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Ignacio Pérez-Soba: “Solo con un fuerte sector profesional forestal podremos tener incendios más débiles”
LA MIRADA DE
IGNACIO PÉREZ-SOBA
“Solo con un fuerte sector profesional forestal podremos tener incendios más débiles”
IGNACIO PÉREZ-SOBA
01/07/2026
ESCRITO POR:
ENTREVISTA POR:
Silvia Llorente

Humanidad

Imparcialidad

01/07/2026
ESCRITO POR:
ENTREVISTA POR:
Silvia Llorente

Humanidad

Imparcialidad

Doctor ingeniero de montes y divulgador

Ignacio Pérez-Soba Diez del Corral (Lérida, 1972) es doctor ingeniero de Montes, decano del Colegio de Ingenieros de Montes en Aragón, académico de la Real Academia de Ciencias de Zaragoza y una de las voces más conocidas de la ingeniería de montes en España. Con una amplia trayectoria tanto en la divulgación científica como en la gestión pública en Aragón, en esta entrevista desgrana por qué la gestión forestal es nuestra mejor herramienta de conservación y analiza la peligrosa desconexión entre la población urbana y la realidad de nuestros montes. Hoy miramos el bosque con otros ojos. 

¿Cuáles son los mitos más comunes sobre los incendios intencionados y qué nos dicen los datos reales? 

En primer lugar, hay dos frecuentes e importantes confusiones terminológicas. La primera es que el ciudadano medio confunde con mucha facilidad “incendio de causa humana” con “incendio intencionado”. No todos los incendios causados por el hombre son intencionados: pueden deberse a accidente o negligencia, sin intención de provocarlos. Y la segunda, que dentro de los incendios intencionados se abusa con mucha frecuencia del término “pirómano”. Un pirómano es una persona que sufre un trastorno psiquiátrico por el que no controla sus impulsos de provocar incendios o disfrutar con ellos. Pero una persona que, por ejemplo, prende fuego al monte para regenerar los pastos no es un pirómano, sino un incendiario. Dicho de otra manera, todos los pirómanos son incendiarios, pero muy pocos incendiarios son pirómanos.  

Por otro lado, hay unas creencias arraigadas en la opinión pública, sobre todo en la población urbana, según las cuales los incendios están relacionados con la urbanización, las energías renovables o las minas de tierras raras. Afortunadamente, en España la investigación sobre las causas de los incendios está muy desarrollada y profesionalizada, lo que nos permite afirmar sin duda alguna que esas causas míticas son rigurosamente falsas. Por ejemplo, el cambio de uso del suelo quemado está estrictamente prohibido por ley, con lo cual un incendio sería contraproducente con este fin. Entonces, ¿por qué surgen estos mitos? Porque la sociedad urbana desconoce la realidad de la sociedad rural. 

Los incendios forestales son fenómenos fundamentalmente rurales y que por tanto responden muchas veces a causas rurales: desde quemas agrícolas o ganaderas hasta las chispas de la maquinaria agrícola, en particular en la cosecha de cereal. Esas son en España las causas reales de la gran mayoría de incendios de origen humano y están muy bien estudiadas. Es muy malo que se crea en causas míticas porque a veces se toman decisiones legislativas basadas en esas falsedades, y que, por tanto, resultan inútiles o incluso contraproducentes.  

¿Por qué la mayoría de los fuegos intencionados nacen de quemas agrícolas o de pastos? 

Desde el punto de vista de incendios intencionados hay en España en dos zonas muy diferenciadas. El noroeste (es decir, Galicia, Asturias y Cantabria y el oeste de León) tiene una frecuencia de incendios intencionados muy superior al resto de España. ¿Por qué? Porque tradicionalmente allí el uso del fuego en el medio rural era frecuentísimo en tiempos pasados. Llovía mucho, surgía más vegetación y las quemas parecían ofrecer menos riesgos: se utilizaban para regenerar pastos, quemar rastrojos, mover la caza… para todo. Eso hoy ya no se puede hacer con seguridad ni está permitido por las leyes, pero la costumbre sigue existiendo. Además, esa familiaridad tan cercana con el fuego como herramienta hace que se piense en él también para cometer delitos o actos vandálicos.  Por otro lado, está el resto de España, donde casi el 70% de los incendios intencionados se deben a quemas ilegales agrícolas o para regenerar pastos. Hay personas que, en lugar de seguir las normas para el uso del fuego, por lo que sea, prefieren usarlo ilegalmente.  

Ahora bien, en la España despoblada hay muchos menos incendios intencionados que en el resto. Pesan más las causas naturales, como los rayos, o las negligencias, como personas que realizan quemas legales, pero no las vigilan bien, entre otras cosas, porque la población está envejecida.  

¿Entonces muchos incendios se provocan para regenerar los pastos?  

Las zonas de pastos sufren actualmente el fenómeno de la llamada “matorralización”. Si un pastizal se abandona, o se pasta muy poco, empieza a poblarse de arbustos, y la calidad y cantidad del pasto disminuye. Eso se puede revertir mediante trituración del matorral con un tractor forestal o, de una manera mucho más barata, y también mucho más peligrosa, con el uso del fuego.  

Tenemos que ayudar a que haya un cambio cultural en las zonas rurales del noroeste; ayudarles a manejar la vegetación de otra manera, o hacer el uso de quemas prescritas en determinadas épocas con una mayor seguridad. Fue muy interesante el “Plan 42”, un programa piloto que, hace ya años (terminó en 2018), la Junta de Castilla y León hizo para promover ese cambio cultural en la comarca del Bierzo. No se trata de castigar, sino de resolver un problema, y hacerlo de la manera menos coercitiva posible: identificar, en esas zonas del noroeste de España, las verdaderas causas humanas, tanto intencionales como negligentes, para ponerles soluciones que no sean solo penales. Y si después de iniciativas así, hay personas que aún siguen utilizando el fuego de manera ilegal, que reciban el castigo merecido por ello. 

Solemos oír que “los incendios se apagan en invierno limpiando el monte”. ¿Es esto real o el problema es más complejo? 

El problema es más complejo. La expresión “limpiar el monte” tiene mucho éxito en los medios de comunicación, incluso entre la clase política, pero a mi parecer resulta simplista y muy imprecisa desde la perspectiva de la ingeniería de montes. La vegetación no es solo combustible, sino un elemento estructural de los ecosistemas forestales, que es clave para la fauna, la flora, la regulación del ciclo hidrológico… En rigor sólo podemos hablar de “limpiar” un monte cuando de verdad está sucio, es decir, si tiene basura. Si lo que le pasa es que tiene mucha vegetación forestal, lo que necesita no es “limpieza”, sino gestión. 

Y es que de lo que tenemos que hablar es de gestión forestal, del reto siempre difícil al que diariamente nos enfrentamos los ingenieros de montes: entender los procesos naturales y saber manejarlos para responder a las necesidades humanas. No se trata de tener los montes como si fueran parques urbanos, sino de aplicar lo que en ingeniería de montes llamamos “selvicultura multifuncional”: tratamientos tales como cortas de arbolado o podas, que modulan la estructura de la vegetación y a la vez mejoran los ecosistemas. 

Un claro ejemplo son las cortas de mejora en las masas arboladas. Un bosque demasiado denso, lleno de árboles de muy poca vitalidad que están “peleando” por los recursos con los árboles “mejores” (los que llamamos de porvenir), es muy vulnerable al incendio, y también a la sequía o a las plagas. Pues si cortamos esos árboles casi moribundos y sin porvenir, estaremos imitando de forma optimizada los procesos naturales de muerte del arbolado, y lograremos muchos efectos beneficiosos: si hay incendio, habrá menos combustible y será menos probable que el fuego suba a las copas, y a la vez la masa tras la corta estará formada por los árboles mejores (que además ya no tienen que “pelear” por recursos escasos), por lo que será mucho más potente y sana. Y además, habremos producido madera, que vale un dinero. Todo es bueno.  

Por eso la selvicultura multifuncional es una herramienta imprescindible para transitar de un modelo reactivo que está centrado en la extinción, a otro de largo alcance en el que el territorio se planifica para convivir con el fuego.  

¿En qué punto está la gestión forestal actual y cómo podría mejorarse? 

El mensaje vital que debe calar en la sociedad es que solo con un fuerte sector profesional forestal podremos tener incendios más débiles. Los incendios forestales no son un desastre natural inevitable, sino un problema socioecológico (ecológico, pero también social) complejo cuya solución pasa necesariamente por una política forestal que sea considerada de forma permanente como una parte fundamental de la actuación de cualquier gobierno, de cualquier color político. 

Sin embargo, en las últimas décadas se ha producido lo contrario: una desconexión entre la sociedad española y sus montes. La población urbana, que representa la inmensa mayoría en España (un 80% y va camino del 90%) ejerce una influencia decisiva a través de la opinión pública y las redes sociales, y tiene un desconocimiento casi completo de las ciencias forestales. Es más: ve el monte como un espacio estático virgen que no debe tocarse, y percibe cualquier corta de madera como una agresión a la naturaleza. E insisto en que no es así: en realidad, los montes son ecosistemas dinámicos que llevan siendo alterados por el hombre en España desde hace milenios. Si nosotros no intervenimos mediante una gestión ordenada será la naturaleza la que lo haga, a través de perturbaciones violentas, porque esos son los sistemas naturales de renovación.  

Por eso, como seres humanos, tenemos una doble responsabilidad: primero, reparar los daños que históricamente hemos causado, como especie, a la naturaleza; y segundo, utilizar nuestra ciencia, nuestra inteligencia, para acelerar y mejorar los procesos naturales de una naturaleza herida. La sociedad urbana tiene que entender que las cortas de madera bien planificadas y bien realizadas, como demuestra nuestra experiencia como profesión de ingeniero de montes desde hace casi 180 años, son muy buenas no solo para prevenir incendios forestales, sino para la mejora de los ecosistemas y para la economía rural. Los árboles no nos tienen que impedir ver el bosque: la madera ha de ser el material del futuro.

¿Cómo está afectando el cambio climático a toda esta situación?  

El cambio climático en España está afectando negativamente, pero no se puede utilizar como excusa o carta blanca. De hecho, los indicadores principales sobre incendios han ido mejorando en España a partir de 1995-2000, a pesar de que es el momento en el que empieza a notarse cada vez más el aumento de la temperatura media. ¿Por qué? Porque mejoraron mucho los sistemas de extinción. 

Pero ahora los sistemas de extinción están alcanzando su máximo de efectividad, y al mismo tiempo el cambio climático está generando nuevas dificultades que no se limitan sólo al incremento de la temperatura media. Nos encontramos con circunstancias que antes eran poco frecuentes y que cada vez lo son más: por ejemplo, lo que en meteorología aplicada a incendios se llaman “patrones sinópticos adversos”, es decir, un conjunto de situaciones meteorológicas críticas. En la Península Ibérica, en el verano de 2025, fue la presencia, en la zona oeste y noroeste (que habitualmente tiene humedad incluso en verano) de masas de aire muy cálido y seco durante 24 horas y muchos días seguidos.  

También es muy negativa la desaparición de lo que llamamos la “ventana nocturna”, la oportunidad que nos ofrece la noche para frenar el fuego al disminuir las temperaturas y cambiar los vientos locales. En esas situaciones meteorológicas críticas, las temperaturas se mantienen elevadas durante las 24 horas y los vientos ya no cambian de manera apreciable, o cambian mucho más por efecto del incendio que por el cambio del día a la noche. 

Por último, estas situaciones críticas afectan a grandes áreas, lo que favorece que haya múltiples incendios simultáneos, colapsando los sistemas de emergencia autonómicos, que no pueden estar dimensionados para esas magnitudes. Esto nos obliga a pensar en una estrategia nacional: hay 18 sistemas de extinción (17 Comunidades Autónomas y la Administración del Estado), y resulta preciso que actúen con una visión global del territorio nacional en los momentos en los que en determinadas zonas se requiera un sistema de emergencia duplicado o triplicado al normal. 

"DEBERÍA INCLUIRSE LA EDUCACIÓN FORESTAL EN TODOS LOS ÁMBITOS DEL SISTEMA EDUCATIVO"
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¿De qué manera el abandono de los pueblos y el envejecimiento rural ayudan a que los incendios sean más destructivos? 

El problema no es tanto la despoblación rural, sino el abandono total del monte, la desvinculación cultural entre la sociedad española y el monte. Supongamos que ahora se llenan los pueblos pequeños de teletrabajadores de multinacionales nórdicas, por ejemplo. Sería muy bueno para los ingresos del IBI o el Impuesto de Actividades Económicos de los ayuntamientos, pero desde el punto de los incendios no cambiaría nada. Estas personas seguirían desvinculadas del monte, es más, probablemente la desvinculación iría a peor.  

Es muy significativo que haya zonas con mucha despoblación rural, como Soria, que tienen los mejores indicadores sobre incendios forestales de España. ¿Por qué? Porque han sabido mantener viva la tradición de la gestión forestal, actualizándola demás con iniciativas originales e innovadoras. Han sabido continuar y mejorar una asentada tradición de aprovechamiento de madera y de todos los demás productos forestales (pastos, setas, caza…), y mantener una actividad económica forestal muy importante.  

Se dice mucho que las cuadrillas de prevención tienen que estar presentes todo el año, y es cierto, pero eso es una visión muy miope. En lo que debemos esforzarnos es en mantener todo el sector forestal activo, fuerte e implicado durante todo el año, todos los años, en todo lo relacionado con el monte. Hay que hacer mucho más: hay que tener los montes con buenos accesos y buenas pistas, con su proyecto de ordenación forestal aprobado y aplicado, potenciar el aprovechamiento de productos forestales (sobre todo madera), porque incrementará su valor… Esa vitalidad hará que tengamos a más profesionales de todo tipo trabajando en el monte, y que los jóvenes piensen que ser profesionales forestales, de cualquier tipo, es un modo de vida feliz, importante, digno y de futuro. 

Lo que se necesita es revitalizar un sector que lleva 40 años, si no más, en situación de enorme debilidad. Y debe ser una apuesta de nación, una parte fundamental de la política nacional.  

Desde el punto de vista social, ¿falta cultura forestal y educación en emergencias entre la ciudadanía?  

Efectivamente, España es un país objetivamente muy forestal gracias al trabajo de la ingeniería de montes en nuestro país desde hace casi 180 años… pero la cultura española aún dista mucho de ser forestal.  

Es una pena que los libros de texto de educación primaria o secundaria estén llenos de prejuicios contra el aprovechamiento de la madera. Que en los dibujos animados siempre sean los malos los que llevan bulldozers o motosierras, cuando son de las mejores herramientas que tenemos para la extinción de un incendio, y resultan imprescindibles para gestionar adecuadamente las masas forestales, renovarlas y mejorarlas. Creo que debería incluirse la educación forestal en todos los ámbitos del sistema educativo: ahí tenemos una misión importantísima.  

Otra es la mejora del papel de los medios de comunicación y redes sociales. Nos encontramos ante una evidente falta de especialización técnica de muchas personas que escriben o hablan en estos espacios. En el verano de 2025 ha habido en gran medida una repercusión mediática alarmista, llena de tópicos simplistas y de explicaciones conspiranoicas rotundamente falsas, pero emocionalmente satisfactorias y muy sencillas de entender por el ciudadano urbano.   

Por tanto, hay muchísimo margen de mejora. Deberíamos centrarnos en que la sociedad redescubra sus montes y valore los productos forestales. Como decía, si la sociedad entiende que toda actividad económica relacionada con el medio forestal (la madera, el papel, el cartón, las setas, la caza, la pesca fluvial…) es algo positivo también desde el punto de vista ecológico, habremos dado un paso muy importante.  

Una vez que el fuego se apaga y con él los focos, ¿cómo se debe recuperar un monte quemado sin cometer errores? 

La restauración de los incendios es otro de los retos importantes que tenemos por delante. Requiere, como toda actuación en el monte, observar cuidadosamente la situación, tener paciencia y aplicar un programa a medio plazo. Y esto muchas veces no sucede. 

Los políticos acuden al incendio cuando aún está activo o recién extinguido, y prometen una cantidad enorme de dinero para su restauración. Pero esa cantidad, que además suele ser bastante menor que la prometida inicialmente, a menudo sólo dura un año o dos. Eso permite hacer actuaciones de emergencia, que sin duda son muy importantes (evitar la erosión del suelo, la contaminación de las aguas por la ceniza, retirar la madera quemada…), pero que no son una verdadera restauración. 

Luego debería haber fondos para restaurar la naturaleza, basándonos en un seguimiento continuo del estado del monte y de su capacidad de autorregeneración. Y es que es importante subrayar que la naturaleza tiene esa capacidad de regeneración: que no todos los incendios son catástrofes o tragedias irreparables, ni todos los terrenos forestales tienen el mismo valor ecológico, ni todos sufren por los incendios de la misma manera. 

Una vez hemos tenido tiempo suficiente para ver cómo reacciona la naturaleza, hay que invertir en apoyarla. A lo mejor hay que quitar árboles porque ha habido una regeneración explosiva; o justo lo contrario, plantarlos porque no ha habido regeneración alguna. Ambas actuaciones son opuestas, y sin embargo pueden aplicarse en un mismo incendio dependiendo de las zonas. Como toda labor de ingeniería de montes, hay que adaptar la respuesta a la naturaleza. Y hacerlo durante bastante tiempo. 

Hay que tener en cuenta, además, que las administraciones públicas sólo pueden restaurar los montes que ellas gestionan; en los montes privados pueden extinguir, pero no restaurar. Y hay que buscar una solución para este problema, porque la naturaleza no entiende de propiedades ni de límites administrativos, y porque los terrenos forestales son mayoritariamente privados en España.  

Ahora mismo se invierte muy poco en prevenir, muchísimo en extinguir y muy poco en restaurar. Se lucha contra el incendio, pero mucho menos contra sus causas y sus consecuencias. Y es obvio que eso ha de cambiar. 

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