no hable y no pida ayuda.
Estamos viendo un retroceso, sobre todo con la juventud; una normalización de la violencia sexual de forma brutal que conlleva también esa violencia de género dentro de la pareja con roles mucho más violentos, y agresivos por parte de ellos, y de sumisión, por parte de ellas. Por ejemplo, hay algo en lo que lo veo muy claro: cuando doy conferencias con adolescentes, hay un momento en el que les pregunto: "¿Qué tiene que pasar para que tú rompas una relación de forma radical?”. En los últimos 11 años las respuestas eran iguales: “Si te pone los cuernos" o "Si te pega". Sin embargo, llevo unos meses en los que la respuesta se ha transformado a “si te pega una paliza".
Al principio te choca, pero luego te llama la atención ese cambio de "si te pega una bofetada" a "si te pega una paliza". Y, cuando preguntas, a veces la contestación es “y si el tío está bueno, la bofetada se la perdono”. Estas son frases de vídeos que les están saliendo muchísimo a las niñas en Tik Tok. Pensábamos que, como sociedad, ya había una línea incontestable, pero no nos equivoquemos: nos estamos descuidando y se está diluyendo.
Después de tantos años trabajando en prevención y educación, especialmente con jóvenes, ¿qué avances destacarías y qué retrocesos te preocupan más?
La adolescencia es lo que ha sido siempre: el reflejo más crudo y transparente de la sociedad en la que vivimos. Sinceramente, creo que no hay avances a destacar porque no se está legislando. Seguimos a día de hoy sin una asignatura de igualdad, sin educación afectivo-sexual, sin formación a docentes... Estamos con equipos psicopedagógicos totalmente precarios y una falta de profesionales multidisciplinares y pidiendo a la adolescencia que solucione un problema para el que no tiene herramientas.
En cuanto a los avances, destacaría que la generación joven tiene unas herramientas brutales, con un tipo de razonamiento y una creatividad inmensa. Yo paso solo dos horas y media en sus vidas y, sin embargo, los chavales que entran y los que salen del taller son absolutamente otros. Es increíble cómo se cuestionan, cómo reflexionan, cómo interiorizan y cómo cambian. Y ahí es donde pienso: "Si yo solo tengo dos horas con ellos y ellas, ¿qué no se podría hacer con una asignatura, con herramientas prácticas o con formación a familias?".
En tus talleres con adolescentes, ¿qué señales te muestran que el machismo sigue muy presente en las nuevas generaciones?
Hay muchísimas. Yo noté un cambio muy drástico de pre-COVID a post-COVID. Mi taller es un monólogo de dos horas y media en el que cuento mi historia y, antes del COVID, lo habitual era que al terminar se formara una cola únicamente de chicas llorando, esperando para contarme lo que habían vivido o para abrazarme. Las frases eran: "Es que yo también tenía un novio celoso", "es que mi novio no me deja quedar con mis amigas" o "ya no me puedo poner esa ropa". Hace años que no lo escucho.
Ahora, la que tiene un novio celoso que le dice que se quite el escote parece que tenga suerte. Lo que escucho ahora es: "Necesito explicarle a mi novio que no me ahogue tanto, porque el otro día casi pierdo el conocimiento y me asusté", o "es que para seguir con él me tengo que acostar con sus amigos", o "el otro día cogió unas tijeras y rompió toda la ropa que no le gustaba de mi armario". El escalón de violencia ha sido tan radical que llevo cinco años sin escuchar lo de “mi novio es celoso”.
En los chicos también ha habido un cambio muy potente. Antes ellos no hacían cola. Al final del taller me decían desde lejos que les había gustado, pero comprendían que ese espacio de desahogo lo necesitaban ellas; no necesitaban ser los protagonistas. Eso a mí me fascinaba.
Sin embargo, al volver del COVID, desde el primer taller que pude dar en un teatro, las colas empezaron a ser prácticamente mixtas (40-60). Los chicos ahora sí hacen cola, pero la hacen para decir frases como: "Marina, ¿yo cómo sé si violo? Es que creo que no sé diferenciarlo". O frases como: "Es que yo soy muy buena persona, pero si no la cojo del cuello, le tiro del pelo o la insulto, no puedo terminar, se me baja". Frases que evidencian la cantidad de violencia que están ejerciendo a nivel sexual y de pareja.
Viven en una dicotomía: creen que pueden ser hombres maravillosos y, a la vez, pegar palizas en el sexo. Y eso no es real. Esa superioridad en la relación permanece. Aunque han acotado la violencia física a la sexual, la jerárquica y la simbólica forma parte de todo. No pueden tener relaciones igualitarias.
No digo que antes lo estuviéramos conseguido por completo, pero estábamos muy cerca.
¿A qué achacas este cambio tan drástico?
Es un cambio mundial y es una respuesta clara a los avances de 2018. Al final, este retroceso, este ataque a nuestro avance, lo estábamos esperando; lo que sí es cierto que esperábamos algo más frontal, más directo. Pero lo que está pasando es que se está pornificando la cultura, la tecnología… se ha introducido en esta nueva generación unas creencias muy peligrosas basadas en la normalización de la violencia, en la violencia entendida como ocio y diversión.
Ellos aprenden que con 8, 9, o 10 años, cuando enchufan la consola y se ponen el GTA a las mujeres se las viola, se les paga y se les pega (y si las matas después tienes beneficios extra). Y ellas leen Wattpad o ven películas como 365. También se está normalizando el porno violento y sádico a edades muy tempranas; se está consiguiendo que se erotice la violencia y no se conozca otra manera de mostrar sentimientos. Es algo que aún no podemos medir como sociedad: el peligro que esto va a conllevar.
Has insistido muchas veces en que la educación afectivo-sexual es la herramienta más poderosa para prevenir la violencia. ¿Por qué sigue siendo una asignatura pendiente?
El mayor antídoto es despertar una mentalidad crítica: hacerles conscientes de la desigualdad en la que nos educamos y ubicarlos en el mundo. Creo que ese individualismo actual lo que consigue es que nadie crea que puede hacer del mundo un lugar mejor.
Hace unas semanas me pasó algo que me generó muchísimo dolor y me desanimó. Este año estoy haciendo mis monólogos de forma benéfica en los municipios afectados por la DANA, porque toda la inversión va a ir a reconstruir las ciudades y no me parece justo que estas generaciones se queden sin materia de igualdad; luego vienen los efectos secundarios de haber puesto todo el foco en un solo punto. Para intentar paliar esto, doy el taller allí sin teatro, sin medios... en el gimnasio del instituto.
Antes de mi charla había una clase de teatro. Estaban haciendo una actividad de preguntas: si la respuesta era "sí", te movías por el espacio; si era "no", te quedabas quieto. Eran preguntas aleatorias: "¿Has nacido en Valencia?", "¿Tienes hermanos?", "¿Has bailado esta semana?". De repente, la profesora lanzó una pregunta: "¿Tú crees que puedes hacer un mundo mejor?". No se movió nadie. Todos se quedaron quietos. Me acuerdo de la mirada que nos dirigimos la profesora y yo pensando "hay toda una generación que cree que no puede cambiar nada". Si le quitamos a la adolescencia esa energía de cambio, esa capacidad de creer que pueden solucionar los problemas del mundo, ¿qué nos queda?
Las asignaturas, tanto la de igualdad como la de educación afectivo-sexual, lo que hacen es despertar esa mentalidad crítica. Que se cuestionen, que piensen y que vean que hay desigualdad; que las mujeres sufrimos en el mundo. Y que entiendan que esa desigualdad les va a atravesar a ellos también: también te pueden tratar mal por tu color de piel, por tu apellido o por tu orientación sexual. Es prácticamente imposible huir de las violencias que el machismo ejerce en nuestra sociedad. Tienes que hacerles parte del cambio porque, si no, son parte del problema. Esa es una creencia que nuestra generación tuvo muy clara y que esta nueva ha perdido.
¿Qué mensaje te gustaría que recibiera la juventud sobre el amor, los celos y el control?
Lo mejor es generar mensajes en su idioma, desde su realidad y con su lenguaje. Tienes que estar hiperactualizado. No puede ser que, si trabajas con adolescentes o tienes adolescentes en casa, no sepas lo que es la "zapatería" del GTA, lo que es "perder el bloque" o cómo termina la canción "qué bonitos ojos tienes". No te lo puedes permitir. Es fundamental estar al día para generar contenido basado en su realidad y su idioma.
Creo que esas conferencias de subirte a un pedestal y dar lecciones magistrales a la adolescencia no funcionan. Ellos tienen más información de la que tú manejas. La cuestión ahora no es tanto el "qué", sino el "cómo". Cómo tienes que pensar, cómo te tienes que cuestionar y qué precio pagas por todo eso que te dicen que es gratis. Despertar esa mentalidad crítica es el objetivo principal de mis formaciones.
¿Qué estrategias propondrías para que familias y centros educativos puedan detectar y actuar ante una relación de control o maltrato en adolescentes?
Lo primero es que la legislación tiene que actualizarse a la problemática de la adolescencia. No podemos tener equipos psicopedagógicos con solo dos profesionales para 400 alumnos, sin educadores o trabajadores sociales. Necesitamos equipos multidisciplinares especializados en las diferentes problemáticas de la adolescencia: no es lo mismo la orientación laboral que un abuso sexual infantil.
Necesitamos recursos reales, materiales para el profesorado y formación para las familias. Estas deben volver a introducirse en el sistema educativo como un agente activo. En las últimas décadas se ha separado mucho el término "familia" del término "instituto"; quizá en infantil y primaria están más unidos, pero luego hay una desvinculación muy grande.
Siempre se dice que los hijos no vienen con un libro bajo el brazo, pero somos la generación más formada de la historia. Hay profesionales y libros para todo: ahora nos toca actualizarnos, formarnos y entender para educar.
¿Qué importancia tiene el acompañamiento comunitario (amigas, redes, asociaciones) en el proceso de salir de la violencia?
Creo que gran parte de los problemas que estamos teniendo hoy en día con la adolescencia (y no hablo solo de la pornografía, sino de adicciones o falta de relaciones sociales) se debe a cómo se ha deteriorado, hasta casi desaparecer, el asociacionismo, el ocio saludable y toda la inversión en ello.
Yo soy "carne de centro juvenil". En mi adolescencia me crié en uno. Recuerdo que en Elche existía el Espai Actiu (Espacio Activo), un edificio de cuatro plantas que abría los fines de semana hasta las tres de la mañana. Allí se hacía de todo: desde submarinismo hasta salsa pasando por talleres para hacer bolsos. Me llevo diez años con mi hermana y allí íbamos las dos, yo con 14 y ella con 24.
Les decimos a los jóvenes: "Es que estás todo el día con las pantallas". Vale, pero ¿qué opciones les damos? En este sistema, ¿con qué cara voy a reprocharle a una familia que su hijo vea cuatro horas de televisión si los padres vuelven de trabajar a las diez de la noche? El sistema no te da ni tiempo ni recursos para educar de la forma que te está exigiendo.
Cuando yo era pequeña, en cada barrio había un centro juvenil con un futbolín, una PlayStation y, sobre todo, un animador sociocultural que redirigía, se responsabilizaba y daba valores a todo ese ocio. Todo eso ha desaparecido. Han dejado morir el asociacionismo. Lo vaciaron de recursos hasta que lo vaciaron de sentido, y ahora estamos pagando el precio de ello.
Los chavales alucinan cuando les digo: "¿Sabéis que cuando yo iba al instituto en cada pasillo había peceras llenas de condones?". Los cogían a puñados. Hoy les parece impensable que eso pueda suceder. Machado decía que "no se debe confundir lo actual con lo moderno", y creo que estamos en esa era: les están vendiendo cosas como "actuales" que son muy poco modernas.
¿Qué te da esperanza cuando miras hacia el futuro del feminismo y la igualdad?
Me da esperanza cada taller que realizo; por eso los sigo haciendo 11 años después. Esos momentos en los que los chicos se levantan y me dicen “me acabo de dar cuenta de que pensaba que la única manera de que me respetaran era pegando un puñetazo, y me niego a formar parte de eso". Me da esperanza ver cómo se les cambia la cara al ver el dolor de ellas. Nuestra gran tarea es generar esa empatía en los hombres; que les duela nuestro dolor y no quieran formar parte de ello.
Cada taller me da esperanza, alegría y abrazos para poder seguir. Esta generación tiene unas herramientas brutales que no estamos aprovechando. Pero, si no fuera optimista, no haría 500 kilómetros al día para dar estos talleres. Eso lo tengo clarísimo.
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