Derribar barreras invisibles y recuperar la autonomía - Ahora
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- El proyecto ‘Barreras Invisibles’ de Cruz Roja, en alianza con la Fundación Chellaram, ayuda a personas mayores que viven en viviendas sin ascensor a recuperar su autonomía, salir de casa y volver a participar en la vida de su comunidad.
Una tarea tan sencilla como salir de casa puede convertirse en algo imposible si lo que encuentras al abrir la puerta es un tramo de peldaños. Una barrera que puede separar durante años a una persona mayor de un paseo por el barrio, una visita médica, un café con sus amistades o, sencillamente, del contacto cotidiano con el mundo exterior.
Son los denominados “pisos cárceles”, viviendas situadas en edificios sin ascensor o con graves problemas de accesibilidad que terminan convirtiéndose en espacios de aislamiento. Para las personas mayores con dificultades de movilidad, las escaleras pueden dejar de ser un obstáculo cotidiano para convertirse en una barrera que limita su autonomía, su participación social y el ejercicio de hechos cotidianos como acudir a una cita médica o salir a la calle. En muchos casos, esa situación se prolonga durante años.
Cruz Roja ha puesto en marcha en Andalucía el proyecto ‘Barreras Invisibles’, en alianza con la Fundación Chellaram, para abordar precisamente estas situaciones. El proyecto comenzó el 1 de enero de 2026 y permanecerá activo hasta el 30 de junio de 2027. En sus primeros meses, ya se ha realizado la valoración de 57 personas mayores y se ha trabajado junto a 24 entidades y administraciones para detectar situaciones de vulnerabilidad que, con frecuencia, permanecen ocultas dentro de los propios domicilios.
“El proyecto nace de la necesidad de visibilizar cómo la falta de autonomía puede convertirse en un obstáculo silencioso para el acceso a derechos fundamentales”, explica María García Salgado, responsable del Programa de Personas Mayores de Cruz Roja en Andalucía. Las barreras son “invisibles”, señala, porque se producen en el interior de los hogares, lejos de la mirada de los demás, pero también por la escasa conciencia social sobre cómo la pérdida de autonomía puede limitar derechos como el acceso a la salud, la participación social o los servicios públicos.
Volver a cruzar la puerta
A Maruja, Cruz Roja le ha ayudado a salir de su vivienda mediante una silla ‘salvaescalera’. “Su hijo y yo la intentábamos bajar a la calle, pero era muy complicado, ella acababa agotada y acababa deprimida”, cuenta la persona que le cuida. Ahora, gracias al acompañamiento del voluntariado, Maruja puede volver a salir de casa, aunque su vivienda se encuentre apenas a un piso de altura de la calle.

La escena puede parecer sencilla. Pero detrás de ella hay algo mucho más profundo: la recuperación de una parte de la autonomía perdida. Las personas participantes reciben esta ayuda “con una enorme ilusión y gratitud”, explica García Salgado. Para algunas, significa volver a conectar con un entorno que durante años habían dejado de poder disfrutar. Cuando desaparecen las barreras, no solo recuperan la posibilidad de salir a la calle, sino también parte de su autoestima, su autonomía y su calidad de vida.
La responsable del programa recuerda que algunas personas llevaban años sin salir de sus hogares, viendo cómo su mundo se reducía progresivamente a las paredes de su casa. La comparación con el confinamiento vivido durante la pandemia resulta inevitable: la diferencia es que, para muchas personas mayores con problemas de movilidad, aquella experiencia temporal de aislamiento se ha convertido en una realidad permanente.
Una silla para recuperar la calle
‘Barreras Invisibles’ articula su intervención en torno a tres líneas principales.
La primera son las sillas Scalamobil, dispositivos motorizados que permiten subir y bajar escaleras de forma segura y cómoda. Cruz Roja ha adquirido ocho sillas salvaescaleras, que prestarán servicio en las distintas provincias andaluzas. En algunas ya existían este tipo de recursos, mientras que en otras será la primera vez que se incorporen.
El voluntariado es una pieza fundamental. Hasta el momento, 52 personas voluntarias se han incorporado al proyecto y han recibido formación para realizar las subidas y bajadas desde los domicilios con las garantías de seguridad necesarias.
La segunda línea de actuación se centra en la mejora de las viviendas. Porque el problema no siempre termina en las escaleras del edificio. En algunos hogares existen bañeras difíciles de utilizar, humedades, ventanas con un aislamiento deficiente u otras condiciones que pueden afectar al bienestar y a la salud.

Cambiar una bañera por un plato de ducha puede parecer una reforma menor. Para una persona con movilidad reducida, puede significar poder realizar una actividad cotidiana como la higiene personal con mayor seguridad e independencia. También se contemplan actuaciones destinadas a mejorar las condiciones ambientales de las viviendas y evitar que estas circunstancias agraven enfermedades crónicas.
La tercera línea es la movilización y el acompañamiento. La alianza con la Fundación Chellaram ha permitido adquirir dos vehículos eléctricos, actualmente en uso en las provincias de Córdoba y Granada, para acompañar a personas mayores a hospitales, comercios, citas médicas y otras gestiones de su vida diaria. El carácter eléctrico de ambos vehículos se enmarca, además, en el compromiso de Cruz Roja con la reducción de su huella de carbono.
Nueve años mirando la calle desde casa
Entre las historias conocidas por el proyecto hay una especialmente significativa: la de una mujer mayor que llevaba nueve años sin salir de casa. Durante todo ese tiempo, las barreras arquitectónicas y sus problemas de movilidad la habían mantenido alejada de algo tan cotidiano como pasear por su propia calle.
Cuando finalmente pudo cruzar de nuevo la puerta de su vivienda, volvió a ver su barrio, a saludar a personas conocidas y a sentirse parte de su comunidad. “Su historia nos recuerda que detrás de cada intervención hay personas que recuperan algo tan valioso como su libertad, su autonomía y su derecho a seguir participando en la sociedad”, resume García Salgado.
Para las familias, estos momentos también tienen un fuerte impacto. Después de años viendo cómo un ser querido permanece encerrado en casa, contemplar cómo vuelve a bajar al parque, salir a tomar un café o reencontrarse con otras personas supone una mezcla de emoción y alivio. Son gestos cotidianos que para la mayoría pasan inadvertidos. Pero cuando una escalera ha impedido durante años cruzar el umbral de una vivienda, bajar un piso puede convertirse en una forma de recuperar la libertad.
Ese es, en definitiva, el propósito de ‘Barreras Invisibles’: que ninguna persona mayor quede aislada dentro de su propio hogar por unas escaleras, una bañera o la falta de un medio de transporte. Que pueda seguir saliendo, relacionándose, participando y tomando decisiones sobre su propia vida.
Porque una vivienda debería ser un lugar donde sentirse seguro. Nunca una cárcel.
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