“Intento trasladarles que la vida es una carrera” - Ahora
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- Pedro Pajares llegó como voluntario a Cruz Roja en Baleares por casualidad y, desde entonces, encontró una vocación que cambiaría su vida: acompañar a personas privadas de libertad a través del deporte.
Su viaje como voluntario comenzó cuando su etapa laboral estaba a punto de terminar. Pedro sabía que necesitaba otra actividad para seguir en movimiento, pero no tenía claro qué hacer. Fue entonces cuando un amigo le preguntó por qué no se hacía voluntario de Cruz Roja. Pedro, en ese momento, lo descartó, pero el nombre de la Organización se le quedó grabado en la mente. “Días después, casi sin pensarlo demasiado, entré en la sede para pedir información y no he “salido” desde entonces. Llevo más de 20 años”, detalla Pedro Pajares en una entrevista para Cruz Roja en Baleares.
Sus primeros pasos como voluntario fueron en el área de medioambiente, impartiendo talleres de manualidades con materiales reciclados. Hasta que un día aquella actividad llegó al módulo de jóvenes del centro penitenciario. Allí, mientras compartía el taller, algo cambió en Pedro. “Me di cuenta de que eran personas como nosotros, y disfruté muchísimo de pasar un rato con ellos. En aquel momento, sentí una punzada en el estómago. Cuando algo me apetece hacer, siento esa punzada que me dice que debo hacerlo. Empecé a moverme para poder hacer una actividad con ellos y ellas, y me dijeron que podía dar un taller de atletismo. Pensé: “Soy atleta, soy federado, hago deporte desde hace años. Adelante”. Y así empezó Pedro como voluntario en el centro penitenciario.
Para Pedro el deporte tiene un significado muy especial. El voluntario empezó a correr a los 28 años, cuando apenas podía atarse los zapatos debido a la salud física que tenía por aquel entonces. “No podía ni atarme las zapatillas, me ahogaba, tenía muchísimo estómago. Pensé que, si con 28 años estaba así, con 50 años no llegaría”, relata Pedro.
A él el atletismo le cambió la vida, por eso pensó que transmitir sus aprendizajes a las personas que se encontraban en el centro penitenciario podía ser una herramienta de reinserción muy potente. Desde entonces, cada sesión es mucho más que dar vueltas a una pista. Trabaja la constancia, el respeto y la gestión de la frustración cuando el cuerpo te pide parar o rendirte. Les exige esfuerzo y compromiso, como en cualquier entrenamiento, pero también les ofrece un espacio de escucha sin juicio. Quiere que, al correr, se enfrenten a sí mismos, a sus límites y a sus decisiones. Les repite que cuando llegue el impulso de tomar un mal camino, se pongan las zapatillas y salgan a caminar o a correr. “Yo aprendo mucho más de ellos. Me enseñan qué son personas al margen del error que hayan cometido. No quiero saber por qué están allí, porque si lo sabes, etiquetas, y no quiero etiquetar a nadie. Me han escrito cartas, he conversado y he visto a hombres muy duros llorar con sentimiento. Me voy a casa con el corazón encogido en algunas ocasiones”, se sincera Pedro Pajares.
Hace unos días Pedro cumplió 80 años y las personas del centro le dieron una sorpresa haciendo una carrera en su honor. “Todos se sacrificaron para correr una carrera y luego me dieron un premio que es una maravilla: un cuaderno con dedicatorias de todas y cada una de las personas que participan en el programa, de los funcionarios, de personas de Cruz Roja… Solo de pensarlo vuelvo a emocionarme”. 21 años después, Pedro sigue entrando en prisión con la misma idea que le llevó a cruzar por primera vez la puerta de Cruz Roja: avanzar, aunque sea despacio, siempre es mejor que quedarse quieto. Y que toda carrera, por dura que sea, ofrece la posibilidad de empezar de nuevo.
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