Patri Psicóloga: “El autocuidado es un derecho básico” - Ahora
Publicador de continguts
Humanidad
Imparcialidad
Humanidad
Imparcialidad
Patricia Ramírez (@patri_psicologa en redes sociales) es la psicóloga y escritora que ha transformado la divulgación de la salud mental en España, acercándola al día a día de más de un millón de seguidores. Fue pionera en la aplicación de la psicología al deporte con deportistas de élite y desde hace más de 30 años centra su energía y tiempo en contar todo lo que sabe a través de diferentes formatos. Ha escrito 14 libros, colabora con medios de comunicación, imparte conferencias y talleres, participa en podcasts y ha llevado esta disciplina, incluso, al formato teatro. Hoy hablamos con ella sobre cómo poner límites sin sentirnos culpables o mantener la serenidad interior cuando el entorno es caótico, entre otros temas.
A menudo sentimos que solo «merecemos» cuidarnos después de haber cumplido con mil tareas. ¿Cómo podemos cambiar el chip para que el autocuidado sea preventivo y no una medida de emergencia?
Tenemos que dejar de entender el autocuidado como un premio y empezar a tratarlo como un derecho básico. Igual que no esperamos a que el coche eche humo para cambiarle el aceite, no deberíamos esperar al agotamiento, al insomnio o a la ansiedad para cuidarnos. Me encanta hablar de “autocuidado real”: no el de la vela y el baño de espuma como única solución, sino el de revisar cómo vivimos, qué cargamos, qué delegamos, cómo descansamos y qué lugar ocupamos en nuestra propia agenda. En Autocuidado. 52 semanas para cuidar de ti, junto a Yolanda Cuevas, defendemos precisamente esa idea: volver a ti a través de prácticas pequeñas y sostenidas, no cuando ya estás en modo emergencia.
En nuestra sociedad muchas veces asociamos el descanso con perder el tiempo. ¿Cómo podemos aprender a descansar sin que la cabeza nos castigue con una lista de tareas pendientes?
Primero, cuestionando esa creencia tan dañina de que descansar es improductivo. No se trata de correr más, organizar la agenda como un Tetris o hacer más cosas, sino de honrar tu tiempo y ponerlo al servicio de tu salud física y mental. Descansar no es perder tiempo: es recuperar atención, energía, regulación emocional y perspectiva. La cabeza suele castigarnos porque hemos asociado que nuestro valor como persona equivale a nuestra productividad y rendimiento. Por eso ayuda agendar el descanso como una tarea legítima, cerrar mentalmente el día con una lista de “mañana lo atiendo” y repetirnos algo muy simple: “No estoy abandonando mis responsabilidades; estoy cuidando a la persona que tiene que responsabilizarse de ellas”.
Poner límites es, para muchas personas, un reto. ¿Qué consejo le darías a alguien que siente culpa cada vez que intenta hacerlo?
Le diría que la culpa no siempre indica que estés haciendo algo mal; muchas veces indica que estás haciendo algo nuevo, algo que está fuera de tu sistema de creencias. Si toda la vida has complacido, explicado de más o estado disponible para todo el mundo, poner un límite se siente raro, casi como llevar zapatos nuevos: aprieta al principio, pero luego te permite caminar mejor. Un límite no es una agresión, es información. Es decir: “esto puedo”, “esto no puedo”, “hasta aquí llego”. En mi contenido sobre autocuidado hablo mucho de límites, culpa, exigencia y de dejar de abandonarnos por dentro, porque muchas personas confunden ser buenas con estar siempre disponibles. Ser buena persona no exige convertirte en servicio 24 horas.
Cuando el entorno es caótico y no podemos cambiar lo que nos rodea, ¿qué gesto o acción físico o mental podemos poner en marcha para evitar que el estrés se convierta en ansiedad bloqueante?
Volver al cuerpo. Cuando no puedes ordenar fuera, empieza por regular dentro. Algo tan sencillo como parar, apoyar los pies en el suelo, bajar los hombros, respirar más lento y preguntarte “¿qué depende de mí ahora?” ayuda a salir del bucle mental. El estrés se vuelve más peligroso cuando intentamos controlarlo todo desde la cabeza. En cambio, una acción concreta, beber agua, caminar cinco minutos, escribir tres prioridades, respirar con pausa, pedir ayuda, manda un mensaje al cerebro: “hay algo que sí puedo hacer”. En Vivir con serenidad defiendo la serenidad como una forma de estar en el mundo: pensar, sentir y actuar con más calma, no porque todo esté bien fuera, sino porque entrenamos una respuesta interna más regulada.
A veces la manera en la que nos hablamos es de por sí muy agresiva o intransigente. ¿De qué forma influye nuestra voz interior en nuestro comportamiento y cómo podemos entrenarla para que sea una aliada y no una jueza?
Los mensajes que nos damos son importantísimos. Lo que nos decimos a nosotros mismos el cerebro lo toma como verdades. No es lo mismo decirte “soy un desastre” que “hoy estoy cansada y necesito organizarme mejor”. La primera frase te hunde; la segunda te orienta. Las palabras con las que nos hablamos condicionan nuestras emociones y nuestra conducta. Entrenarla pasa por detectar el tono, cambiar etiquetas por descripciones y añadir compasión sin perder responsabilidad. No se trata de decirnos “todo lo hago fenomenal”, sino de hablarnos con firmeza amable: “esto no ha salido bien, pero puedo aprender y reparar”.
Pasamos gran parte del día con angustia por cosas que nunca llegan a suceder. ¿Cómo podemos entrenar el cerebro para que deje de ser un «generador de catástrofes» y vuelva al presente?
El cerebro anticipa para protegernos, pero a veces se pasa de creativo. Parece Netflix, pero con finales horribles. Para entrenarlo hay que distinguir preocupación útil de rumiación inútil. La útil te lleva a una acción: llamar, organizar, pedir información, prepararte. La inútil solo da vueltas. Una herramienta práctica es preguntarte: “¿Esto está pasando o lo estoy imaginando?”, “¿qué datos tengo?” y “¿qué puedo hacer en los próximos diez minutos por solucionar esto que me preocupa tanto?”. También ayuda volver a los sentidos: mirar cinco cosas, tocar algo, respirar, caminar. El presente no siempre resuelve el problema, pero puede darte quietud y presencia. Y sin presencia no hay serenidad.
Todavía hay mucho estigma en torno a pedir ayuda. ¿Cómo detectar ese momento exacto en el que «poder con todo» deja de ser una virtud y se convierte en un peligro?
Cuando “poder con todo” empieza a costarte salud, sueño, alegría, paciencia, vínculos o dignidad, ya no es una fortaleza ni una virtud, es un estado de alarma. Pedir ayuda no significa rendirse, significa dejar de confundirse con una máquina. El cuerpo habla: cansancio, ansiedad, insomnio, fatiga cognitiva, síntomas psicosomáticos… No hay que esperar a tocar fondo para pedir ayuda.
¿Cómo se puede tener ambición y querer mejorar sin caer en la tiranía de la perfección que tan agotadora puede ser?
Tener ambición sana significa querer crecer, aprender, aportar, mejorar. La tiranía de la perfección aparece cuando nada es suficiente, cuando el error se vive como identidad, “soy un fracaso”, y no como información, “esto necesita hacerse de otra forma”. La clave es trabajar con objetivos flexibles, valorar el progreso, permitir versiones imperfectas y revisar desde qué valores estamos en este mundo. La ambición sana suma; la perfección, resta. Mejor una vida con propósito y margen de error que una vida impecable pero agotada.
Quien pone mucho el foco en los demás a menudo se olvida de sí mismo. ¿Cómo se puede ser una persona solidaria y empática sin que nuestro «depósito emocional» se quede bajo mínimos?
La empatía, la solidaridad, el altruismo son los pilares de la supervivencia. Nos necesitamos los unos a los otros. Y en el momento en el que alegras el corazón de otra persona, se alegra el tuyo propio. Sin solidaridad, el mundo se apaga. Hay que entender que cuidarse no te hace menos solidaria; te hace responsable de tu salud física y emocional. La empatía sin límites acaba en desgaste, resentimiento o agotamiento. Podemos acompañar, escuchar y ayudar, pero no vivir permanentemente en urgencias emocionales ajenas. En mi trabajo sobre autocuidado insisto en algo muy importante: muchas personas se anestesian estando siempre ocupadas o cuidando a todo el mundo menos a sí mismas. La solidaridad sana pregunta: “¿puedo ayudar desde un lugar sano o me estoy vaciando?”. Para que el depósito no se quede bajo mínimos hay que reservar tiempo propio, pedir reciprocidad, descansar, delegar y recordar que una persona agotada puede tener buen corazón, sí, pero poca gasolina.
Publicador de continguts
Banner Home
